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Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
El cielo de Huánuco a finales de los años 70 tiene un brillo distinto. Es 29 de octubre, el segundo día de fiesta, y caminar por las calles es pisar el silencio. La ciudad parece desierta, pero no está vacía: su corazón late entero unas cuadras más allá, donde el gentío de mar humano de diez cuadras se vuelve uno solo siguiendo los pasos del Rey y Patrón de Huánuco.
Entre la multitud destaca Don Teodoro. Todos le dicen «Don Tico», el querido comerciante del barrio de San Pedro. Luce impecable, con un terno azul noche que contrasta con el polvo del camino, zapatos de becerro relucientes y el cabello recortado con precisión quirúrgica por el barbero Shiracawa en la Plaza de Armas. En su muñeca brilla el reloj y en su pecho una cadena de oro, pero lo que realmente resplandece en sus ojos es una ternura inmensa cuando mira la anda y suspira: «¡Ay, mi Taita Burgos, mi diosito, papa lindo!».
Un Camino de flores, aserrín y guitarras
El sol del mediodía quema con la fuerza bendita del valle, pero a nadie le importa. Al salir de la iglesia de San Pedro, los primeros en romper la marcha son los escolares de la Escuela San Pedro, uniformados rigurosamente, con cortes de cabello al estilo militar, los niños ofrecen un hermoso ramo y recitan poemas con la voz entrecortada por una emoción que aún no logran comprender, despidiéndose casi con lágrimas.
Pocas cuadras después, el perfume a madera y pintura inunda el aire. Son las bellas «mishicas» del Colegio Nuestra Señora de las Mercedes. Con manos delicadas han dibujado sobre el suelo una imponente alfombra de aserrín con la figura del Corazón de Jesús. Frente a su pequeño altar, las jóvenes oran y declaman versos con un sentimiento cristiano que eriza la piel de los presentes.
Cada vez que los hermanos cargadores levantan la sagrada estructura para avanzar, un cohete estalla en el cielo huanuqueño. Ese estruendo retumba en el pavimento y le avisa a toda la ciudad: «Por aquí va el Taita».
Al bajar por el jirón Junín con rumbo a San Sebastián, el júbilo estalla. La fe no conoce fronteras urbanas; allí también espera una delegación de los moradores de Paucarbamba y Paucarbambilla. Han traído flores frescas del campo y, rompiendo la solemnidad con el alma de nuestra tierra, le cantan al Señor a ritmo de guitarra, llorando bajito al despedirse. La procesión ya no es una fila; es un río humano de más de diez cuadras que avanza a paso lento.
Fe a prueba de fuego, lluvia y rayos
La tarde cae mientras el Taita recorre el jirón Dos de Mayo, recibiendo el saludo respetuoso de las autoridades y estudiantes de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán. Al girar por el jirón 28 de Julio, los miembros de la Guardia Civil le rinden honores y le entregan ofrendas florales. A su paso también salen las alumnas de María Auxiliadora, las ancianas del Asilo Santa Sofía y los vecinos de La Merced. Huánuco entero está arrodillado.
Ya entrada la noche, frente a la empresa León de Huánuco, el cielo huanuqueño se rompe. Se desata una lluvia torrencial que en pocos minutos convierte las calles en riachuelos. Cualquiera correría a resguardarse, pero no el pueblo del Señor de Burgos le acompaña. La moral está alta; el cansancio no existe. Incluso los niños y niñas del Hogar de Menores de la Beneficencia salen al encuentro de Dios bajo el aguacero, mostrando que la esperanza no se ahoga.
Pasada la medianoche, los cohetes son reemplazados por el rugido de truenos y relámpagos. La imponente banda de músicos sigue tocando con los instrumentos empapados pero el alma viva. Triunfante, empapado por el amor de su pueblo y la lluvia del cielo, el Señor de Burgos hace su ingreso a la iglesia Cristo Rey. Las festividades terminan por este año, dejando la promesa eterna de volver a encontrarnos con nuestro protector el próximo año.
Ecos de la historia y milagros de las tertulias huanuqueñas
Esta devoción no nació ayer. Es un fuego que arde desde 1591, cuando la imagen tallada por Jerónimo Escorceto —a pedido del fray agustino Antonio de Montearroyo— llegó desde Lima a Huánuco gracias al comerciante Martín de Goyzueta. El Taita ha sido un peregrino en su propia tierra: descansó primero en San Agustín; pasó en 1930 a la antigua Catedral por peligro de derrumbe del primer templo; en 1965 fue acogido provisionalmente en Cristo Rey, hasta que en los años 80 llegó a su imponente y definitivo hogar actual.
Su fiesta es un pacto de gratitud. Nació el 28 de octubre de 1746, cuando un terremoto devastador destruyó Lima y el Callao y sacudió a Huánuco con réplicas aterradoras. Desesperados, los huanuqueños sacaron al Cristo en procesión implorando piedad. Al cesar los temblores, el pueblo le juró un culto perpetuo que hoy, siglos después, sigue intacto.
El sudor del Taita:
Cuentan que en los siglos XVII y XVIII, cuando las epidemias y las sequías azotaban el valle d los Chupachos, el sacristán de San Agustín vio con asombro que el rostro y el cuerpo de madera del Cristo emanaban gotas de sudor real. El pueblo entendió que su Dios sufría con ellos, cargando sus pestes y dolores. Cuando el sudor cesaba, la tranquilidad volvía milagrosamente a Huánuco.
El fraile partero de Acomayo:
Se comenta a voz baja en las prologadas tertulias nocturnas, que una mujer se debatía entre la vida y la muerte en pleno trabajo de parto en una casa en Acomayo, mientras su esposo trabajaba lejos, en la montaña de Chinchao. En el momento más crítico, un misterioso fraile agustino apareció, la auxilió como partero y salvó a la madre y al niño. Antes de desaparecer, solo dijo llamarse «Burgos» y vivir en el convento agustino.
Meses después, los padres viajaron a la ciudad de Huánuco para agradecerle portando una manta de algodón silvestre, dos gallinas gordas y café de huerta. Al preguntar en el convento, les dijeron que ningún fraile con ese nombre existía. Confundidos, entraron al templo a rezar y, al alzar la vista hacia el Cristo Crucificado, rompieron a llorar: era él. El mismo Señor de Burgos que los había salvado en la montaña de Acomayo, él era el partero, lloraron y juraron ser devotos de forma perpetua de su taita Burgos (…).
*Cronista, Economista y Abogado.




