Por: Joyce Meyzán Caldas*
Esta vez no solo fui a votar: me tocó ser miembro de mesa. Pasé la jornada del otro lado, verificando listas, anotando, atendiendo a los vecinos que llegaban con el DNI en la mano. Se supone que ese día uno tiene la oportunidad de mirar la democracia de cerca. Yo terminé la jornada con una pregunta que todavía me ronda: ¿qué le pasó a la política en Huánuco?
No hablo de los candidatos, de los mítines ni de cuánto publican en redes sociales. Hablo de algo más difícil de medir: la capacidad de la política para entusiasmar, convencer y conectar con la gente.
Desde mi silla, esa capacidad se sentía apagada. El desgano no estaba solamente entre los votantes. También estaba entre algunos personeros, que deberían ser precisamente quienes defiendan con mayor convicción la candidatura que representan. Varios parecían estar cumpliendo un turno, como quien cumple un trámite, sin demasiado entusiasmo por saber quién ganaba o perdía.
Y eso me hizo pensar que quizá la política está dejando de movilizar por ideas para empezar a movilizar por conveniencias.
En las candidaturas regionales, municipales y también nacionales cuesta encontrar una identidad política que pueda explicarse con claridad. ¿Qué piensa ese candidato? ¿Qué defiende? ¿Por qué quiere gobernar? ¿Qué proyecto tiene para su región, su provincia o su país?
Cada vez escuchamos más sobre la oportunidad de llegar al poder y menos sobre las razones para ejercerlo.
Y si quien postula no puede explicar con claridad por qué quiere representarnos, es difícil pedirle a la ciudadanía que se entusiasme con su propuesta.
En una región como la nuestra, además, la política tiene una particularidad: todo se ve de cerca. El candidato es el vecino, el exjefe, el conocido de un conocido. Eso podría ser una ventaja, porque nos permitiría exigirle cuentas con nombre y apellido. Pero también tiene su lado menos amable: el favor, la recomendación y el compromiso personal circulan con una facilidad preocupante, precisamente porque todos terminamos conociéndonos.
Y en ese vacío aparece otra lógica, todavía más preocupante: “yo te apoyo y tú me ayudas”.
Un puesto de trabajo como recompensa por participar en una campaña. Una promesa que termina pesando más que una propuesta. Un voto entendido como una inversión de la que se espera un retorno y no como la expresión de una convicción.
Entiendo de dónde viene. Conseguir un empleo estable no es sencillo. Hay familias que necesitan ingresos y profesionales que, aun teniendo preparación, pasan meses buscando una oportunidad. Esa necesidad existe y puede ser aprovechada políticamente.
Por eso no me interesa señalar a quien acepta ser personero esperando una oportunidad laboral. Me interesa preguntarme qué tipo de sistema estamos construyendo cuando la necesidad de trabajar se convierte en una puerta de entrada a la dependencia política.
Y aquí aparece una palabra que debería ser intocable: meritocracia.
¿Para qué estudiar una carrera, obtener un posgrado, acumular diplomados, especializaciones y años de experiencia si, al momento de acceder a una oportunidad en el Estado, termina pesando más a quién apoyaste durante una campaña?
Entre los profesionales existe justamente esa percepción: que una recomendación política puede abrir una puerta que un CV no consigue abrir.
Y eso es especialmente duro para quienes hemos decidido apostar por nuestra preparación profesional.
La normativa dice otra cosa. El Código de Ética de la Función Pública establece la idoneidad como condición para acceder y ejercer la función pública, además de exigir neutralidad y prohibir la obtención de ventajas indebidas mediante el cargo o la influencia.
Por eso, cuando un concurso CAS, un nombramiento o una orden de servicio se percibe como una carrera cuyo resultado ya está decidido antes de empezar, no solo se frustra quien postula. Se desgasta la confianza en la institución.
Y hay otra situación que tampoco deberíamos normalizar.
Existen denuncias y experiencias que circulan en el ámbito local sobre trabajadores públicos que sienten presión para participar como personeros o respaldar determinadas actividades políticas si quieren conservar su vínculo laboral. No voy a convertir una percepción en una acusación contra una persona o institución concreta. Pero la pregunta sigue siendo válida: ¿por qué alguien tendría que sentir que su estabilidad laboral depende de su lealtad política?
La función pública existe para servir a la ciudadanía. No para convertirse en una recompensa por haber apoyado una campaña.
Quizá, entonces, el problema no sea solamente que la gente perdió el interés en la política. Habría que preguntarnos cuánto hizo la propia política para conservarlo.
Porque una campaña que ofrece trabajo en lugar de ideas termina enseñando que participar es una forma de cobrar después. Y luego nos sorprendemos de que cada vez haya menos personas que participen por convicción.
Necesitamos formar políticos antes de que empiece una campaña: personas con preparación, principios, ideología y, sobre todo, vocación de servicio. Necesitamos ciudadanos que exijan propuestas y no favores. Profesionales que puedan competir por lo que saben y no por a quién conocen. Y organizaciones políticas que entiendan que una campaña no puede convertirse en una bolsa de promesas laborales
Gobernar no debería ser el premio por ganar una elección. Debería ser la responsabilidad de servir a quienes confiaron su voto.
Una elección dura largas horas. Yo lo sé porque las pasé sentada en una mesa. Sus consecuencias, en cambio, pueden durar años.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan




