Bajo los ficus del Parque Cartagena, Julio Orbezo Martínez se reencontró con el Coro Ruicino

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

La noticia de que el maestro Julio Lizardo Orbezo Martínez llegaría desde los Estados Unidos a Huánuco corrió silenciosa, como el aire fresco que desciende de los cerros en las primeras horas de la mañana. Bastó conocer la fecha para que la ilusión comenzara a florecer en los corazones de los integrantes del Coro Ruicino. Los niños y jóvenes sabían que muy pronto estrecharían la mano de aquel huanuqueño que, aunque hace muchos años partió hacia tierras lejanas, jamás dejó de llevar consigo el aroma de esta tierra, el color de sus calles, la música de su pueblo y el amor inquebrantable por su origen.

El destino quiso que el reencuentro ocurriera el domingo 5 de julio, al mediodía, en el lugar donde comienzan los recuerdos más íntimos del maestro: el Parque Cartagena. Allí, bajo la sombra generosa de los antiguos ficus que han visto pasar generaciones enteras, transcurrieron su niñez y juventud junto a sus padres y hermanos. Esos árboles centenarios, testigos silenciosos del tiempo, parecían conservar aún las risas de los niños que alguna vez jugaron a las canicas después de salir del colegio Leoncio Prado. Quizá entre ellos estuvo también un pequeño Julio, soñando sin imaginar que un día recorrería el mundo llevando siempre a Huánuco dentro del corazón.

Días antes del encuentro, el propio maestro había llamado desde los Estados Unidos. Su voz, cargada de emoción, no ocultaba la alegría.

—Para mí será muy emocionante reencontrarme con estos niños y jóvenes que cantan a Huánuco y al Perú. Ellos representan la identidad de nuestra tierra.

Aquellas palabras bastaron para que el Coro Ruicino encontrara un motivo más para ensayar. A pesar de las exigencias escolares y de las constantes presentaciones que realizan gracias a la invitación de instituciones y familias huanuqueñas, cada ensayo tuvo un significado distinto. No iban solamente a interpretar canciones. Iban a rendir homenaje a un hombre que nunca dejó de amar a su tierra.

Porque el amor verdadero por Huánuco no necesita discursos ni campañas. No se proclama en épocas electorales ni busca aplausos pasajeros. Se demuestra durante toda una vida. Y Julio Orbezo Martínez pertenece a esa generación de hijos agradecidos que comprendieron que la distancia jamás puede borrar las raíces.

Antes del esperado reencuentro, el maestro celebró su natalicio en el recreo campestre El Huerto de Mis Padres, en Huácar. Tuve el privilegio de acompañarlo junto al joven Franz Frederick, integrante del Coro Ruicino. Allí estaban sus hermanos, familiares y amigos, compartiendo abrazos que parecían recuperar los años perdidos.

Mientras la banda interpretaba música huanuqueña, el paisaje hacía su propio concierto. Muy cerca corría el río Huácar, llevando en sus aguas siglos de historia, mientras el imponente río Huertas descendía desde las alturas para abrazar finalmente al Huallaga. Caminé por las tranquilas calles de Huácar y confirmé una vez más que existen pueblos donde la hospitalidad todavía tiene rostro y nombre. No era la primera vez que llegaba. En 2018 el Coro Ruicino grabó allí el videoclip de La Libertad, pero esta vez el lugar parecía tener una luz distinta, como si también celebrara el regreso de uno de sus visitantes más queridos.

Al día siguiente llegó el momento esperado.

Bajo uno de los grandes ficus del Parque Cartagena estaban reunidos los integrantes del Coro Ruicino. Muchos sostenían un nudo en la garganta. Frente a ellos aparecía el escritor que alguna vez les envió desde los Estados Unidos ejemplares de sus libros para premiar su esfuerzo por preservar la música huanuqueña.

Julio Orbezo no saludó desde la distancia. Caminó hacia ellos como quien vuelve a abrazar a su propia familia. Conversó con cada niño, escuchó sus sueños, sonrió con paciencia y sencillez. No había solemnidad en sus gestos. Había ternura.

Entonces la música hizo el resto.

Las voces juveniles comenzaron con La Libertad. Después llegaron Alma, Cuando salí de mi tierra, Huánuco solo hay uno, Un rinconcito para mi amor, Tierra de mis amores, El Cóndor Pasa, El cóndor vuelve a su nido, Paucarbamba, Tingo María, Huánuco viejo, Amor Pañaco, junto a clásicos nacionales como La Flor de la Canela y Contamanina. Cada canción parecía abrir una ventana distinta hacia la memoria.

A un lado observaban emocionados sus hijos, José Leonardo y Paloma, llegados también desde los Estados Unidos; su yerno, Alfonso; sus hermanos Diana, Augusto, Pío y el resto de la familia. No hacía falta pronunciar palabra. Los ojos hablaban por todos.

Concluido el recital, caminaron juntos hasta el local Don Pollo Brasa, del reconocido músico Elías Valdivia Jara, en el jirón Huallayco. Allí compartieron el almuerzo ofrecido generosamente por el maestro. Entre conversaciones, fotografías y sonrisas, la mesa se convirtió en una celebración de la identidad huanuqueña.

Pero todo encuentro lleva escondida la sombra inevitable de la despedida.

Cuando el almuerzo terminó, Julio Orbezo salió caminando lentamente por el jirón Huallayco rumbo a su querido barrio del Parque Cartagena. Ya no lo acompañaban los cantos, sino el silencio. Tal vez iba pensando que en pocos días tendría que partir nuevamente hacia los Estados Unidos. Quizá recordaba a sus padres caminando por esas mismas calles. Pero, sobre todo, quizá se marchaba con la tranquilidad de saber que Huánuco no quedaría solo, porque el amor por esta tierra seguiría latiendo en las voces de los niños y jóvenes del Coro Ruicino.

Porque ahora sabe que existe una nueva generación que canta con el mismo amor con el que él escribe. Mientras su figura se alejaba entre las calles de su infancia, los viejos ficus parecían inclinar ligeramente sus ramas para despedir al hijo que nunca dejó de pertenecerles.

Porque mientras exista un joven cantando a Huánuco, mientras una guitarra vuelva a entonar sus melodías y mientras alguien pronuncie el nombre de esta tierra con emoción, hombres como Julio Orbezo Martínez seguirán regresando, aunque el océano vuelva a separarlos.

Hay regresos que terminan cuando el avión despega.

Pero hay otros que permanecen para siempre en el corazón de un pueblo.

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