Crónica de la última llamada: un hijo frente a la muerte de su padre

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

—¿Usted es el señor Jorge Chávez, hijo del paciente Abelino Chávez Dueñas?

La voz no tenía rostro, pero traía una sombra. Venía desde el Hospital La Villa EsSalud, ese territorio sin nombre donde la pandemia despojó a los hombres de su biografía y los convirtió en camas numeradas, en oxígenos prestados, en despedidas sin abrazo.

—Sí, señor, a sus órdenes.

—Soy el médico que está atendiendo a su papá. La salud de su padre se está complicando. Estamos haciendo todo lo posible para recuperarlo.

En esa frase cabía el mundo entero y su derrumbe. El lenguaje médico, tan preciso y tan frío, nunca aprende a decir miedo. Yo hice lo único que saben hacer los hijos cuando la ciencia tiembla y Dios guarda silencio.

—Doctor, por favor, ayude a mi padre. Apelo a sus conocimientos y a su generosidad.

Hubo un silencio breve, quirúrgico. Luego, la frase que nunca termina de decirse, pero que se queda a vivir dentro de uno:

—Está muy complicada la salud de su papá. Solo le digo que se preparen…

No hubo más palabras. No hicieron falta. Aquella llamada fue la sentencia anticipada. Se me hundió en el pecho como un hierro caliente. Hasta hoy la siento ahí, alojada entre el corazón y la memoria.

Un día antes había hablado con mi padre. Era 28 de enero, mi cumpleaños. La vida, que a veces escribe con crueldad de novelista, decidió que ese fuera nuestro último diálogo. Lo llamé con la esperanza torpe de los hijos adultos que todavía creen en los finales felices: que salga del hospital, que vuelva a casa, que empecemos de nuevo.

Contestó con una voz que parecía luchar contra el aire. Decía mi nombre una y otra vez, como si al pronunciarlo pudiera agarrarse del mundo. Yo le hablaba, le pedía que resista, le prometía que todo iba a pasar. La llamada se cortó. El silencio ocupó su lugar. Me quedé triste, sí, pero todavía con esa esperanza mínima que nos permite seguir respirando.

No podía estar a su lado. El hospital era un cuerpo denso, cargado de virus y de muerte. Yo también era vulnerable. Amar, esa vez, significó quedarse lejos. Cuidar la vida propia para no multiplicar el dolor ajeno.

Al día siguiente llegó la llamada del médico y algo en mí se quebró para siempre. Pero uno se miente para no caer. Los médicos también se equivocan, me dije. Y abrigué esa esperanza frágil, casi infantil, de que mi padre iba a resistir al virus que estaba arrancando padres, madres y abuelos en todo el mundo.

El domingo 31 de enero amaneció con una chispa. Mi hermana Abelina, la menor, la que estaba junto a papá, nos escribió:

—Hermanos, ayer papá estuvo bastante mejor. Espero que hoy también lo esté.

La esperanza suele llegar en frases cortas. Pero el destino es puntual, implacable. Cuando mi hermana llegó al hospital, parece que mi padre la estaba esperando. A las diez y quince de la mañana dio su último hálito. Minutos después, su voz, sostenida por la fe y rota por el amor, nos dijo:

—Hermanitos, papá acaba de fallecer. Ya descansa en paz en la gloria del Señor.

Esa frase cayó como una espada antigua. Solo quienes han perdido a sus padres saben de qué hablo. Me quedé mirando un punto fijo de la pared. Me senté sin pensar. Y lloré. Lloré como lloran los hijos cuando el mundo se queda sin techo y el futuro pierde una columna.

Horas después enterrábamos a mi padre en el cementerio Divino Descanso. El nombre parecía una ironía piadosa. Su féretro estaba rodeado apenas por hijos y nietos. La pandemia también robaba los abrazos. Mi hermano mayor, Ludwig, habló. Sus palabras me atravesaron como una despedida definitiva.

Después caminé por lo que quedaba del Huayopampa del ayer, entre cabuyas y pacaes, como si el paisaje también estuviera de luto. Llegué al puente Huayopampa. Miré el Huallaga seguir su curso, indiferente y eterno, como la vida que continúa después de la muerte. Crucé el puente y entonces lo comprendí: era huérfano de padre. El alma se me desgarró. El corazón tembló. La conciencia se me apagó un poco.

Entonces llegaron los recuerdos, como llegan siempre: sin pedir permiso. Recordé que yo era hechura de mi padre. Recordé cuando, con diez años, ganamos juntos el concurso Canto a Huánuco. Recordé a mi padre llevándome de la mano a declamar mis primeros poemas. Ahí nació todo: la palabra, la lectura, la escritura, el periodismo, la docencia. Ahí me sembró.

Lo recordé alentándome en mis primeros programas de radio. Fue mi primer auspiciador, con su picantería El Eslabón Perdido. Nada más simbólico: él fue el eslabón inicial de mi voz pública. Estuvo siempre en los momentos decisivos. Viajamos juntos a Baños, su tierra natal, a la fiesta del Señor de Mayo. Compartimos caminos, cantos, silencios.

Recordé también mi sangre. Hijo del valle del Nupe por mi padre. Hijo del Mantaro por mi madre, doña Justina Hurtado Rojas, huanca, pariente de Flor Pucarina. En mí convivían los Yaros y los Huancas. Tal vez por eso esta obstinación por la identidad, por la cultura, por contar lo nuestro desde lo nuestro.

Han pasado cinco años. Este 31 de enero se cumplen cinco años de su partida. Me queda el consuelo de mi madre, viva y fuerte, aunque distante. Me quedan los libros que mi padre escribió, las canciones que compuso, cantó y dejó grabadas. Su voz sigue sonando cuando el silencio aprieta. Su legado todavía me nombra.

Pido perdón a mis lectores por esta herida abierta. Pero a veces los periodistas también sangramos en público. Porque escribir es la forma más honesta de seguir conversando con quienes se fueron. Porque cada palabra que dejo aquí es, en el fondo, un intento inútil y hermoso de volver a escuchar su voz diciendo mi nombre…
aunque ahora, por fin, el que aprende a responder soy yo.

 

Leer Anterior

Disponen prisión para pareja que llevaba S/37800 y no supo explicar su procedencia

Leer Siguiente

La Safap respalda sanción por indisciplinas, pero sin excesos