Por: Joyce Meyzán Caldas*
Caminar por el jirón 2 de Mayo en esta época del año se ha vuelto casi imposible. No por el tráfico ni por el comercio habitual, sino por la invasión de carteles, parlantes, promesas y rostros jóvenes que reparten volantes con una sonrisa ensayada. Las academias preuniversitarias se disputan, cuadra a cuadra, la atención de futuros postulantes. “La mejor opción”, “ingreso asegurado”, “primeros puestos”, “cachimbos UNHEVAL”. El mensaje es claro: si no te preparas aquí, no ingresas.
Este fenómeno, lejos de ser anecdótico, revela una realidad profundamente arraigada en Huánuco. En una sola cuadra pueden coexistir más de cinco academias, especialmente enfocadas en áreas de alta demanda como Ingeniería y Medicina, seguidas por carreras de Negocios y Letras, tal como se evidencia en los últimos exámenes de admisión de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán. La competencia es feroz, la presión constante y el sueño compartido: convertirse en universitario como vía para mejorar la calidad de vida familiar.
Detrás de cada postulante hay una historia que rara vez aparece en los afiches publicitarios. Familias que ahorran durante meses para pagar academias, materiales y derechos de examen. Padres y madres que apuestan silenciosamente por una sola oportunidad, con la esperanza de tener un profesional en casa. Jóvenes que cargan con la presión de “no fallar”, porque fallar significa volver a empezar. Y volver a empezar implica más dinero, más tiempo y más desgaste emocional.
Para muchas familias, este proceso se vuelve interminable. El ingreso no llega a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Y cada intento fallido pesa como una derrota compartida. También están quienes se costean solos la academia y el examen, trabajando mientras estudian, administrando su cansancio y su frustración. No todas las realidades son iguales, y no todos parten desde el mismo punto.
Frente a este escenario planteo una pregunta incómoda: ¿las academias preuniversitarias son realmente necesarias para ingresar a la universidad? La respuesta honesta, aunque duela, es sí. No porque deberían serlo, sino porque el sistema educativo las ha convertido en un paso casi obligatorio.
La competencia es alta y no se limita a la ciudad. Los postulantes se enfrentan a estudiantes de distintas provincias de Huánuco e incluso de otras regiones. Pero el problema de fondo no es solo la competencia, sino la profunda desigualdad que arrastra la educación básica en el país. La mayoría de jóvenes que postulan a la UNHEVAL proviene de colegios estatales que, aunque siguen estudios según curricula nacional, no obtienen una educación equitativa.
En Huánuco, muchos colegios carecen de infraestructura adecuada, acceso a tecnología, materiales actualizados y condiciones óptimas para el aprendizaje. A esto se suma la sobrecarga laboral docente, la falta de acompañamiento pedagógico y, en muchos casos, realidades familiares marcadas por carencias económicas, alimentarias y emocionales. Todo ello convierte a los estudiantes en población vulnerable y limita seriamente sus posibilidades de competir en igualdad de condiciones.
Incluso hay colegios donde no se dictan todos los cursos que luego se evalúan en los exámenes de admisión. Y tampoco idealicemos a los colegios particulares: muchos no cumplen con las expectativas que prometen. La educación escolar, por sí sola, ya no alcanza y sin preparación adicional, no hay ingreso.
La alta competitividad por la profesionalización ha encarecido el sueño universitario. Las academias conocen muy bien su negocio y han sabido posicionarse. Ofrecen metodologías dinámicas, materiales actualizados, simulacros constantes, trato personalizado e infraestructura que muchos colegios no pueden brindar. Todo está diseñado para convencer al postulante de que ahí está la clave del éxito.
Ante este panorama, algunos colegios particulares han optado por transformarse en colegios “preuniversitarios”. Incorporan preparación intensiva, círculos de estudio y, en los últimos años de secundaria, dividen a los estudiantes según áreas de postulación. Como docente universitaria y observadora crítica del sistema educativo peruano, debo decirlo con claridad: este modelo me preocupa profundamente.
No porque la preparación sea negativa, sino porque deshumaniza el proceso educativo. Un colegio no debería convertirse en una fábrica de ingresantes. La adolescencia es una etapa clave para el desarrollo emocional, social y personal. Al adelantar de manera obsesiva la preparación universitaria, se reducen los espacios de socialización, se incrementa el estrés y se forma estudiantes entrenados para responder exámenes, pero no necesariamente para comprender el mundo.
El objetivo deja de ser formar personas y pasa a ser acumular cifras para la publicidad institucional: “tantos ingresantes este año”. Claro que es motivo de orgullo que los estudiantes ingresen a la universidad, pero más importante aún es que lleguen con bienestar emocional, pensamiento crítico y habilidades sociales. El desarrollo integral no puede ser el precio a pagar por la competencia.
Nada es absoluto. Las academias cumplen un rol real en un sistema desigual y los colegios tienen la urgente tarea de mejorar su calidad educativa. El verdadero desafío está en encontrar un equilibrio: una educación accesible, equitativa y humana, donde el ingreso a la universidad no sea una carrera de resistencia económica ni emocional. Porque prepararse para la universidad no debería ser un privilegio, sino un derecho acompañado por un sistema que no deje a nadie atrás.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan






