El Señor del Huallaga

 

 

Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*

 

Huánuco no se explica; Huánuco se siente en el pecho, como el calor del sol que abraza sus cerros o el perfume dulce del café de huerta que despierta las tardes del Valle del Pillco. Para comprender esta tierra de los indomables Chupachos, no basta con mirar sus paisajes; hay que sentarse a la mesa sobre un mantel bordado de flores silvestres, escuchar el silencio sagrado de los chiuchis a la hora de la tertulia y dejar que el viento de la temible quebrada de Puelles nos limpie el alma.

Es en esa intimidad del hogar, al abrigo de los muros de adobe del viejo barrio de San Cristóbal y con el aroma crujiente del bagre frito aún en el ambiente, donde la memoria se vuelve eterna. Allí, entre la nostalgia del tiempo y la devoción viva de un pueblo profundamente cristiano. Esta no es solo la crónica de una imagen sagrada; es el canto de amor de un pueblo a su guardián eterno, el relato de un pacto sagrado y milenario escrito con lágrimas, fe y el rugido manso del Señor del Huallaga, el Dios de las aguas, cuyo festejo religioso se realiza durante la semana santa de forma interna, dentro del histórico templo, hasta donde llegan sus fieles devotos oriundos de la zonas aledañas de Huánuco; en su mayoría, del pueblo originario de los Chupachos habitantes del Valle del Pillco.

 

El Señor del Huallaga

El patriarca de la casa toma la palabra para proponer el tema central de la conversación: el Señor del Huallaga. La Semana Santa está cerca y Huánuco, como pueblo profundamente cristiano, se prepara con inmensa devoción. Entre los presentes destaca don Hipo, cuyo nombre de pila es Hipólito, un vecino honorable del barrio de San Cristóbal que ya camina firmemente por más de sesenta años de vida. Con un cariño desbordante en los ojos, don Hipo manifiesta que el Taita Huallaga es milagroso y el guardián absoluto del pueblo, pues en todo momento protege a la ciudad de las inundaciones. Explica que, cuando aprieta la sequía, basta con prenderle una velita para que él escuche de inmediato y mande la lluvia; y cuando el río viene demasiado cargado, agresivo y amenazante, el pueblo se arrodilla a orar para calmar la ira del torrente, logrando que el Huallaga se tranquilice y cruce la ciudad de forma apacible.

Don Hipo evoca entonces los recuerdos de su abuela, relatando que el Taita Huallaga llegó por mandato del cielo en plena era virreinal. Fue una mañana de lluvia torrencial cuando, de la nada, apareció un tremendo atado fuertemente amarrado con sogas de cabuya y cuero de ganado.

El bulto flotaba a la orilla del río Huallaga, justo en una zona enmarañada de carrizos y árboles de guayaba, aladito y cerquita de la Iglesia San Cristóbal, en la margen izquierda. Mientras los perros ladraban sin cesar y los truenos caían con violencia estrellando rayos en la punta del jirca Paucarbamba, el río arrastraba todo a su paso, pero aquel misterioso atado permanecía inmóvil, flotando en el mismo lugar. En las casas todos oraban para que cesara el invierno en el valle de los Chupachos.

Hacia el mediodía, el viento y la lluvia se calmaron, dando paso a un sol que brillaba en plenitud bajo un cielo de azul primaveral donde volaban avecillas traviesas. Los vecinos bajaron a la orilla para averiguar qué era aquel bulto bien quipichado que ni la bravura de la corriente había podido destruir contra las rocas. En ese momento, seis hombres bien entonados de Pachabamba que habían ido a rezar a la mamacha Ashuca en la iglesia de San Cristóbal bajaron a la orilla persignándose. Tras pedir protección a la Virgen, sacaron su coquita y comenzaron a chacchar para pedir permiso al jirca Huallaga. Uno de ellos extrajo caramelos de su chaleco de bayeta negra y los arrojó al indomable río como ofrenda. Sentados sobre las piedras, cantaron y hablaron en quechua, se quitaron los sombreros de paño negro y se arremangaron las camisas blancas. Dos de los hombres más forzudos se aventaron a bracear en el río chucarro y peligroso, amarraron el misterioso quipichi y lo jalaron a la orilla. Al desatarlo, los vecinos quedaron atónitos y cayeron de rodillas: era una gran cruz con la imagen de Jesucristo, cuyo rostro imponente mostraba una mirada tan triste que parecía llorar, provocando lágrimas de los presentes al ver que su Taita Dios también lloraba con ellos.

