Por: Jorge Chávez Hurtado
Hay hombres que no persiguen aplausos; persiguen responsabilidades. Esta es la historia de uno que convirtió el sacrificio en herencia
Óscar Cabrera Trujillo nació un 15 de enero de 1956, cuando Huánuco todavía despertaba con olor a café recién tostado y las familias se reconocían por el trabajo, no por los apellidos. Fue hijo de don Jorge Cabrera Ibérico y de doña Francisca Trujillo de Cabrera, una pareja que entendió muy pronto que el amor también se demuestra madrugando, perseverando y sosteniendo los sueños cuando la realidad aprieta.
Su infancia transcurrió entre aulas sencillas y patios escolares donde se aprendía a leer, pero también a convivir. Empezó en el Colegio Práctica Mixta de la señora Felicita Garay, siguió en la Gran Unidad Escolar Leoncio Prado y, ya adolescente, partió al Colegio Militar Leoncio Prado, en La Perla, Callao. Aquel viaje fue más que un cambio de colegio: fue el primer desprendimiento. Aprendió disciplina, silencio, resistencia. Aprendió, sobre todo, que crecer duele.
Soñó con ser médico. Quería ser neurólogo. Quería entender el misterio del cerebro humano, quizá porque ya intuía que la vida es una lucha constante entre la razón y la fe. Pero los sueños, a veces, deben esperar. En 1973, cuando la Universidad Cayetano Heredia parecía lejana y la economía familiar exigía manos firmes, volvió a Huánuco. No volvió derrotado: volvió responsable.
Ingresó en 1974 a la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, a Administración de Empresas. Estudió lo que pudo. Se retiró cuando el trabajo ya no le permitía asistir. Reingresó en 1979. Volvió a suspender. No fue falta de voluntad: fue exceso de realidad. Algunos profesores no entendieron que había alumnos que estudiaban y trabajaban. La universidad se cerró, pero la vida abrió otra más grande.
Su padre le propuso algo decisivo: ser socio de la empresa familiar, la Negociación San Jorge. Aceptó. Y ahí empezó su verdadera carrera profesional. Durante años tostaron café, luego incursionaron en menestras, harinas, granos, abarrotes. Recorrieron provincias, llegaron a Tingo María, aprendieron del mercado, del cliente, del error y del acierto. Hasta que, en 1999, con la sabiduría que dan los golpes, regresaron al origen: el café. Volver al café fue volver al alma.
La empresa que nació en 1940, con una tostadora artesanal, leña, vapor y molinos manuales, se transformó con el tiempo sin perder su esencia. De “Café Huánuco” pasó a llamarse “Café Cabrera”, nombre elegido por la gente, por los clientes, por el pueblo. Hoy, como Industrial Cabrera S.R.L., es una historia viva de más de 80 años, ya en manos de la tercera generación, con tecnología, innovación, cafetería de experiencia y hasta cerveza artesanal de café. Pero sigue siendo, en el fondo, la misma: una empresa hecha con familia y terquedad.
Óscar no se quedó solo en la empresa. Entendió, como su padre le enseñó, que hay que hacer vida institucional. Desde 1989 fue director de la Cámara de Comercio de Huánuco. Ocho años consecutivos. Presidente entre 1995 y 1997, con apenas 39 años. Más de dos décadas entregadas a una institución que, cuando él llegó, sobrevivía con colectas para pagar a la secretaria. Ayudó a transformarla en una entidad respetada, formadora, sostenible, útil para Huánuco.
Defendió la Ley de la Amazonía cuando quisieron vaciarla de contenido. Estuvo en comisiones técnicas, en mesas multisectoriales, en Lima y en Huánuco. Peleó con argumentos cuando otros solo gritaban. Participó en la inclusión de Huánuco en la Amazonía, aquella madrugada del 31 de diciembre de 1998, cuando la ley 27037 se aprobó casi al amanecer. Esas luchas no salen en los libros, pero sostienen regiones enteras.
También fue niño de barrio. Jugó rayuela, trompo, escondite. Fue calichín del León de Huánuco desde 1966. Jugó fútbol hasta los 38 años, pese a una rodilla que un día dijo basta. Hoy sigue trotando, respirando río, campo, naturaleza. Baila, porque sabe que el cuerpo también necesita alegría para no enfermarse de tristeza.
Y está su fe. Una fe sin ruido, pero constante. Renovación carismática, cursillista, eucaristía como alimento. Para él, el espíritu es la base. Por eso también es socio fundador de una Casa Hogar en Churubamba, un refugio para niños desamparados. Porque la fe, si no se convierte en obra, es solo discurso.
Óscar Cabrera Trujillo no terminó la universidad formal. Pero se graduó con honores en la universidad mayor de la vida. Aprendió administrando, equivocándose, sirviendo, defendiendo, creyendo. Hoy, cuando habla, no presume títulos: comparte experiencia. Y eso, amigo lector, también educa.
Su vida no es perfecta. Es verdadera. Y por eso conmueve. Porque está hecha de renuncias, madrugadas, café caliente, fe persistente y amor profundo por Huánuco. De esos hombres que no buscan aplausos, pero sin los cuales la historia local simplemente no camina.







