Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
Desde las alturas de San Rafael hasta las montañas de Chinchao y Pillao, pasando por el acogedor Ambo, se extendía el territorio de los Chupachos, cultura preinca originaria del valle del Huallaga, destacada por su dedicación a la agricultura, pesca y caza.
Ambo, por tradición romántico, conserva estrechas callecitas que acogen hermosas casonas de arcos de tapial, robustas puertas de madera de nogal y grandes ventanas de fierro fundido, desde donde se contempla el valle y las huertas frutales repletas de pacay, chirimoya, guayaba, palta, naranja y el aromático café.
Como buen pueblo romántico del valle de los Chupachos, Ambo ofrecía noches bohemias cargadas de alegría. Entre canciones y copas de shacta del fundo “Chasqui”, los amigos se sumergían en cuentos, leyendas y mitos, mientras las horas transcurrían en aquella apacible ciudad apenas iluminada por algunos focos de alumbrado público. En una esquina cercana a la plaza de armas, Shamuco, Shanty y Shipico, guitarra en mano, entonaban huaynos del cancionero ambino.
Era una noche de junio de los años noventa. El ambiente festivo invitaba a prolongar la velada; las copas circulaban sin cesar y el trío de amigos, ya “guarapeados”, decidió dirigirse a la casa de la bella Edilberta —conocida como Bertha—, joven alta, de piel clara, ojos color caramelo y figura deportista, quien vivía calle arriba, cerca del Cementerio General de Ambo. Al llegar, interpretaron Huanuqueña pretenciosa y otras canciones cargadas de sentimiento, especialmente para Shipico, visiblemente enamorado de Bertha.
De pronto, la puerta se abrió bruscamente. Apareció don Sacacho, padre de la joven, hombre corpulento y alto, garrote en mano, quien comenzó a “siguetear” a los trovadores. Presos del susto, los muchachos huyeron cuesta arriba por todo el jirón Progreso hasta refugiarse en la entrada del panteón. Allí, entre risas nerviosas, dieron el último sorbo de shacta e incluso encendieron un cigarro para calmar la cólera del futuro suegro.
Ya sin licor y encontrándose frente al cementerio, surgió una apuesta temeraria: ingresar hasta la capilla —donde se velaba a los muertos— y clavar un clavo hasta la mitad del piso como prueba del desafío. El premio: dos cajas de cerveza. Sin objeciones, sellaron el pacto con un rotundo “¡sí!”, palabra de hombre.
La noche cubría el camposanto con un manto de oscura quietud. No había velas encendidas ni ladridos de perros; solo un viento helado que erizaba la piel. El portón estaba cerrado con candado, lo que sirvió de excusa momentánea para evitar el reto. Sin embargo, Shamuco, animado por el licor y la promesa de cerveza, decidió asumir el desafío. Trepó el portón y, deslizándose por el tragaluz como un gato, ingresó al cementerio.
Con ayuda de una linterna y venciendo el miedo, avanzó cuesta arriba hacia la capilla —ubicada en la falda del cerro Chunapampa—. Los nichos se alineaban silenciosos y el frío calaba los huesos. Al llegar, se persignó y, pese a su estado de ebriedad, ingresó con respeto. Sacó fuerzas, clavó el clavo en el suelo de tierra y, tras respirar profundamente, se dispuso a salir.
Fue entonces cuando sintió un fuerte tirón. Intentó avanzar, pero algo lo retenía. El pánico lo invadió; creyó sentir presencias que no lo dejaban escapar. Su cuerpo tembló, la voz se le apagó y, finalmente, se desplomó.
Afuera, preocupados por la demora, Shanty y Shipico decidieron entrar a rescatarlo. Avanzaron con cautela entre cruces y nichos, persignándose a cada paso, hasta llegar a la capilla. Allí encontraron a Shamuco inconsciente, con los ojos en blanco. Presos del miedo, lo envolvieron con su poncho para sacarlo, pero al intentar cargarlo sintieron nuevamente un tirón. Fue entonces cuando descubrieron que el poncho estaba clavado al suelo.
Al desclavar el poncho, lograron liberar al “muerto”. Lo sacaron por el tragaluz y, ya en la vereda, comprobaron que aún tenía pulso. Con aguardiente y masajes lograron reanimarlo. Al despertar, Shamuco juraba haber visto al “Shatuco” (diablo), con cuernos, barba y lengua larga, jalándolo hacia el más allá. Entre risas y regaños, Shipico le aclaró la verdad: nadie lo había sujetado; había sido víctima de su propio clavo, como “opa” clavo su poncho y ahora como “shucuy” se quiere justificar.
Así terminó aquella velada bohemia. No hubo ganador ni perdedor, tampoco cerveza. Con guitarras al hombro —sus eternas compañeras— los tres amigos descendieron por el jirón Progreso rumbo a casa, llevando consigo una anécdota inolvidable de su querido y romántico Ambo.
Este relato evoca momentos compartidos con nuestro paisano Gustavo Palacios Astete, hoy comandante de la Policía Nacional del Perú, quien añora profundamente a su Ambo romántico.
*Escritor, economista y abogado. Cel.: 964 759 237.
Correo: rodriguezmasgo@gmail.com Foto: D.R. referencial








