Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
Hoy navegamos dentro del mundo de los recuerdos, momento propicio para recordar el mes de octubre de la década de los 70, el mes de los milagros. Años atrás, en estos mismos días, se observaba cruzar el cielo huanuqueño a grandes manadas de aves procedentes de la montaña con destino desconocido. Todos sabíamos lo que significaba: era la señal inequívoca de que la temporada de lluvias estaba cerca. El viento se hacía más intenso y la tarde se entibiaba, anunciando días de truenos y rayos. Era el momento exacto en que los hombres debían trepar a los techos para “reparar” las tejas de arcilla cocida traídas de Punchao (Huancapallac) y así evitar las temidas “goteras” dentro de las viviendas.
Mientras tanto, las noches se transformaban en un profundo recogimiento espiritual. Toda la comunidad cristiana se congregaba, «sentadita» y unida, en la Iglesia Cristo Rey (Santo Domingo) para participar en las novenas en honor al bendito Señor de Burgos, el Rey y Patrón de Huánuco, que se encontraba “hospedado” en el citado templo, hasta que se construya la Catedral. Al terminar los rezos e himnos sacros, comienza el estallido de los cohetes de cuatro tiempos preparado por don Amacho Visag que retumbaba con fuerza en las paredes y en el pavimento alrededor de la plazuela. Afuera, el ambiente se tornaba una fiesta para el paladar: las vivanderas ofrecían ponche, picarones, anticuchos y chinchulín. Familias íntegras se reunían a consumir estas delicias de nuestra gastronomía bajo el cielo nocturno.
Llega el 27 de octubre, la gran víspera. El aire se llena de una elegancia antigua y respetuosa. Los caballeros, en su gran mayoría, se presentan al culto vistiendo ternos oscuros, con el cabello bien recortado y luciendo zapatos nuevos. Las damas, con profundo respeto, cubren sus cabellos con velos negros, con vestido sastre y zapatos cerrados de taco 5 o 7, portando siempre una cartera en el brazo. Algunas devotas lucen hermosos aretes y cadenas de oro; en ese Huánuco de antaño no existía la amenaza del robo, porque todos nos conocíamos, éramos casi una gran familia.
La iglesia de Santo Domingo está totalmente repleta, al punto que no cabe un solo alfiler. Una gran cantidad de fieles, de pie, acompaña la santa ceremonia que inicia puntualmente a las veinte horas. Cuando la misa culmina, pasadas las veintidós horas, el cielo se enciende en medio de cohetes y juegos artificiales, mientras la banda de músicos arranca su retreta con canciones netamente huanuqueñas. Alrededor de la plazuela, las vivanderas avivan el fuego para los anticuchos y sirven el tradicional ponche de huevo de corral enriquecido con un toque de aguardiente. La celebración se extiende pasado la media noche, y todos regresan a sus hogares a pie, conversando, sin temor alguno a pesar de que las calles no están bien iluminadas.
Para los niños, sin embargo, el acontecimiento extremo y más esperado de la víspera ocurre debajo del «castillo» de fuegos artificiales. El ritual infantil es temerario: los chiuchis (niños) se cubren la cabeza y la cara con la casaca o la chompa que llevan puesta y, así «protegidos», se lanzan a brincar y corretear con alegría en medio de la fantasía de luces que se esfuma al instante. Al final de la quema, salen fatigados y riendo, sin importarles el destino de sus prendas, que terminan llenas de agujeros como si hubieran sido balaceadas por las chispas de candela del bendito castillo. El verdadero problema venía después: la chicoteada segura que te daban en casa por quemar la chompa. Una travesura de la niñez que hoy muchos guardan como un tesoro en los recuerdos. Para los mayores, el espectáculo es más contemplativo: esperar con la mirada fija en lo alto el gran final del castillo, viendo cómo se desprende la anhelada corona que sale disparada hacia el firmamento para perderse en la inmensidad de la noche huanuqueña.
