Por: Jorge Chávez Hurtado
La noche del miércoles 30 de setiembre último parecía destinada a terminar como cualquier otra: con la música apagándose, los últimos abrazos y la gente regresando a casa. Pero hay noches que se niegan a morir. Se quedan escondidas en la memoria, esperando que alguien las vuelva a contar para que no desaparezcan. Aquella fue una de ellas.
Por invitación generosa de la Hermandad del Señor de Burgos, llegamos con los jóvenes del Coro Ruicino al salón parroquial de la Iglesia de Cristo Rey. Desde allí salimos a la cuadra seis del jirón Ayacucho, donde ofrecimos nuestra presentación de música huanuqueña y nacional. Luego de la actuación, regresamos al salón y, entre rostros conocidos, apareció una figura entrañable: Osmider Herrera Doria, mi amigo, mi hermano cultural. Nos abrazamos. Fue uno de esos abrazos que contienen años de amistad, caminos distintos y una misma preocupación: que Huánuco no pierda su memoria.
Osmider trabaja desde la investigación, revaloración, práctica y difusión de nuestras danzas con los jóvenes de la Universidad de Huánuco. Yo lo hago desde las aulas de la Institución Educativa Julio Armando Ruiz Vásquez, buscando nuevos talentos que mantengan vivo el canto de nuestra música huanuqueña y nacional. Dos trincheras distintas, una misma batalla. Cuando una canción desaparece o una danza deja de bailarse, se desprende una página del alma de un pueblo.
Después de la presentación del Coro Ruicino, yo tenía apuro por retirarme. Había asuntos esperando. Osmider me pidió que me quedara para observar al Elenco de Danzas de la Universidad de Huánuco. Me disculpé. Insistió. Pensé que sería una herejía negarle unos minutos a un hombre dedicado a la cultura. Me quedé.
Los jóvenes salieron a la pista y, de pronto, aquella cuadra del jirón Ayacucho dejó de ser una calle más para convertirse en un pequeño territorio cultural de Huánuco. Comenzó a sonar una polka nacida en las entrañas de nuestra tierra. Después llegó un vals de la inspiración de Jaime Valentín. Yo grababa, pero comprendí que no estaba registrando solamente una presentación. Intentaba detener el tiempo.
Cada giro, cada paso y cada movimiento parecían convocar a quienes ya no están: nuestros abuelos, nuestros músicos, nuestros hombres y mujeres que alguna vez cantaron aquellas melodías sin imaginar que, muchos años después, sus descendientes tendrían que luchar contra el olvido para conservarlas.
La secuencia terminó con un homenaje cantado al Señor de Burgos. Hubo entonces un instante en que la música pareció tocar algo profundo. Era fe, pero también memoria; el presente conversando con el pasado. Grabé el material y posteriormente lo subí a nuestras plataformas periodísticas, donde miles de seguidores pudieron contemplar aquella estampa huanuqueña.
Mientras veía las imágenes, comprendí la magnitud del legado de Osmider.
El Elenco de Danzas de la Universidad de Huánuco nació el 23 de setiembre de 1998, bajo su dirección, y el pasado 23 de setiembre cumplió 28 años de trayectoria. Veintiocho años son miles de horas de ensayo, disciplina, sacrificios, escenarios, viajes, triunfos y generaciones que aprendieron que bailar también es una manera de amar la tierra donde uno nació.
Su lema, “Auténticos ayer, hoy y siempre”, resume esa historia. A lo largo de su trayectoria obtuvo primeros puestos en concursos universitarios nacionales durante 2012, 2013 y 2014. Desde 1999 hasta la actualidad participó en encuentros y concursos como Nuestro Folklore, Mega Danzas, León de Oro y Tiembla la Tierra. También llegó tres veces al programa Miski Takiy de Canal 7: en 2015, 2023 y 2024.
Su repertorio es un mapa sentimental de nuestra patria: Los Negritos de Huánuco, Carnaval de Utao, Quitamanta de Panao, La Caza del Paucar, Tulumayos, Carnaval de Antaño, Estampa Criolla Huanuqueña —polka y vals— y huayno huanuqueño, además de montajes representativos de la Costa, Sierra y Selva. Cada puesta en escena cuida coreografía, indumentaria, maquillaje y caracterización para transmitir tradición e identidad.
Pero los premios no son lo que más conmueve. Lo verdaderamente grande es que, después de 28 años, todavía haya jóvenes dispuestos a ensayar, vestir nuestras indumentarias y salir a un escenario para decir, sin discursos: “Esta es mi tierra”.
Aquella noche pensé también en el tiempo. Algún día Osmider envejecerá. Nosotros también. Los jóvenes crecerán. Nuestras voces se apagarán y nuestras manos dejarán de escribir. Es la ley de la vida, esa ley silenciosa que un día nos convierte en fotografía, en recuerdo, en nombre pronunciado por alguien que nos quiso.
Por eso quienes trabajamos por la cultura tenemos una tarea urgente: dejar algo encendido antes de marcharnos. Una canción. Una danza. Una memoria. Un joven que algún día diga: “Esto me lo enseñó mi maestro”.
Al terminar la presentación miré a Osmider. No dijimos nada. Tal vez no hacía falta. Habíamos visto lo mismo: a unos muchachos convirtiendo la memoria en movimiento y a un maestro entregando a las nuevas generaciones lo que recibió de las anteriores.
Entonces comprendí que aquella noche no habíamos asistido a una presentación. Los jóvenes habían bailado por nuestros muertos, por nuestros abuelos, por nuestros músicos y por todos aquellos que alguna vez hicieron de Huánuco una canción.
Y mientras abandonaban la pista, sentí un nudo en la garganta. Porque algún día ellos también serán mayores y tendrán que entregar la posta. Y quizá entonces recuerden aquella noche del Señor de Burgos, aquella polka, aquellos valses, aquel abrazo.
Huánuco estaba bailando para no olvidar.
Y yo, mirando a esos jóvenes, entendí algo que todavía me duele: quizá nosotros no podamos impedir que el tiempo se lleve nuestras vidas, pero sí podemos conseguir que no se lleve nuestra memoria.
Esa noche Huánuco bailó.
Y mientras bailaba, también lloraba.




