Por: Joyce Meyzán Caldas
Fin de año en la universidad siempre trae lo mismo: pasillos llenos, estudiantes repasando apuntes de última hora, tazas de café que se multiplican y una sensación de cierre que, a veces, confunde más de lo que ordena. Entre esa ansiedad colectiva, pocas veces nos detenemos a mirar un detalle esencial: no todas las carreras ni todos los cursos evalúan igual. Y esa diversidad no es un simple matiz académico; es un reflejo de lo que cada institución entiende —o intenta entender— por aprendizaje. En otras palabras, dime cómo te evalúan y te diré qué espera la universidad de ti.
En el Perú conviven, a veces sin mucha conversación entre sí, distintos modelos de evaluación. El más tradicional —y aún el más extendido— es el examen escrito, el famoso parcial y final donde la memoria a corto plazo sigue gobernando. Es práctico para aulas grandes, sencillo de calificar y aparentemente “objetivo”. Sin embargo, mide más la capacidad de retener información por unos días que la habilidad para comprenderla o usarla en situaciones reales. Es un modelo que funciona para ciertos cursos, pero que se queda corto para formar profesionales críticos, capaces y creativos.
Luego está la evaluación formativa, que nació para acompañar al estudiante durante el proceso, con retroalimentación constante y oportunidades de corregir. En teoría, es el enfoque más humano y más pedagógico. Pero en la práctica, muchas veces se desvirtúa. Hay docentes que confunden “formativo” con “poner muchas notas pequeñas”, cuando la esencia está en el feedback, en el diálogo académico y en la reflexión sobre los errores. Sin retroalimentación, la evaluación formativa pierde sentido y se convierte en una sumatoria mecánica de puntajes.
Y finalmente tenemos el modelo que la Sunedu promueve con fuerza y que muchas universidades intentan implementar: la evaluación por competencias. Aquí no basta recordar ni repetir; se debe demostrar. Resolver un problema, diseñar un proyecto, trabajar en equipo, aplicar conocimientos en contextos reales, investigar con propósito. Este enfoque se alinea con lo que países con sistemas educativos más robustos consideran esencial: aprender haciendo, no solo escuchando.
He trabajado con varios de estos modelos y puedo decir que la diferencia se nota. En la UNHEVAL, donde implementé la evaluación por competencias y proyectos formativos, el reto es mayor en todos los niveles. Exige planificación, rúbricas claras, seguimiento constante y coherencia metodológica. Tanto docentes como estudiantes deben comprometerse con un proceso más largo, más exigente y mucho más profundo. No es un sistema para la improvisación ni para el facilismo. Pero sí es un camino hacia una educación que transforma, no solo califica.
Eso sí, no se puede aplicar indiscriminadamente. No todos los cursos pueden evaluarse igual. En asignaturas teóricas como cálculo o anatomía, los estudiantes necesitan primero construir bases sólidas antes de enfrentarse a situaciones complejas. Forzar un proyecto formativo en un curso donde lo fundamental es dominar conceptos esenciales puede producir trabajos vacíos, repetitivos o desconectados de la realidad. Por eso es urgente revisar nuestros planes de estudio con honestidad. La forma de evaluar debe responder a la naturaleza del curso y al perfil profesional deseado, no a modas educativas ni a presiones administrativas.
Ahora, ¿qué puede hacer un estudiante para comprender cómo está siendo evaluado y actuar en consecuencia? Primero, identificar el enfoque. Si se trata de evaluación por competencias, la constancia es vital. No se puede sobrevivir estudiando solo al final. Se requiere trabajo semanal, reflexión, análisis y la capacidad de conectar conocimientos que, a primera vista, parecen aislados. Si el curso exige proyectos formativos, la creatividad y el pensamiento crítico son tan importantes como la información que se consulta. Los proyectos más valiosos suelen nacer cuando los estudiantes proponen soluciones vinculadas a su comunidad o a problemas reales de su entorno.
La interdisciplinariedad también marca la diferencia. Algunos de los proyectos más enriquecedores que he visto nacen cuando distintas carreras se encuentran. Estudiantes de Medicina trabajando con estudiantes de Comunicaciones para diseñar campañas de prevención. Futuro ingenieros colaborando con alumnos de Educación para crear herramientas tecnológicas inclusivas. Ese es el tipo de aprendizaje que trasciende el aula: cuando la universidad se convierte en un laboratorio vivo donde las disciplinas conversan, se complementan y se potencian.
Al final, la forma en que un docente evalúa comunica mucho más que un número en un acta. Revela qué considera valioso, qué entiende por formación profesional y qué espera que el estudiante se lleve al mundo laboral. Por eso, como docentes, debemos preguntarnos con sinceridad: ¿estamos evaluando aprendizaje real o solo resistencia al estrés? ¿Estamos midiendo competencias o cumpliendo un trámite? ¿Estamos guiando procesos o acumulando notas?
Y los estudiantes también deben replantear su mirada. La evaluación no es un juez implacable, sino un espejo que, cuando está bien diseñado, muestra con claridad qué hemos desarrollado, qué nos falta y hacia dónde debemos mejorar.
El reto para la educación universitaria peruana es enorme. Necesitamos salir de la comodidad del examen escrito sin caer en el activismo superficial de proyectos vacíos. Debemos construir sistemas de evaluación que midan capacidades reales, que estimulen la creatividad, que premien el pensamiento crítico y que formen profesionales capaces de transformar su entorno. Porque la nota, por sí sola, no es aprendizaje. Pero debería reflejar lo que un estudiante es capaz de hacer. Y ese sigue siendo, hoy más que nunca, uno de los desafíos más urgentes en nuestro campus.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan







