Del progreso al retroceso: la alerta PISA

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

La reciente publicación de los resultados de las pruebas PISA ha vuelto a sacudir los cimientos de la educación global. Cada tres o cuatro años, este programa de la OCDE marca la pauta internacional, ofreciendo una radiografía objetiva sobre las competencias de los jóvenes de quince años. No estamos ante una simple libreta de calificaciones, sino frente al termómetro exacto que revela qué tan preparados están nuestros estudiantes para afrontar los desafíos del mañana. Sus cifras y porcentajes configuran de manera contundente el destino económico y social de todas las naciones.

A nivel mundial, la hegemonía se mantiene inalterable en Asia. Sistemas educativos como el de Singapur y las regiones chinas de Pekín y Shanghái, secundados por Estonia, lideran la tabla superando los 550 puntos. Estos países logran una combinación vital: altísimo rendimiento académico y equidad social. Sus aulas forman mentes críticas plenamente capaces de resolver problemas complejos. En contraste, el resto del planeta parece haber pisado el freno del conocimiento, y en nuestra región el retroceso es innegable.

América Latina sigue en el furgón de cola, arrastrando deficiencias estructurales históricas que la pandemia desnudó con crueldad. Países como Chile, Uruguay, Colombia y México han visto decrecer sus promedios dramáticamente. Sin embargo, el caso del Perú merece un análisis numérico minucioso. Hace exactamente una década, en PISA 2015, nuestro país era el gran ejemplo de mejora al obtener 398 puntos en Lectura, 387 en Matemática y 397 en Ciencias. Para el ciclo 2018, logramos 401 en Lectura, 400 en Matemática y 404 en Ciencias. Parecía que el gran esfuerzo rendía frutos, aunque bajo la superficie las cifras advertían graves problemas: más del 54% de los alumnos no alcanzaba el nivel básico (Nivel 2) en la crucial comprensión lectora, y un dramático 60,3% fallaba gravemente en matemáticas.

El espejismo de mejora continua se mantuvo en el 2022, con 408 puntos en Lectura, 408 en Ciencias y 391 en Matemática. Pero los resultados de PISA 2025 han sido un verdadero balde de agua fría. La Lectura sufrió una caída estrepitosa de 18,1 puntos, retrocediendo a 390. En esta área, apenas un alarmante 26% de los jóvenes peruanos logra el nivel básico. Matemática cayó 8,8 puntos, hundiéndose hasta los 382; una cifra catastrófica donde solo el 19,7% demuestra el razonamiento lógico mínimo esperado. Ciencias se mantuvo en 406 puntos, con solo 30,6% superando la línea base. Si evaluamos el decrecimiento acumulado en estos 10 años (2015-2025), la conclusión es devastadora. Los puntajes actuales son decididamente inferiores a los de hace una década: pasamos de 398 a 390 en Lectura, y de 387 a 382 en Matemática. El supuesto «milagro educativo» peruano fue completamente borrado.

¿Cómo pasamos de ese crecimiento esperanzador a este colapso estadístico? La respuesta fácil es culpar al COVID-19. Es innegable que el cierre de las escuelas dejó profundas cicatrices cognitivas; a finales del 2021, solo un minúsculo 6,5% de los escolares peruanos había retornado a clases presenciales, sufriendo un aislamiento prolongado y perjudicial. No obstante, la pandemia fue solo el detonante que adelantó la crisis. Sufrimos los estragos de una inestabilidad política crónica y desidia estatal. Vivimos una «década perdida» de ministros rotatorios, donde garantizar la continuidad de cualquier política pública resultó francamente imposible.

A esto se suma la tremenda crisis docente. Padecemos un sistema político complaciente, que liquidó la meritocracia al tolerar el reingreso de maestros que reprueban las evaluaciones básicas. Sin laboratorios equipados, ni bibliotecas actualizadas con libros físicos que estimulen la lectura prolongada, y con colegios rurales sin servicio de internet, la escuela pública está condenada al fracaso.

Pero existe un factor silencioso y global que debemos debatir fuertemente desde la academia. Nos enfrentamos a la gran paradoja de la hiperconexión. ¿Estamos sufriendo un retroceso masivo exacerbado por el abuso de la inteligencia artificial y la tecnología? Las pantallas y los algoritmos predictivos facilitan la vida, pero anestesian el esfuerzo intelectual, mutilan la curiosidad y apagan por completo el asombro.

La tecnología moderna, sin la debida mediación pedagógica, ha reemplazado la lectura profunda por el escaneo rápido y superficial. Ha sustituido la resolución de problemas matemáticos por aplicaciones que entregan la respuesta masticada en segundos. Nos engañamos creyendo en un espejismo de modernidad: el mundo forma niños excepcionalmente operativos —saben qué comando dictar a un asistente virtual—, pero completamente carentes de pensamiento analítico.

Esta falta de consolidación en ciencias y matemáticas es una amenaza directa. El mundo complejo marcado por la IA no necesitará operadores de botones; las máquinas harán mejor las tareas rutinarias. El futuro exigirá pensadores críticos, ciudadanos libres, capaces de dudar, formular hipótesis complejas y diseñar soluciones inéditas para problemas que hoy ni imaginamos.

Hoy, Perú y toda América Latina fracasan en esa importante misión. La tecnología debe volver a ser el medio, no el fin que reemplace el razonamiento humano. Es imperativo que las escuelas vuelvan a instaurarse como el espacio donde se enseña el difícil arte de pensar. Necesitamos que la incomodidad de un problema matemático sin resolver forje nuevamente nuestro carácter analítico. Ya es momento de abandonar excusas, exigir responsabilidad política y repensar nuestra educación digital, antes de que este apagón cognitivo nos aleje para siempre del desarrollo social.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital. @joycemeyzan

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