Por: Jorge Chávez Hurtado
Ayer, 22 de setiembre, Roxsana Consuelo Ambicho Maiz habría cumplido 58 años. Pero ayer no hubo velas encendidas para ella ni una llamada para decirle “feliz cumpleaños”. No hubo abrazo, ni sonrisa, ni esa voz que tantas veces convirtió una canción en un pedazo de nuestra propia memoria. El próximo 27 de setiembre se cumplirá un mes desde aquella noche en que, a las 9:10, Roxsana cerró los ojos y alzó vuelo hacia la eternidad. Y hay cumpleaños que, cuando la persona que amamos ya no está, dejan de ser una celebración para convertirse en una herida.
La noticia de su partida llegó a mí de una manera que todavía me estremece. Fue Esperanza Rosales Alcántara, colega de Roxsana en el canto y hermana espiritual en Cristo, quien me escribió por WhatsApp: “Jorge, Roxsanita acaba de partir a la eternidad”. Leí el mensaje y me quedé inmóvil. Creía estar preparado. Sabíamos que su salud se había deteriorado, sabíamos de sus días difíciles, sabíamos que libraba una batalla silenciosa. Pero uno nunca está preparado para leer la muerte de una amiga. Mi mano apenas sostenía el teléfono. Y entonces levanté la mirada.
Frente a mí, justamente en el punto donde se había detenido mi mirada, estaba aquel plato recordatorio que Roxsana me había traído desde Italia muchos años atrás. Un pequeño objeto que hasta entonces era solamente un recuerdo de un viaje, una muestra de cariño, una huella de nuestra amistad. Pero aquella noche dejó de ser un plato. Se convirtió en una presencia. El mensaje de su muerte estaba en mis manos y, a pocos metros, estaba algo que ella había tocado, escogido y traído para mí desde tan lejos. Me quedé mirándolo sin saber qué pensar. ¿Una coincidencia? ¿O esas formas misteriosas que tiene la vida de despedirse de nosotros sin avisarnos que está cerrando una puerta? No tengo respuesta. Solo sé que, aquella noche, sentí que Roxsana se había ido y, al mismo tiempo, acababa de volver.
Después abrí mi álbum personal. Aparecieron las fotografías del Jardín Huanuqueño del maestro Armando Cabanillas Cabrera. Roxsana estaba allí, sonriendo. Y por un instante regresó. Regresó la amiga, la artista, la mujer sencilla. Regresaron las conversaciones, los encuentros, los escenarios y aquella voz que parecía no cansarse nunca de cantarle a Huánuco. Entonces entendí que la muerte tiene una crueldad particular: se lleva el cuerpo, pero deja intactos los recuerdos. Y a veces un recuerdo puede doler más que una despedida.
Roxsana fue una soprano extraordinaria, pero sería injusto reducirla solamente a una gran voz. Ella cantó con la vida entera. Cantó El Cóndor Pasa, Huanuqueña por ti, Corazón Huanuqueño, Muliza mía, A la vida le he pedido, Un rinconcito para mi amor, El Peregrino, Vírgenes del Sol, La Pampa y la Puna, El Huascarán, Ay Shongollay, Maipacha, Despedida y tantas otras canciones que hoy parecen haber cambiado de significado. Porque una canción nunca vuelve a ser la misma cuando quien la hizo suya ya no está.
Pocos días antes de morir, Esperanza Rosales organizó un homenaje en vida para ella. Roxsana no pudo estar físicamente, pero estuvo detrás de una pantalla. Escuchó las palabras de quienes la querían. Yo también hablé. Y mientras hablaba tuve que hacer un esfuerzo enorme para no quebrarme. En algún rincón de mi corazón sabía que aquello podía ser una despedida. Tal vez ella también lo sabía.
Después me llamó. Todavía puedo imaginar su voz al otro lado del teléfono.
Me agradeció las palabras y nuestra amistad. Y entonces me dejó un encargo: que sus canciones no quedaran olvidadas en los archivos; que siguieran sonando; que las nuevas generaciones conocieran su música y entendieran que el talento también puede ponerse al servicio de la cultura y del amor por Huánuco.
Le di mi palabra. Hoy esa palabra me pesa y me honra.
Porque cuando una amiga fallece, algunas promesas dejan de ser solamente promesas. Se convierten en deuda de gratitud.
Y luego ocurrió algo que parece escrito por alguien que conoce demasiado bien los secretos de la vida. Durante la noche de su velorio, cuando el dolor había llenado de silencio el lugar donde reposaba su cuerpo, llegaron los niños y jóvenes del Coro Ruicino. Y cantaron Maipacha y Despedida, dos canciones emblemáticas de su repertorio.
No sé si Roxsana habría imaginado alguna vez una despedida así: mientras su cuerpo descansaba, sus canciones volvían a levantarse en las voces de aquellos niños y jóvenes que llegaron a cantarla.
Los niños cantaban y nosotros llorábamos.
Quizá ese sea el verdadero triunfo de un artista sobre la muerte. Que otros canten cuando uno ya no puede hacerlo.
Hoy sus restos descansan en Chullqui. Y acaso no podía existir un lugar más hermoso para su última morada. Allí comenzó todo. Allí fue niña. Allí corrió, jugó, soñó y creció junto a sus hermanos. Allí regresaba después de sus viajes, incluso desde Italia, buscando el calor de su familia y la paz de aquellos primeros años.
La vida la llevó lejos. Su voz la llevó todavía más lejos. Pero la muerte la devolvió a casa.
Ayer habría cumplido 58 años. Quizá alguien volvió a escuchar Huanuqueña por ti. Quizá alguien puso Maipacha. Quizá alguien lloró escuchando Despedida. Quizá Betsy y Saúl miraron al cielo y pensaron en aquella mujer que alguna vez los abrazó y que ahora solo pueden abrazar con la memoria.
Yo también pensé en ella. Y comprendí que quizá eso es lo que queda cuando alguien que amamos se va: pequeños pedazos de su existencia repartidos por nuestra vida, esperando que los encontremos para volver a sentir, aunque sea por un instante, que todavía está aquí.
Descansa en paz, Roxsana. Tu canción no terminó. Apenas comenzó a volverse eterna.




