Detrás del umbral: crónica de una mañana con el poeta definitivo de Huánuco

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

Hay encuentros que duran lo que una entrevista radial y, sin embargo, permanecen mucho después de que se apagan los micrófonos. Uno puede guardar las fotografías, archivar la grabación y despedirse con un apretón de manos; pero hay algo que no se archiva: la emoción de haber estado cerca de un hombre cuya obra ha convertido la memoria de su tierra en materia de poesía. Eso me ocurrió con Samuel Cárdich Ampudia.

La mañana de nuestro encuentro, Huánuco parecía empeñado en poner a prueba la paciencia de sus habitantes. El tránsito avanzaba a trompicones y varias calles estaban cerradas por obras de pistas y veredas que, en el tramo final de la gestión de nuestras autoridades, alteraban el pulso de la ciudad. Entre bocinas, desvíos y apuros, llegué al local de radio UNHEVAL. Venía de lidiar con el ruido cotidiano; me esperaba, sin saberlo todavía, una conversación sobre aquello que el ruido de los años no ha conseguido borrar: el amor a la tierra.

Allí estaba el maestro.

Nos abrazamos con la alegría de quienes vuelven a encontrarse después de muchas lunas y atardeceres. Su sencillez me produjo esa sorpresa que provocan las personas verdaderamente grandes: no necesitan anunciar su importancia. Samuel Cárdich, con más de cinco décadas dedicadas a la literatura, ha construido una obra que atraviesa la poesía, el cuento, la novela y la literatura infantil y juvenil.

Pero aquella mañana no llegaba solamente el escritor de una trayectoria extensa. Llegaba un hombre dispuesto a conversar sobre su tierra.

Mi colega Yulbrynner tenía preparados los equipos y los dispositivos para salir al aire. Antes de comenzar, el maestro se acercó y me entregó un ejemplar de su reciente poemario, Cantos a la propia tierra. Lo acompañaba un dibujo del puente Calicanto, de una belleza sobrecogedora. Me detuve a contemplarlo. Aquel puente, tendido sobre las aguas y sobre el tiempo, parecía anunciar el sentido de nuestra conversación.

Comenzó la entrevista. Cárdich habló de las motivaciones que dieron origen a los veinte poemas del libro, de las imágenes que lo acompañaron durante su escritura y de la necesidad de volver los ojos hacia el territorio donde hundimos nuestras raíces. Lo escuchaba mientras los títulos iban apareciendo como estaciones de un viaje: Los hombres de Kotosh, Testimonio de la piedra, Susupillo, Garu, Huanacaure, Yerupajá, Lauricocha, Danza del ande, Quena, Shogpe, Aves y Orquídeas, La bella que duerme, Shanay-timpishka, El cóndor pasa, Casa de la primavera, Huánuco, Aguardiente y Exilio al porvenir, entre otros.

Cada nombre parecía abrir una puerta. Estaban allí la piedra antigua, las montañas, las danzas, las aves, los paisajes y las huellas de las culturas que poblaron estas tierras. También estaba la elegía: esa forma de llorar lo perdido sin renunciar a la belleza de nombrarlo. Porque Cantos a la propia tierra no se limita a celebrar Huánuco. También interroga su historia, recuerda los caminos truncados y deja entrever la tristeza de una región cuyo patrimonio cultural y natural no siempre ha recibido la atención que merece.

Hubo un detalle que reveló la minuciosidad del poeta. Al referirse al poema Templo de los brazos cruzados, hizo una precisión sobre la denominación de las figuras halladas en el antiguo recinto de Kotosh. No era una observación menor para él. En la poesía, me pareció entender, la palabra no puede descansar en la aproximación cuando la realidad exige exactitud. Hasta el título de un poema debe responder ante aquello que nombra.

Pensé entonces que el amor por una tierra también se manifiesta de esa manera: estudiándola, corrigiendo nuestras imprecisiones, escuchando sus piedras y tratando de comprender lo que sus vestigios todavía cuentan.

La trayectoria de Cárdich ha dado a la literatura huanuqueña una voz persistente. Su obra ha circulado más allá de la región y ha contribuido a situar su paisaje y su memoria en otros horizontes. Pero esa mañana, frente a mí, no hablaba desde la distancia solemne de los homenajes. Hablaba con la cercanía de quien sigue encontrando motivos para escribir sobre el lugar al que pertenece.

Y acaso allí resida la fuerza de este libro: en recordarnos que una tierra no es solamente un punto en el mapa. Es la infancia que nos acompaña, la historia que nos precede, el paisaje que nos reconoce y también la deuda que contraemos con aquello que decimos amar.

Terminada la entrevista, le agradecí el ejemplar. Nos tomamos las fotografías de rigor, esas imágenes que con el tiempo dejan de ser simples recuerdos y se convierten en testimonios de un instante irrepetible. Sabía que una de ellas acompañaría estas líneas. No podía imaginar mejor compañía para una crónica sobre un poeta que ha hecho de Huánuco una presencia viva en su escritura.

Después vino la despedida. Vi al maestro cruzar el umbral de la puerta de la radio y alejarse por los pasadizos inmediatos. Por un momento, la escena tuvo la sencillez de cualquier despedida. Pero sobre la mesa quedaba su libro, y con él, algo de su presencia.

Samuel Cárdich se marchaba. Huánuco, en cambio, permanecía allí: en el dibujo del Calicanto, en los nombres de sus montañas, en la memoria de Kotosh, en los paisajes convocados por sus versos y en esa preocupación silenciosa por el destino de una tierra que merece algo más que discursos y celebraciones ocasionales.

Tomé nuevamente el poemario. Comprendí que el maestro no se había ido del todo. Había dejado un puente abierto entre su palabra y nosotros.

Porque un poeta puede abandonar una habitación, cerrar una puerta y perderse entre las calles de su ciudad. Pero cuando ha escrito desde lo más hondo de su pertenencia, deja algo que no se marcha: una manera de mirar la tierra, de escuchar su historia y de sentir como propia su esperanza, incluso cuando también nos duele su olvido.

El maestro salió de la radio. Huánuco se quedó en sus versos.

 

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