Cuando Kotosh, la Amazonía y Machu Picchu no tuvieron voz en el debate presidencial

Crónica de una ausencia en tiempos electorales

 

Por. Jorge Chávez Hurtado

 

A pocos días de que los peruanos acudamos a las urnas para elegir al presidente o presidenta que gobernará el país durante los próximos cinco años, el ambiente político se encuentra marcado por adhesiones apasionadas, confrontaciones y tomas de posición que reflejan las profundas divisiones de nuestra sociedad. Personajes públicos, líderes de opinión, dirigentes y ciudadanos de a pie han expresado su respaldo a uno u otro candidato. Algunos lo hacen pensando en el país, en su presente y en su futuro; otros, seguramente, guiados por intereses personales o expectativas de favores políticos. Los huanuqueños nos conocemos y sabemos identificar cuándo una postura nace de una convicción auténtica y cuándo responde a otros cálculos menos nobles.

En medio de ese escenario, millones de peruanos dirigieron su atención al debate presidencial organizado por el Jurado Nacional de Elecciones. Las expectativas eran grandes. Más allá de las simpatías o rechazos hacia los candidatos, muchos ciudadanos esperábamos conocer sus propuestas para enfrentar los desafíos nacionales. Sin embargo, mientras avanzaban las intervenciones, comenzó a surgir una sensación de vacío. Los cuatro ejes temáticos establecidos para el debate estuvieron concentrados en la seguridad ciudadana y la lucha contra la criminalidad, el fortalecimiento del Estado democrático y los derechos humanos, la educación y la salud, así como la economía, el empleo y la reducción de la pobreza. Se trataba, sin duda, de temas importantes y urgentes. Pero había algo que faltaba.

Mientras observaba el desarrollo del debate, no podía dejar de preguntarme cómo era posible que, en un país como el Perú, heredero de una de las civilizaciones más antiguas de América y poseedor de una de las mayores biodiversidades del planeta, no existiera un espacio específico para discutir el patrimonio cultural, histórico, arquitectónico, arqueológico y ecológico de la nación. Parecía como si quienes diseñaron la agenda hubieran olvidado que el Perú no es solo economía, inseguridad o cifras estadísticas. El Perú también es memoria, identidad, historia y naturaleza.

Abrigué la esperanza de que, en el desarrollo del debate, alguno de los candidatos incorporara espontáneamente estos asuntos. Esperé escuchar propuestas para la conservación de nuestros monumentos históricos, la protección de los sitios arqueológicos, la recuperación de los centros históricos deteriorados o la defensa de nuestras áreas naturales. También esperaba que la discusión educativa trascendiera las promesas habituales y se atreviera a cuestionar un modelo cuyos resultados siguen generando preocupación. Las cifras de las evaluaciones nacionales muestran que apenas una reducida proporción de estudiantes logra los aprendizajes esperados en lectura y matemática. Los docentes asumimos diariamente el desafío de revertir esa realidad, pero las necesarias discusiones sobre las fortalezas y debilidades del modelo educativo vigente parecen haberse convertido en temas prohibidos para la burocracia educativa.

El debate continuó. Los candidatos, vestidos parcial o totalmente de blanco, intercambiaron propuestas, cuestionamientos y acusaciones. Sin embargo, conforme avanzaban los minutos, los temas que muchos esperábamos escuchar permanecían ausentes. El patrimonio cultural del Perú quedó prácticamente fuera del escenario. No se plantearon propuestas concretas para la conservación de sitios arqueológicos, la restauración de monumentos coloniales y republicanos, el fortalecimiento de museos, bibliotecas y archivos históricos, la lucha contra el tráfico ilícito de bienes culturales o la promoción de las lenguas originarias. Resulta llamativo que estos temas hayan sido ignorados en un país que alberga tesoros como Kotosh, Garu, Tantamayo, Caral, Machu Picchu, Chan Chan, las Líneas de Nazca, Huánuco Pampa y tantos otros espacios que constituyen parte fundamental de nuestra identidad.

Tampoco hubo una reflexión seria sobre el patrimonio arquitectónico. Ninguno de los candidatos abordó la situación de las casonas históricas que se deterioran en distintas ciudades del país, la protección de inmuebles patrimoniales frente al crecimiento urbano desordenado o el riesgo de colapso que amenaza numerosas edificaciones históricas. En muchos casos, la memoria material de nuestras ciudades desaparece lentamente sin que el tema logre ingresar a la agenda política nacional.

Más evidente aún fue la ausencia de la agenda ambiental. No se escucharon propuestas específicas sobre la Amazonía peruana, la deforestación, los glaciares andinos, la contaminación de ríos y lagunas, las áreas naturales protegidas, la pérdida de biodiversidad, el cambio climático o la minería ilegal que destruye ecosistemas enteros. La preocupación tampoco es ajena a Huánuco, donde la exuberante biodiversidad de Tingo María, así como ecosistemas emblemáticos como Pichgacocha, Mancapozo, la Cordillera de Huayhuash, el Yerupajá, Raura y los bosques de Carpish, continúan esperando políticas claras para su protección y conservación. Resulta paradójico que uno de los países con mayor riqueza biológica del mundo no dedique una discusión seria a la defensa de un patrimonio natural que pertenece tanto a las generaciones presentes como a las futuras.

Cuando las luces del debate se apagaron y los candidatos abandonaron el escenario, quedaron flotando muchas respuestas, pero también algunas ausencias. Entre ellas, la voz de los monumentos que esperan restauración, de los sitios arqueológicos que reclaman protección, de los bosques que retroceden ante la depredación y de la memoria cultural que da sentido a nuestra condición de peruanos. Entonces comprendí que el problema no es solamente político. También es cultural. Un país que desconoce o minimiza su pasado corre el riesgo de perder orientación en el presente y de construir un futuro sin raíces.

Dentro de pocos días elegiremos a quien gobernará la República. Sin embargo, más allá del resultado electoral, seguirá pendiente una pregunta que nadie respondió durante el principal debate de la campaña: si el próximo presidente administrará uno de los patrimonios culturales y ecológicos más extraordinarios del planeta, ¿por qué esos temas no merecieron un espacio relevante en la discusión nacional? Quizá la respuesta se encuentre en ese silencio que pasó inadvertido para muchos, pero que también forma parte de la historia de estas elecciones.

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