La educación inicia desde el plato

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Solemos hablar de educación como si comenzara en un salón de clases, con un cuaderno, una pizarra y un docente. Pero empieza mucho antes: en lo que come un niño, en el agua que bebe y en la calidad de los alimentos que llegan a su plato.

Un estudiante con anemia no aprende en las mismas condiciones. No es falta de capacidad ni de interés: es un organismo que puede tener menos energía y dificultades para sostener la atención. En Huánuco, la ENDES 2024 registró anemia en el 41,7 % de los niños de 6 a 35 meses. La cifra sigue siendo demasiado alta para mirar hacia otro lado.

Por eso, cuando discutimos resultados educativos, también deberíamos mirar aquello que ocurre antes de que el estudiante cruce la puerta del aula. La anemia puede afectar la atención, el desarrollo y el rendimiento escolar. La desigualdad educativa, entonces, no siempre empieza en la escuela. A veces empieza en la mesa.

Dos estudiantes pueden compartir docente y currículo, pero llegar con condiciones muy distintas. Uno puede haber desayunado adecuadamente; otro, no. Uno puede tener agua segura; otro, vivir con un servicio deficiente. Exigir mejores resultados educativos sin mirar estas condiciones es como pedirle a un cultivo que crezca sin agua ni tierra fértil.

Y aquí aparece una preocupación que en Huánuco no deberíamos minimizar: ¿qué tan seguros son los alimentos que consumimos?

En 2024, el Tercer Monitoreo Ciudadano de Pesticidas en los Alimentos encontró que cinco de las doce muestras recogidas en el Mercado Mayorista Señor de Puelles superaban los límites máximos de residuos de plaguicidas. Una muestra de apio contenía seis plaguicidas y el clorfenapir superó hasta 128 veces el límite permitido. También se encontraron excedencias en cebollita china y pimiento.

Esto no significa que todas las verduras estén contaminadas ni que consumir una determinada hortaliza provoque automáticamente una enfermedad. Pero sí significa que tenemos razones para exigir vigilancia, trazabilidad y mayor información sobre lo que llega a nuestros mercados. Si la alimentación es parte de la salud, conocer cómo se producen nuestros alimentos también debería ser parte de nuestra cultura.

El agua completa esta preocupación. En 2024, el 74,2 % de las viviendas de Huánuco utilizaba red pública o pilón como fuente de agua para beber; en el área rural, la cifra descendía a 67,5 %. El agua está presente en la higiene, la preparación de alimentos y la agricultura. Cuando su acceso o calidad es deficiente, se convierte en un asunto de salud pública.

Por eso, hablar de agroecología no debería reducirse a una conversación sobre agricultura. También deberíamos verla como parte de una agenda de salud, alimentación y desarrollo.

La agroecología propone cuidar el suelo, utilizar responsablemente el agua y reducir la dependencia de agroquímicos. Pero, sobre todo, nos plantea una pregunta: ¿qué alimentos queremos en nuestra mesa y qué agricultura queremos sostener?

Huánuco ya tiene respuestas que nacen desde el territorio. Durante el trabajo desarrollado con Islas de Paz Perú, conocimos a la señora Mamerta, en Gasgo, Yacus. Ella nos mostró sus hortalizas, su forma de cultivarlas y cómo busca comercializar lo que produce. En ese momento, la agroecología dejó de ser una palabra técnica y tuvo rostro, tierra y esfuerzo.

Porque detrás de un alimento producido responsablemente no hay solo una parcela. Hay una familia, conocimientos, tiempo y una decisión de cuidar el lugar donde se vive. Islas de Paz Perú acompaña estos procesos mediante capacitación, prácticas agroecológicas, manejo sostenible del agua y articulación con mercados.

También están los Puntos Verdes de Paucarbambilla, La Alameda y la Ecoferia, que acercan a productores y consumidores. En 2025 se realizó un monitoreo para evaluar la presencia de pesticidas en productos comercializados en estos espacios. La confianza no se construye solo con palabras: necesita evidencia, transparencia y vigilancia.

Y aquí aparece otro actor que muchas veces olvidamos: el consumidor.

Comprar también es una decisión. Cuando elegimos un producto, respaldamos una forma de producir y comercializar. Por eso, acudir a estos espacios, preguntar de dónde viene un alimento, quién lo produjo y cómo fue cultivado no debería parecer extraño. Debería convertirse en parte de nuestra cultura alimentaria.

Para que eso ocurra necesitamos información. Y allí la comunicación tiene un papel fundamental.

Una agricultora puede trabajar durante meses para producir de manera responsable, pero si nadie cuenta su historia ni conecta su trabajo con el consumidor, ese esfuerzo puede permanecer invisible. Lo mismo sucede con la anemia, la calidad del agua o los riesgos asociados al uso inadecuado de plaguicidas: si los datos permanecen encerrados en informes, difícilmente se convierten en conversación ciudadana.

El periodismo debe hacer justamente eso: convertir cifras en preguntas y acercar los problemas a la vida cotidiana. Porque detrás del 41,7 % de anemia hay niños que pueden enfrentar dificultades en una etapa decisiva de su desarrollo. Detrás de una muestra contaminada hay una cadena de producción y comercialización que debemos conocer. Y detrás de una parcela agroecológica hay una familia que merece ser escuchada.

El reto de Huánuco es comprender que la anemia, la alimentación, el agua y la educación están conectados. La salud empieza en el territorio, continúa en la chacra, pasa por el mercado, llega a la mesa y también se refleja en el aula.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

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