Por: Joyce Meyzán Caldas*
Hubo un tiempo en que decir “soy huanuqueño” no necesariamente provocaba orgullo. Para algunos, incluso podía ser algo que preferían disimular cuando se encontraban frente a personas de Lima u otras ciudades. Lo huanuqueño podía convertirse en motivo de burla cuando estaba asociado a costumbres, gustos, expresiones o modismos consideradas “provincianas”. Hoy esa percepción parece estar cambiando. Y no es un cambio menor: estamos frente a un proceso de regionalización cultural que está transformando la manera en que Huánuco se mira, se representa y se comunica.
En el marco del 487.° aniversario de la fundación española de Huánuco, esta transformación merece ser observada más allá de las celebraciones. Porque mientras una ciudad conmemora su historia, también está construyendo una nueva manera de contarla.
Hace aproximadamente dos décadas, Huánuco ya contaba con restaurantes regionales y recreos que ofrecían comida tradicional. También existían trapiches, aunque muchos estaban más vinculados a bebidas de la selva. La shacta estaba presente, pero su significado social era muy diferente. No era presentada necesariamente como un producto cultural ni como un símbolo de identidad. Para muchos era una bebida barata, asociada a personas de bajos recursos o incluso a quienes vivían en las calles y tenían problemas con el alcohol. Estaba allí, pero todavía no formaba parte de una narrativa de orgullo regional.
Hoy encontramos una escena distinta. La shacta aparece en cartas, eventos, establecimientos especializados y experiencias gastronómicas. Se presenta, se fotografía, se comparte en redes sociales y se incorpora a una narrativa de identidad. En 2016, además, el Ministerio de Cultura declaró Patrimonio Cultural de la Nación a los conocimientos y prácticas asociados a su elaboración, reconociendo su importancia como expresión cultural de la región.
La transformación de la shacta es una pequeña radiografía del proceso de regionalización que vive Huánuco. Algo que antes podía generar vergüenza hoy puede generar orgullo. Algo asociado a una imagen negativa puede adquirir valor cultural. Y aquello que no era considerado atractivo puede convertirse incluso en una experiencia.
Aquí aparece una palabra clave: regionalismo. Como la capacidad de reconocer y valorar aquello que nos pertenece. En Huánuco esto se expresa cada vez con mayor fuerza en restaurantes, bares culturales, cafeterías, emprendimientos, ferias, festivales y espacios de entretenimiento que incorporan elementos de nuestra cultura.
Los motivos de los Negritos de Huánuco aparecen en decoraciones. El carnaval huanuqueño encuentra nuevos espacios de representación. La gastronomía regional se convierte en atractivo. La artesanía, la música, las danzas, los personajes históricos, los dulces, el café y el cacao forman parte de una identidad que enorgullece.
Y las redes sociales han acelerado este proceso. Una fotografía frente a un mural inspirado en los Negritos, una mesa con gastronomía regional, una botella de shacta cuidadosamente presentada o un video grabado en un bar cultural no son solamente publicaciones. Son mensajes que construyen imaginarios y, sobre todo, hacen visible una identidad.
Lo interesante es que estos espacios también son “instagrameables”. La estética regional se convierte en un recurso de comunicación. Los establecimientos entienden que un ambiente con identidad propia puede llamar la atención, generar fotografías, publicaciones y recomendaciones. La cultura entra así en el circuito de la comunicación digital.
El reciente Festival Jala Jala es otro ejemplo de esta transformación. Más allá de la música y el entretenimiento, estos acontecimientos funcionan como escenarios donde se encuentran identidad, consumo, cultura y comunicación. Emprendedores, gastronomía, expresiones culturales y diversión se reúnen alrededor de una narrativa común: celebrar lo huanuqueño.
Y desde la comunicación podemos decir que: hoy ser huanuqueño vende.
La identidad cultural también tiene valor económico. La regionalización ha permitido descubrir que aquello que nos identifica puede convertirse en una experiencia atractiva para quien vive aquí y para quien nos visita.
Pero comercializar la cultura no necesariamente significa desvirtuarla. También puede ser una forma de mantenerla vigente. Una tradición que encuentra nuevos espacios, nuevas audiencias y nuevas maneras de ser contada tiene mayores posibilidades de permanecer viva.
El reto está en no reducir la identidad a una decoración para una fotografía. Si los Negritos aparecen en las paredes, también deberíamos conocer su historia. Si consumimos shacta, deberíamos conocer los saberes tradicionales que existen detrás de su elaboración. Si hablamos de gastronomía regional, deberíamos preguntarnos quiénes mantienen esas recetas y conocimientos. Si celebramos nuestras danzas, deberíamos comprender qué representan.
Porque el regionalismo no puede quedarse en una estética. Necesita convertirse en conocimiento, valoración y pertenencia.
Quizá uno de los cambios más importantes de estos últimos años sea precisamente ese: Huánuco está aprendiendo a mirarse con otros ojos. Lo que antes podía generar vergüenza empieza a generar orgullo. Lo que podía ser motivo de burla empieza a ser exhibido. Y aquello que permanecía en el ámbito privado de las costumbres comienza a ocupar espacios públicos, comerciales y digitales.
No significa que la discriminación haya desaparecido. Significa que existe una nueva narrativa sobre lo que implica ser huanuqueño.
Esta narrativa se construye cada día en un restaurante, una fotografía, una publicación, un festival, una botella de shacta, una danza, un plato de comida y en cada persona que decide mostrar con orgullo aquello que la identifica.
En este aniversario, Huánuco no solo celebra 487 años de historia. También celebra algo más contemporáneo: haber comenzado a convertir su identidad en una razón para reconocerse, pertenecer y sentirse orgulloso de decir: soy huanuqueño.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan




