Por: Joyce Meyzán Caldas*
Cada octubre, asistir a las procesiones del Señor de Burgos es para mí mucho más que cumplir con una tradición religiosa. Es reencontrarme con una parte de mi historia, con las enseñanzas de mis padres y abuelos, y con una devoción que aprendí a valorar desde niña. Sin embargo, mi formación como comunicadora me lleva a mirar esta experiencia también desde otra perspectiva: ¿cómo consigue una tradición mantenerse viva durante siglos y convertirse en parte de la identidad de una comunidad? La respuesta nos invita a comprender la comunicación no solo como transmisión de mensajes, sino como un fenómeno social que construye vínculos, comparte significados y preserva la memoria colectiva.
La historia del Señor de Burgos se remonta al siglo XVI, cuando la imagen llegó a Huánuco. Su festividad anual, por su parte, tiene antecedentes documentados en 1746, cuando, tras un terremoto, la población recurrió a su protección y se comprometió a rendirle culto cada año. Esta distinción histórica es importante: la llegada de la imagen y la consolidación de la celebración corresponden a momentos diferentes. Ambos, sin embargo, permiten aproximarnos a una pregunta fundamental: ¿qué procesos hicieron posible que esta devoción trascendiera generaciones y continuara ocupando un lugar significativo en la vida huanuqueña?
Desde las ciencias de la comunicación, este fenómeno puede analizarse a partir de la perspectiva ritual desarrollada por James W. Carey, quien entiende la comunicación no solamente como transmisión de información, sino también como una práctica mediante la cual las personas construyen y mantienen una realidad cultural compartida. Esta mirada permite reconocer que una festividad religiosa comunica mucho más de lo que expresa verbalmente. Los símbolos, los gestos, los recorridos procesionales, las oraciones y la participación colectiva conforman un sistema de significados que los integrantes de una comunidad reconocen y comparten.
En las procesiones del Señor de Burgos, la comunicación también ocurre en silencio. Se manifiesta en las miradas dirigidas a la imagen, en las manos que se unen para rezar, en quienes acompañan el recorrido con recogimiento y en las personas que, año tras año, vuelven a ocupar su lugar junto a los demás devotos. No siempre es necesario pronunciar una palabra para expresar pertenencia, gratitud o fe. Desde la comunicación no verbal, estos gestos adquieren significado dentro de un contexto cultural compartido. La presencia física, la expresión corporal y la participación en un ritual transmiten emociones y valores que difícilmente pueden reducirse a un mensaje explícito.
Pero ¿cómo se aprende a interpretar estos símbolos? En mi caso, la respuesta está en mi familia. Mis padres y mis abuelos me inculcaron esta devoción desde niña. Antes de comprenderla desde una perspectiva académica, aprendí a vivirla mediante la experiencia, el acompañamiento y la participación en sus procesiones. Hoy, como comunicadora, reconozco en esa experiencia un proceso de comunicación intergeneracional: recibí una tradición a través de mis vínculos familiares y, con el tiempo, construí mi propia comprensión de lo que significa.
Este aprendizaje no se limita a transmitir una creencia de padres a hijos. También implica compartir relatos, experiencias, valores y maneras de relacionarse con aquello que una comunidad considera significativo. La familia se convierte así en un espacio fundamental de socialización cultural. Los niños observan, escuchan, preguntan y participan; gradualmente, los gestos que inicialmente reproducen adquieren un sentido propio. La tradición no se conserva únicamente porque alguien les diga que deben mantenerla, sino porque encuentran en ella una experiencia que los vincula con su historia y con otras personas.
La continuidad de la devoción al Señor de Burgos permite comprender, además, la relación entre comunicación, memoria colectiva e identidad cultural. Cada celebración reactualiza una historia compartida y ofrece a nuevas generaciones la oportunidad de incorporarse a ella. No significa que las prácticas y sus interpretaciones hayan permanecido idénticas durante siglos, pues las tradiciones también cambian con las sociedades. Significa que determinados símbolos conservan su capacidad de convocar, generar reconocimiento y establecer vínculos entre el pasado y el presente.
Este valor trasciende la experiencia individual. En 2017, el Ministerio de Cultura declaró la escultura del Señor de Burgos Patrimonio Cultural de la Nación, reconociendo su importancia histórica, artística y social, así como su relación con la identidad del pueblo huanuqueño. Este reconocimiento permite advertir que estamos ante una expresión cuya relevancia no se agota en el ámbito religioso: también forma parte del patrimonio cultural que una sociedad reconoce y transmite.
Desde mi experiencia, encuentro en esta devoción una oportunidad para comprender que la comunicación no empieza ni termina en los medios, las pantallas o las palabras. También se construye en los vínculos familiares, los rituales y las experiencias compartidas que enseñan a una comunidad quién es y qué considera valioso. Cada octubre regreso a las procesiones por una convicción que nació en mi infancia; hoy, además, comprendo mejor cómo esa experiencia se relaciona con la comunicación social. Quizá allí reside una de las claves para entender la permanencia de esta tradición: una cultura sigue viva cuando sus significados no solo se recuerdan, sino que se comparten, se experimentan y se transmiten a quienes vienen después.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan




