Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
La historia se refugia en el silencio, como también se sumerge dentro del murmullo de la corriente del legendario rio Huallaga, desde donde gritan su verdadera historia.
Hoy lejos del cielo azul estrellado en una noche apasionada de luna llena o el triste atardecer de mi Huánuco querido, cuyo aroma de café de huerta transita en medio de las románticas calles; mientras, al caminar se huele a los lejos las entrañables fragancias naturales de los árboles de pacay, nísperos o los naranjales, cierro los ojos e imaginariamente me traslado al centro de la histórica Plaza de Armas de Huánuco. Allí está la escultura pileta labrada en 1845, se le señala como una bella joya arquitectónica de granito. Sin embargo, para quienes llevamos la sangre de este valle en las venas, sabemos que esa fuente es un dios desterrado de Pillco Rumi, un soberano monolito que alguna vez fue el corazón espiritual de la indomable cultura de los Chupachos.
En las noches de tertulia prolongada, a voz baja se conversa dentro de la comarca entre los descendientes de este pueblo originario, para despertar al dios dormido en la piedra, no hace falta solemnidades occidentales, sino invocar los rituales de la tierra que nuestros antepasados nos enseñaron.
En mi mente, veo a los pillcos reuniéndose discretamente en la plaza al caer la tarde. Las mantas de algodón silvestre finamente en Pachabamba tejidos por delicadas manos se abren con infinito respeto y se tiende sobre el césped del jardín de flores; mientras, las manos curtidas de un pillco, extrae una porción de hojas verdes procedente de la mística montaña de Chinchao. Los veo masticando su sagrada coca para endulzar el alma y aplacar el sufrimiento; mientras, el humo denso y aromático empieza a flotar en el aire conforme van fumando el cigarro Inca limpia el ambiente de los malos espíritus y de las negativas energías, elevando plegarias hacia los Jircas Paucarbamba, Marabamba y Rondos, guardianes eternos que vigilan nuestro pueblo. De pronto, un viejo curandero destapa un porongo y derrama las primeras gotas de chicha de jora sobre el suelo, convidándole primero a la Pachamama, luego se sirve en copitas la shacta de aguardiente de caña de azúcar, ese licor ardiente de nuestras moliendas que despierta el fuego en la sangre y quema la melancolía.
El silencio de la plaza se rompe y el corazón me da un vuelco. Desde un rincón estallan las notas melancólicas y vibrantes de un huayno, es un chimayche huanuqueño escrito con mucho dolor. Los músicos arrancan gemidos desgarradores al arpa y al violín; mientras, el viento del valle se funde con el lamento dulce de la quena y el latido rítmicamente sagrado de la tinya. La plaza se transforma en un ambiente de reverencia y sumisión al Pillco Rumi.
Los hombres y mujeres, luciendo sus mejores vestimentas con la elegancia señorial que nos caracteriza, empiezan a zapatear con sentimiento, cantando en un quechua ancestral que resuena como un eco extraído del fondo de los siglos. Es un idioma indómito que ninguna colonia ni modernidad ha podido extinguir.
El baile abre el apetito y la tierra ofrece sus mejores tesoros gastronómicos, desatando la mayor de mis nostalgias culinarias. En los bordes de la plaza se congregan las familias, comiendo su pachamanca de chancho tierna y jugosa, cocida bajo las entrañas de la tierra con piedras calientes, con aderezo de la aromática planta silvestre del chincho y sus demás “secretitos” que solo un huanuqueño conoce. A su lado, humea el reconfortante y calientito locro de gallina, flanqueado por el sagrado picante de cuy, cuyo aderezo enciende las almas y revive los cuerpos. Cada bocado añorado es un tributo a la fertilidad que el Pillco Rumi solía otorgar a los campos del Huallaga.
Cuando la noche termina de abrazar el valle y las últimas notas del ayhuallá se apagan, un silencio sagrado vuelve a reinar en la plaza. Los rescoldos de la pachamanca se han enfriado y las mantas blancas de algodón guardan las últimas hojas de la hoja sagrada. Los paisanos se retiran con el pecho henchido, llevando en los labios el calor de la shacta y el misticismo del cigarro Inca. El aire huanuqueño, tibio, generoso y con olor a flores de los ficus, arrastra un aroma a tradición que se niega a marcharse de mis recuerdos.
El sacrificio de Pillco Rumi
Cuenta la memoria antigua de los abuelos, transmitida de labio a oído bajo las sombras de la noche, mucho antes de la llegada de los incas y de los españoles, la cultura de los Chupachos vivía en perfecta armonía con los Jircas, los feroces espíritus de los cerros. En aquellos tiempos prehispánicos, el gobernante y protector más amado del valle del Huallaga no era un mortal, sino un semidiós de fuerza descomunal y mirada noble llamado Pillco Rumi (el Hombre de la Piedra).
Pillco Rumi amaba tanto a los Chupachos que pasó su existencia intercediendo ante la Pachamama y los Jircas para que nunca les faltara el agua ni el sustento. Se decía que su cuerpo emanaba una energía mística: donde él pisaba, la tierra se volvía fértil; donde derramaba su aliento, nacían los árboles frutales, las papas harinosas y los maizales dorados.
Sin embargo, los Jircas (Paucarbamba, Marabamba y Rondos), celosos y temperamentales, se cansaron de ver cómo los Chupachos amaban y adoraban más a Pillco Rumi que a sus imponentes cumbres. En un arranque de furia divina, los tres cerros desataron una terrible maldición sobre el valle: cerraron las nubes, secaron el río Huallaga y enviaron una hambruna tan feroz que los niños chupachos lloraban de sed sobre la tierra agrietada.
Al ver el sufrimiento de sus hijos, Pillco Rumi subió a la quebrada, desde donde miró a los tres Jircas y les ofreció un pacto de sangre y amor:
—“Tomad mi libertad, secad mi carne y convertidme en roca si es vuestro deseo. Pero a cambio, devolvedle la vida al agua y el fruto a mis Chupachos”.
Los Jircas aceptaron el sacrificio con un estruendo que hizo temblar el suelo. Un rayo fulminante cayó del cielo y, al impactar contra el protector, lo transformó instantáneamente en un colosal e indestructible bloque monolítico de granito negro. Al segundo siguiente, las nubes se rompieron en una lluvia milagrosa y el valle floreció con una abundancia nunca antes vista.
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Misterio de las Noches de Luna
En la cosmovisión de los Chupachos asegura que el Pillco Rumi nunca murió bajo el cincel del escultor italiano; su espíritu quedó prisionero en la estructura de la fuente. Por eso, los descendientes del valle afirman que el agua que brota de la pileta no es cualquiera: es la energía proveedora del dios que se recicla eternamente para seguir dando vida a Huánuco. Y manifiestan los pocos que aún saben escuchar los vientos del Rondos que, en las noches más frías, cuando la plaza queda desierta, la pileta tiembla levemente. Es el Pillco Rumi que intenta estirar sus brazos de granito, suspirando con nostalgia por los tiempos en que su pueblo chupacho le cantaba en quechua libremente bajo el sol del Huallaga.
*Cronista, economista y abogado. “Escribiendo con sentimiento huanuqueño”
Foto: D.R. referencial.




