Danzar para no morir: la despedida de los Negritos del Niño Justo Juez, Los Músicos

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

El domingo 18 de enero, desde las ocho de la noche, Huánuco empezó a despedirse de sí misma. No era solo una hora en el reloj ni una fecha en el calendario: era el instante en que la memoria decidió ponerse de pie y caminar hacia el coliseo de la Gran Unidad Escolar Leoncio Prado. Yo llegué a la puerta principal y lo vi todo de golpe: familias enteras avanzando como en procesión, niños apretando la mano de sus padres, ancianos con la mirada cargada de recuerdos, jóvenes que aún no sabían que esa noche se les iba a quedar clavada para siempre en el pecho.

Ingresaban con expectativa, sí, pero también con un presentimiento silencioso: iban a presenciar la despedida de la Cofradía de Negritos del Niño Justo Juez – Los Músicos, una de las cofradías más emblemáticas de Huánuco, y con ella, el cierre de la fiesta más grande del planeta en homenaje al Niño Jesús. En esta tierra donde las cofradías no se cuentan con los dedos sino con la historia, más de doscientas, quizá doscientas cincuenta en Huánuco y alrededores, esa despedida marcaba el final de un ciclo sagrado.

Las cifras flotaban en el aire como campanas solemnes. La Municipalidad Provincial de Huánuco informó que la Festividad de los Negritos de Huánuco 2025–2026 generó un movimiento económico de aproximadamente 142 millones de soles, según la Cámara de Comercio e Industrias de Huánuco. El 2 % del Producto Bruto Interno del departamento. Un récord histórico. El impacto económico se concentró del 24 de diciembre al 19 de enero.

Pero mientras las cifras impresionaban, el corazón entendía otra cosa: nada de eso explicaba por qué la gente entraba con los ojos brillosos, como si fuera a despedirse de un ser querido.

Con esas cifras rondándome la cabeza, supe que no asistía solo a la despedida de una cofradía, sino al cierre de una celebración declarada Patrimonio Cultural de la Nación.

Dentro del coliseo, mientras asumía la responsabilidad de conducir el programa, mi atención se repartía entre los detalles técnicos y las emociones que se me subían a la garganta. Coordinaba cada instante con Diana Miller Alcántara, integrante de la rama femenina de la cofradía, sin saber que estaba a punto de presenciar uno de los momentos más conmovedores de mi vida.

De pronto, la puerta del coliseo se abrió y la Banda Internacional Clase “A”, bajo la dirección del maestro José Venancio Torres, hizo su ingreso triunfal. El público, que había colmado las graderías, estalló en aplausos. Luego entró la rama femenina, portando la banderola y los colores de la cofradía. Y entonces, en un silencio que dolía, un danzante avanzó hacia la pista central con paso solemne, llevando en sus manos la sagrada imagen del Niño Jesús Justo Juez.

Fue un instante de profunda religiosidad y misticismo. Vi lágrimas. Muchas. El Niño Dios fue entregado con devoción infinita a una integrante de la rama femenina, y el danzante se retiró con una reverencia tan profunda que parecía pedir permiso para seguir viviendo. Allí entendí que la fe también sabe despedirse.

La cofradía ingresó en orden perfecto: la Dama y el Turco al frente, los abanderados, los caporales, guiadores, pampas y los corochanos. Esta cofradía tiene una singularidad que la distingue: todos los corochanos ejecutan instrumentos, y todos sus integrantes son músicos o están ligados a la música desde sus oficios y profesiones. No es solo danza: es una vida entera tocando para el Niño Dios.

Su historia se remonta a 1945, cuando un grupo de músicos huanuqueños decidió honrar al Niño Justo Juez. Salieron como cofradía de niños el 18 de enero de 1956 y se instituyeron como mayores en 1958. Se fundaron en el domicilio de Félix Rosales Ponce, en el jirón 28 de Julio 425. Félix Rosales Ponce y Nicolás Miller Figueroa fueron los primeros caporales. La imagen del Niño Justo Juez, de casi cien años, tuvo como primeros mayordomos a Félix Rosales Ponce y Rosalía Alcántara de Rosales, movidos solo por amor y devoción.

La despedida siguió su curso: llamada de caporales, saludo al público, baile, adoración. En el intermedio, apareció Mito Ramos, con tres canciones que el público cantó con el alma. Luego el turco y su Dama bailaron un huayno tradicional, Ángel Hermoso. El show de los Corochanos fue un estallido de humor y ritmo: percusión, vientos y ocurrencias que conquistaron a todas las tribunas.

Y entonces llegó lo inevitable. El momento que todos aguardaban. La danza de la despedida. La banda comenzó a desgranar las melodías más tristes y desgarradoras, y los danzantes iniciaron las mudanzas. Se abrazaron en silencio, se despojaron de sus indumentarias, se quitaron las máscaras y volvieron, poco a poco, a su condición humana. El público se estremeció. Los corazones dolieron. Pero en esa tristeza habitaba también la esperanza de volver el próximo año para rendir homenaje al Niño Justo Juez.

El ayhuallá cerró la noche. Las arengas dieron vivas a la cofradía. Los abrazos se prolongaron. La gente se retiró emocionada y entristecida, pero con la certeza de que esta danza volverá.

Cuando salí del coliseo, la noche de Huánuco me recibió en silencio. La danza no se había quedado atrás: caminaba conmigo, se me había metido en el pecho. Esta danza que vimos desde niños nos ha acompañado toda la vida y nos acompañará hasta el último aliento. Y cuando nosotros partamos, serán nuestros hijos y las nuevas generaciones quienes seguirán danzando, preguntándose, como hoy nos preguntamos, por los orígenes y el significado profundo de una tradición que solo Huánuco conoce, siente y guarda en sus entrañas.

Porque esa noche los Negritos se despidieron de su presentación del año 2026.
Se quitaron la máscara, pero no la fe.
Y Huánuco quedó solo, abrazando el eco de la última melodía,
llorando como lloran los pueblos cuando saben
que volverán a danzar…
si la vida los espera.

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