Ambo y la mujer misteriosa

Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*

 

Mientras camino por el romántico Ambo, enclavado dentro del territorio de los Chupachos, especialmente alrededor de su histórica plaza de armas —embellecida por hermosas mujeres ambinas vestidas con falda negra, blusas colorinas y sombreros negros de ala ancha adornados con flores silvestres— la mirada del visitante queda inevitablemente cautivada.

Me dirijo a la pastelería de doña Dumicha, mujer emprendedora y heredera de la tradicional pastelería ambina. Sus divinas manos amasan y hornean pasteles siguiendo recetas de antaño, preparados con manteca de chancho y huevo de corral. Aquellas delicias, siempre acompañadas de un vaso de chichita de jora o de maní, conforman una mágica combinación capaz de satisfacer el más exigente “antojo” que trae al viajero hasta el romántico Ambo.

Me encuentro de visita en casa de mi compadre Jesús, a quien cariñosamente llamo Joshua. Ya cómodamente instalados en su amplia sala —con muebles de madera de cedro que destacan por su elegancia—, el hermoso piso de laja natural da un toque especial al ambiente. Sus inmensas ventanas enrejadas, con vistas al río Huallaga, presagian una larga y amena tertulia, perfumada por los aromas del huerto: pacay, chirimoya, níspero, guayaba, palta y el inconfundible café.

Los minutos transcurren y ambos nos sumergimos en el mundo de los recuerdos, siempre acompañados de las traviesas “copitas” de macerado de shacta —aguardiente con miel de abeja y corteza de chuchuhuasi—, un “remojado” famoso por ser antiinflamatorio, analgésico, reforzador del sistema inmunológico y, según dicen, un potente tónico afrodisíaco para el hombre “oso”.

La tertulia se prolonga y, entre sorbo y sorbo, Joshua comienza su relato:

—Una noche del primero de mayo, allá por los años noventa, era casi medianoche. Yo estaba cantando y tomando en el bar de las “Yacutingas”, atendido por tres hermosas hermanas. De pronto, la nostalgia me invadió; salí a la vereda y me senté. Casi al instante apareció una mujer alta, vestida con falda y chompa negra. Tenía el cabello negro, trenzado en dos largas trenzas que caían hasta la cadera. Sus labios, rosados y bien delineados; su mirada, profundamente penetrante.

“¿Por qué cantas con tristeza?”, me preguntó con voz pausada. Le respondí: “Mi amada me dejó. No puedo vivir sin ella; solo el licor calma mi aflicción”.

“¡Basta de sufrir!”, me dijo. “Si realmente la amas, deja de llorar”.

No sé cómo, pero ya estaba sentada a mi lado. Le invité una copa de shacta; aceptó y bebió. Luego se puso de pie y caminó calle arriba. La seguí. Hablaba con cultura, con elegancia. De pronto se detuvo: “Hasta aquí. Ya estoy cerca de casa”. Me acerqué para invitarla a salir al día siguiente. “Está bien —me dijo—, en el mismo lugar, a la misma hora”. Al despedirse, me entregó una rosa blanca.

Al día siguiente, emocionado, aguardé con ansias el reencuentro. No me importaba saber su nombre ni de dónde era; solo quería verla otra vez. La noche llegó y yo estaba nuevamente en el bar de las “Yacutingas”. En una mesa cantaban mis tíos Willy y Cayo, acompañados por el acordeón del buen Chaván, interpretando con sentimiento el cancionero de nuestra tierra. A mi lado estaba “Willico”, amigo del barrio, a quien le conté que esperaba una cita a la medianoche.

De pronto, percibí aquel perfume inconfundible. Salí y allí estaba ella, sonriente, puntual. Conversamos brevemente y me pidió que entonara una canción. Regresé por mi guitarra y, al volver… ya no estaba. Caminamos calle arriba buscándola, pero fue en vano. Solo encontré, en la acera, una rosa blanca casi marchita.

Un mes después, regresé al bar. La noche era propicia para cantar y beber shacta, mientras otros jugaban “cachito” y el trío Traga de Baldes animaba el ambiente. Ya casi había olvidado a aquella mujer cuando, de pronto, sentí nuevamente su perfume. La vi en la puerta del bar; caminó hacia mi mesa y, casi en un susurro, me dijo: —Te espero afuera.

Salí. Estaba sentada en la vereda. Su belleza era impactante: porte fino, mirada cautivadora, como actriz del cine mexicano. Le pregunté por qué había desaparecido aquella noche. “Sentí frío y me fui”, respondió. Bebimos shacta y luego se puso de pie. Caminó calle arriba; yo la seguí, hechizado.
—¡Apúrate, va a amanecer! —me advirtió.

Al llegar cerca del panteón de Ambo, un frío intenso me paralizó. Los perros aullaban como presagiando muerte. La oscuridad se volvió espesa. No podía moverme ni hablar. Ella corrió hasta la puerta del cementerio; desde allí soltó una carcajada aterradora y, sin abrir el portón, ingresó y desapareció ante mis ojos.

Aterrado, corrí de regreso al bar y conté lo ocurrido. Solo me dijeron: “Estás borracho. Descansa, no sea que el demonio regrese por ti”.

A los días investigué. Vecinos y ancianos confirmaron historias similares. El panteonero me dijo: “Es una almita traviesa; no hace daño, solo busca compañía”. Siguiendo su indicación, encontré un nicho humilde con un florero lleno de rosas blancas. Sentí nuevamente su perfume, era ella, tras de la lapida descansaba.

Desde entonces, cada vez que puedo la visito, le prendo una velita y le pido a Dios descanso eterno. Porque, aunque suene extraño, por un instante… me enamoré de una difunta.

Joshua terminó su relato. En silencio, brindamos una última copa de shacta por su valor y nos despedimos, dejando atrás —una vez más— la entrañable tierra del Romántico Ambo.

 

*Escritor, economista y abogado. Celular: 964759237. E-mail: rodriguezmasgo@gmail.com

Fotos: D.R. referencial.

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