Intentaron cargar la cruz hacia la Catedral, pero resultó tan pesada que ni entre veinte hombres pudieron moverla. Fue entonces cuando doña Teodora recomendó llevarla hacia la iglesia de San Cristóbal; milagrosamente, al cambiar de rumbo, la cruz se volvió liviana. Los seis hombres chupachos la cargaron con devoción infinita y entraron al templo en medio del repique de campanas y cánticos religiosos en quechua, situándolo debajo de la mamacha Ashuca. Lo adornaron con velas y flores traídas desde Churbamba, mientras compachos de Acomayo, Valle, Quera, Ambo e Higueras bajaban en masa a visitarlo. Desde aquella primera misa, el pueblo declaró sumisión eterna a su Taita Huallaga, venido del cielo que se encuentra en la Iglesia San Cristóbal.

 

Mito del Warakuy

Este relato sagrado se entrelaza directamente con la cosmovisión prehispánica de la cultura Chupacho y el mito del Warakuy, aquella serpiente monstruosa que habita en las lagunas y cochas. Los antiguos sabían que, al escuchar un trueno, el Warakuy clavaba sus enormes dientes en el río transformándose en un gigantesco arcoíris para doblegar y someter las aguas. Para el hombre de esta tierra, ese antiguo jirca de las aguas que otorgaba el pescado y riego para las chacras, se transformó espiritualmente en el Señor del Huallaga, el único con poder de dominar el río y volver la corriente apacible.

 

Sirena del rio

Ese mismo poder es el que invocan los pescadores frente al mito de la Sirena del Río o Sacha Mama. Dicen que, en las noches de luna llena, cuando el río está vaciante, una hermosa mujer de cabellos rubios y rostro cautivante se posa sobre las grandes rocas para hipnotizar a los hombres, adueñándose de sus mentes para que se arrojen al agua, encontrando la muerte en el temible remolino de Huayopampa. Por ello, antes de lanzar sus redes, los pescadores se encomiendan con fervor al Señor del Huallaga, pidiendo que su manto protector los libre del encanto y les permita regresar sanos y salvos a sus hogares, con las redes llenas de cachuelos, bagres y fe renovada en el Dios de las aguas.

 

El Señor tallada en madera

Se trata de una escultura sacra tallada en madera que representa a Jesucristo crucificado, el rostro de la escultura destaca por una fisonomía imponente y una mirada cargada de una profunda tristeza; la cual, transmite visualmente la sensación de estar llorando, lo que genera una fuerte empatía y conmoción entre sus devotos. Se encuentra en el primer templo cristiano de Huánuco-Iglesia San Cristóbal.

 

El obispo Sardinas

Nacido en la misma ciudad de Huánuco, creció en el misticismo del Valle de los Chupachos y compartía la profunda sensibilidad local hacia el río Grande. Al asumir como obispo en 1890, abrazó las tradiciones religiosas de su pueblo, entendiendo que el Señor del Huallaga representaba la fe protectora de los chupachos cristianos frente a las fuerzas de la naturaleza.

 

Saludos a los auspiciadores del Libro Huánuco y sus memorias: Yul Daga, Juan Yonel Prudencio, Manuel Verde y Ávila, Ricardo Delgado, Carlos Tello, Kike Espinoza, Arnaldo Malpartida Solano, Mary Marín Reynoso, Miller Peña (Gráfica Miller), Gladys Mori Ocaña, Rosario Gonzales Tello, César Gonzales (Clínica Gonzales), Fernando Fernández, Anónimo, Olga Ríos Calderón y Juan Caballero (Caballero Group), Luis Enrique Contreras Ildifonso, Cirilo Canchari, José Meneses Estacio, Eduardo Pérez Salas, Paolo Peña( Vidriera Peña Hnos.).

 

*Cronista, economista y abogado. Foto: D.R. referencial.

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