Por: Roger Rondón Bardón
La inmensa voz estentórea de “Racu Canti” Piñán, personaje ya mítico de las épocas carnestolendas de antaño en la ciudad de Aguamiro, La Unión, anunciaba las festividades desde las faldas del cerro tutelar San Cristóbal.
Su anuncio corría, cual suave vendaval, por el enigmático vallecito aguamirino y ripanense, revelando este grato acontecimiento.
Los carnavales eran todo un suceso festivo de gran jolgorio y entusiasmo multicolor, bajo el bello firmamento y el halo musical de bandas y orquestas que difundían la clásica mulisa aguamirina. Al ser cantada, expresaba hermosos y delicados poemas dedicados a la incomparable belleza de la aguamirina. Textos creados por el talento literario y musical de sus autores, y que felizmente algunos se conservan, como los versos publicados por Juan Zevallos Cárdich, hijo de “Filo Zevallos”, ilustre aguamirino, en el libro Aguamiro de mi infancia, escrito en alimón con Napzaly Dionicio Ávila, que dice:
“Bello Aguamiro,
tú siempre serás jaulita de oro
de eterno brillar,
donde yo guardo lugar
mi fiel amor.
Soy de muy lejano cielo,
las nubes fueron mi alfombra,
paso buscando un anhelo;
allá yo perdí mi sombra,
allá yo perdí mi sombra…”
La faceta carnestolenda de los compadres y comadres no distaba mucho de otras similares que se realizan en diferentes lugares del Perú; sin embargo, en esta parte del país se caracterizaba por sus particularidades: opípara pachamanca y otros platillos del arte culinario, abundante chinguirito, bebida espirituosa, música a todo dar; en fin, una festividad que antecedía a los festejos centrales.
La gente, compadres y comadres convenientemente ataviados —los más con ponchos y sombreros, y las damas con vestidos de vivos colores— presentaban las “guaguas” horneadas en el tradicional horno de mi dulce, linda y solidaria abuelita, la dama Rosalía “Mamá Lusha” Aguilar, quien tenía una casona con un oloroso árbol de cedrón en el centro, inmueble adyacente a la antigua iglesia.
Los compadres y comadres precedían a la Calixtura (sábado) y al día central de Ño Carnavalón (domingo de carnaval).
El corte de árbol era una festividad desarrollada en el centro de la ciudad, es decir, en la famosa e icónica calleja de Jircán Capilla, centro neurálgico ubicado entre la antigua iglesia y el puente de calicanto “Cáceres”, lugar donde se plantaba un árbol convenientemente adornado con canastitas llenas de dulces, pañuelos de colores, serpentinas, globos y alguna sorpresa.
Danzaban al son de una afiatada banda musical, debidamente trajeados, envueltos en serpentinas, talqueados o embetunados y plenos de felicidad, bajo la batuta del famoso “Burro Socarrón”, David Martel Camiloaga, quien, mientras bailaban, con el hacha al hombro enlazaba a una pareja instándolos a cortar el árbol, entonando una tonada. Era el artífice del corte hasta la finalización del evento.
Los clásicos bailes sociales carnavalescos, desarrollados con glamour por las parejas principales de la sociedad aguamirina, eran todo un espectáculo. Las parejas, elegantemente vestidas, incluían antifaces para evitar el impacto gélido y fragante del chisguetazo lanzado inopinadamente, ya fuera por una dama o un varón. Era el “amor de Colombina y Pierrot” que podía llegar hasta los ojos.
Mis adolescentes ojos y mi frágil memoria guardan esos momentos cuando la muchachada —que por obvias razones no podía ingresar a los salones de baile— nos escurríamos de casa para observar el sonado festejo y espectar, a través de los grandes ventanales del espacioso salón de la municipalidad. Recuerdo, como si fuese ayer, este evento en compañía de amigos de colegio y de calle como Jorge Cárdich Ramos, Mario y Julio de la Mata, Ananías Borja Marchand, Níler “Chesman” y Genaro Falcón Rojas, Jimmy Ayala y Miky Montes. Casi toda la muchachada de la década del 60.
Veía cómo la honorable y elegante dama Rosa Gamarra de Borja atacaba con maestría y suma cadencia un bolerazo de Los Panchos, naturalmente con su pareja, en apenas un metro cuadrado, es decir, en una sola loseta, llamando la atención de los asistentes.
Los bandos y el correo constituían otras facetas. Los bandos, antes utilizados como proclamas militares o políticas, eran empleados en carnavales como mensajes leídos al público, caracterizados por su tono temible y burlón, pues criticaban con sorna la ineptitud de algún funcionario o la debilidad de ciertas personas expuestas públicamente. El correo, por su parte, utilizaba cartas románticas enviadas a las damas.
La Calixtura, en tiempos de antaño en Aguamiro, era un espectáculo sin parangón: la cabalgata de un centenar de jinetes montados en caballos bien enjaezados, dotados de instrumentos musicales para tocar y entonar la célebre mulisa en las esquinas previstas, desde el barrio de Racri hasta Chacamayo.
caAsí eran los carnavales de Aguamiro: memoria viva, identidad festiva y tradición que aún resuena en el alma de quienes tuvimos el privilegio de vivirlos.