A la mañana siguiente del 28 de octubre, el replicar de las campanas de Santo Domingo despierta a la ciudad, llamando a los devotos a la misa de fiesta programada para las diez de la mañana. La celebración la preside Monseñor Ignacio Arbulú Pineda, acompañado por los párrocos de las distintas iglesias de la localidad para darle la mayor solemnidad posible al acto litúrgico. El coro, integrado por los jóvenes del barrio, acompaña la misa con el sonido nostálgico del acordeón y las guitarras. En el intermedio, el mayordomo de la fiesta obsequia la esperada estampa o retrato del venerado Señor de Burgos.
Al concluir el oficio, los feligreses abandonan el templo con el espíritu renovado, llevando la bendición a sus hogares. De inmediato, se da inicio a la procesión. La cuadrilla de la Hermandad levanta sobre sus hombros la pesada anda del Patrón e inicia el recorrido por las principales calles. La primera parada importante es una visita al penal de la ciudad, ubicado en el jirón Constitución cuadra 5. Allí se vive un cuadro desgarrador: una comitiva de presos declama poemas, entona cantos y pide perdón por sus faltas. El dolor se hace carne cuando las madres reclusas se presentan de la mano con sus menores hijos; es una escena tan triste que arranca lágrimas a la mayoría de los presentes.
Pero la procesión debe continuar. El Señor llega al Hospital localizado en el jirón Hermilio Valdizán cuadra 9, recibido por ancianos, madres y niños enfermos que estiran sus manos pidiendo una pronta sanación. La tarde va cayendo y el clima empieza a cobrar el aviso de las aves: el cielo se oscurece, se escuchan truenos a lo lejos y corre un viento fuerte. El taita va «subiendo» por la Alameda hacia el Patrocinio. En el trayecto, una delegación de niños huérfanos del Hogar de Menores sale a su encuentro portando ramos de flores frescas. Con voces inocentes cantan y oran, pidiéndole al Señor el milagro de encontrar a sus padres o que estos vuelvan a recogerlos. Las lágrimas vuelven a rodar entre la multitud.
Recogiendo el dolor y las alegrías de su pueblo, la imagen avanza. Al aterrizar la noche en el barrio de Huallayco, el Señor descansa unos minutos en la iglesia Patrocinio, donde el padrecito Trujillo ejerce de anfitrión. Con generosidad, ordena invitar chicha de jora con pan y queso a los cansados hermanos cargadores y a los fieles presentes. Tras una breve oración, se despide de la milagrosa imagen, que empieza a «bajar» por el jirón Huallayco.
De pronto, el cielo se rompe. Se precipita una lluvia torrencial que en contados minutos convierte la calle en un riachuelo. Sin embargo, la tempestad no detiene la fe. La banda de músicos sigue entonando sus marchas con los instrumentos mojados, los fieles no abandonan el paso y las hermanas sahumadoras prosiguen imperturbables emanando el aroma del incienso. Así, empapado pero imponente, el Señor llega al legendario Colegio Leoncio Prado. Los alumnos leonciopradinos, apenados porque la lluvia destruyó las hermosas alfombras de aserrín que con tanto esmero habían preparado, reciben a su santo protector con cantos y hermosos poemas, suplicando sus bendiciones para transitar con rectitud por el camino de la vida y ser el orgullo de sus padres.
El recorrido continúa por todo el jirón Leoncio Prado. A su paso, visita el Convento del Beaterio de la Inmaculada, donde las hermanas religiosas, las novicias y las alumnas del colegio lo reciben con desbordante devoción. Son breves minutos, pues el Cristo debe seguir caminando. Finalmente, en medio de la lluvia, los truenos y los relámpagos, el Señor de Burgos hace su entrada triunfal a la Iglesia de San Pedro pasado el filo de la medianoche. A su lado, cubiertos por plásticos y paraguas, permanecen sus fieles devotos, aquellos que no dudaron un solo segundo en dejar solo a su Señor, caminaron más de 12 horas continuas bajo sol y lluvia, al despedirse dejan sellado su compromiso de volver acompañar la santa procesión el 29 de octubre.
*Cronista, Economista y Abogado.




