Por: Jorge Chávez Hurtado
Hay canciones que uno escucha con los oídos y otras que escucha con el corazón. Las primeras pueden acompañarnos durante una tarde; las segundas se quedan a vivir dentro de nosotros y, cuando la vida comienza a llevarse los rostros queridos, regresan para recordarnos que alguna vez fuimos felices en un lugar llamado hogar.
En Huánuco, el vals tiene esa manera particular de acercarnos a lo que amamos. Basta escuchar sus primeras notas para que la memoria abra sus ventanas: aparecen las calles de nuestra infancia, las antiguas casas, los huertos, las mujeres que caminaban con sus colorines y aquellos músicos que, sin imaginar cuánto significarían sus canciones, dejaron en ellas una parte de su existencia.
El vals no posee en Huánuco la antigüedad ni la raigambre de expresiones como la cachua, el chimayche, el harawi o la muliza. Sin embargo, ha encontrado un lugar en nuestro repertorio, junto al huayno y la muliza, construyendo una personalidad que merece ser reconocida. El extinto maestro Roel Tarazona Padilla, académico y etnomusicólogo, defendió las características fundamentales de esta expresión musical, invitándonos a escucharla más allá de su semejanza con el vals criollo costeño.
Porque el vals huanuqueño existe. Y tiene su propio modo de decir las cosas.
En su compás de tres tiempos, en el predominio del modo menor y en la presencia de la escala pentafónica en algunas composiciones, asoman rasgos de una sensibilidad andina. En determinadas piezas, el huayno aparece como fuga o conclusión, como si la melodía, después de caminar por los senderos del vals, necesitara volver a encontrarse con una de las raíces más profundas de nuestra música.
Pero la identidad de una canción no se encuentra solamente en sus notas. También vive en las palabras, en los lugares nombrados y en ese modo nuestro de expresar los sentimientos con delicadeza, respeto y nostalgia. El hablar huanuqueño imprime a las letras un sabor particular, una cadencia que permite reconocer la tierra incluso cuando no se la menciona.
Pensemos, por ejemplo, en el Pillco Mozo, vals cuyo autor y compositor es Isaac Villanueva. Desde sus primeros versos, la canción despliega un paisaje que pertenece a nuestra memoria colectiva: las golondrinas sobre los tejados, las flores primaverales, los huertos de San Juan, los aromas de chirimoyas y guayabales en Quicacán. No estamos ante un paisaje cualquiera. Estamos ante una geografía afectiva, dibujada por alguien que encontró en su tierra motivos suficientes para convertirlos en música.
Y entonces aparece el río Huallaga, junto a las orillas del Higueras, donde las paisanas lavan sus colorines. La escena tiene una sencillez conmovedora. No necesita grandes acontecimientos para permanecer en la memoria. Le basta la vida cotidiana: una mujer, un río, una prenda de vestir, una sonrisa. Esas pequeñas imágenes que quizá nuestros mayores contemplaron tantas veces y que hoy, al escucharlas convertidas en canción, adquieren la delicadeza de una fotografía antigua.
El Pillco Mozo también nos habla de hospitalidad. Su protagonista se presenta como portero de su tierra y da la bienvenida a quien llega. En esa imagen hay algo profundamente huanuqueño: la voluntad de recibir al visitante, mostrarle las bondades del pueblo y compartir con él los sabores de la mesa. La chicha de jora, la chicha de maní, el locro de gallina, el guarapo y la pachamanca aparecen junto al cuy servido con la familiaridad de quien invita a un compadre.
Así es como una canción termina convirtiéndose en un pequeño archivo sentimental. Conserva los paisajes, los sabores, las costumbres y las maneras de relacionarnos que el tiempo transforma o amenaza con borrar.
Quizá por eso deberíamos escuchar con mayor atención nuestros valses. No para declararlos superiores a otras expresiones musicales ni para inventarles una antigüedad que no tienen, sino para comprender que también forman parte de nuestra historia. Cada composición constituye una mirada sobre Huánuco, una manera de nombrarlo y de dejar constancia de lo que sus autores encontraron digno de ser cantado.
El maestro Roel Tarazona Padilla comprendió la importancia de estudiar y defender esta expresión musical. Su recuerdo nos invita a continuar esa tarea: investigar, documentar, interpretar y difundir nuestras canciones, para que no permanezcan únicamente en la memoria de quienes tuvieron la dicha de escucharlas en otros tiempos.
Porque llegará el día en que algunas voces ya no puedan volver a cantar. Los músicos que hoy reconocemos también se convertirán en fotografías, y las reuniones donde se escuchaban sus composiciones serán recuerdos que alguien evocará con los ojos húmedos. Entonces comprenderemos que una canción no era solamente una melodía: era la presencia de una persona, una época que no volverá y una parte de nosotros mismos.
Por eso, cuando vuelva a sonar el Pillco Mozo, detengámonos un momento. Escuchemos sus palabras, recordemos sus paisajes y pensemos en quienes hicieron posible que esa música llegara hasta nosotros.
Tal vez entonces descubramos que Huánuco no vive únicamente en sus calles, sus monumentos o sus paisajes. También habita en esas canciones que nuestros mayores nos dejaron como quien entrega una herencia sin escritura ni firma.
Y mientras alguien vuelva a cantar un vals huanuqueño, mientras una guitarra rescate sus notas y una nueva generación aprenda a reconocer en ellas el nombre de su tierra, nuestra memoria seguirá respirando.
Porque los pueblos también envejecen, los paisajes cambian y las voces se apagan. Pero hay canciones que se niegan a despedirse.
Y quizá esa sea la verdadera misión del vals huanuqueño: enseñarnos que, aunque algún día tengamos que abandonar nuestra tierra, siempre habrá una melodía capaz de devolvernos a ella.




