¿Hay que dejar de ser quien eres para llegar a la universidad?

Educación intercultural y el desafío de estudiar sin renunciar a la propia identidad.

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Durante mis años como docente universitaria, tuve estudiantes cuyos padres hablaban quechua y que también dominaban esta lengua, pero no lo admitían por temor o vergüenza. Me enteré después de varios años de enseñarles, cuando necesité traducir algunos contenidos y descubrí que podían ayudarme. ¿Por qué ocultar una lengua que forma parte de su historia familiar? Porque, en determinados entornos, hablar diferente todavía puede convertirse en motivo de burla, prejuicio o exclusión.

Esta experiencia revela una realidad que merece atención en las universidades de Huánuco. Muchos jóvenes de comunidades rurales se trasladan a la ciudad para continuar sus estudios superiores y, además de afrontar las exigencias académicas, deben adaptarse a nuevas dinámicas sociales. Algunos encuentran oportunidades para crecer; otros sienten que necesitan disimular su acento, sus costumbres o su procedencia para ser aceptados.

El problema no es adaptarse a una ciudad ni aprender nuevas formas de relacionarse. El problema es que esa adaptación se convierta en una renuncia a la propia identidad.

Cuando un estudiante teme participar en clase por su manera de hablar, evita mencionar su lengua materna o considera inferiores los conocimientos de su comunidad, la desigualdad también entra al aula. No siempre se manifiesta mediante una agresión directa: puede aparecer en una broma sobre el acento, un prejuicio sobre la capacidad intelectual o la idea de que lo urbano representa progreso y lo rural, atraso.

Estas experiencias pueden afectar su confianza, participación y sentido de pertenencia. Por eso, garantizar el acceso a la universidad no es suficiente. También importa que los estudiantes puedan permanecer, aprender y culminar sus carreras sin enfrentar barreras asociadas a su origen cultural.

En el Perú, la Ley Universitaria, Ley N.º 30220, reconoce principios como el pluralismo, la tolerancia, el diálogo intercultural y la inclusión. Sin embargo, el reto es convertir esos principios en prácticas concretas. Los servicios de bienestar universitario cumplen una función importante, pero no necesariamente responden a las dificultades lingüísticas y culturales que afrontan quienes llegan desde comunidades rurales.

En la Universidad Nacional Hermilio Valdizán y la Universidad de Huánuco, por ejemplo, sería importante conocer qué mecanismos específicos existen para acompañar a estos estudiantes, prevenir la discriminación por procedencia y preparar a los docentes para trabajar con aulas culturalmente diversas. No se trata de afirmar que estas instituciones carecen de iniciativas, sino de distinguir entre los servicios generales de apoyo estudiantil y una política intercultural transversal. Esa diferencia debe evaluarse con información institucional.

La educación intercultural tampoco consiste en organizar una actividad por el Día de las Lenguas Originarias o presentar danzas en una ceremonia. Supone reconocer que los estudiantes llegan con conocimientos, experiencias y formas de comprender el mundo que pueden enriquecer su formación. También exige revisar prácticas de enseñanza, materiales educativos y relaciones dentro del aula para evitar que una cultura sea tratada como superior a otra.

En países como Canadá y Australia, algunas universidades han desarrollado iniciativas para estudiantes de pueblos indígenas, con espacios culturales, mentorías y servicios de acompañamiento. Estas experiencias muestran alternativas que pueden estudiarse, aunque cada país tiene una historia y una realidad distintas. El Perú necesita respuestas acordes con su diversidad lingüística y cultural, especialmente en regiones donde las comunidades quechuas y otras poblaciones originarias forman parte de la vida cotidiana.

¿Qué podrían hacer las universidades de Huánuco? Primero, identificar las dificultades que enfrentan los estudiantes rurales mediante diagnósticos y consultas confidenciales. Segundo, implementar programas de acogida y tutorías que faciliten la adaptación académica y social. Tercero, capacitar a los docentes para reconocer prejuicios y atender aulas diversas. Finalmente, promover el respeto a las lenguas originarias y establecer mecanismos claros para denunciar y atender situaciones de discriminación.

Estas acciones no deben convertir a los estudiantes rurales en un grupo definido únicamente por sus dificultades. Por el contrario, deben reconocerlos como jóvenes con capacidades, aspiraciones y conocimientos propios, que tienen el mismo derecho a desarrollar su potencial profesional.

La universidad está llamada a transformar vidas mediante el conocimiento, el pensamiento crítico y el encuentro con nuevas ideas. Pero esa transformación pierde sentido cuando alguien siente que debe esconder una parte de sí mismo para encajar.

No podemos hablar de inclusión mientras un estudiante crea que reconocer la lengua de sus padres puede restarles valor frente a sus compañeros. La educación superior debe abrir puertas al conocimiento sin cerrar las puertas a la identidad. Porque formar profesionales no significa enseñarles a olvidar de dónde vienen, sino darles herramientas para decidir hacia dónde quieren ir sin avergonzarse de sus raíces.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

 

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