Los misterios del sacerdote encantado

 

Por: Fortunato Rodríguez y Masgo *

 

El aire se volvió místico: por el ambiente discurría el aroma denso del humo de cigarro Inca, envolviendo a la familia que, reunida a la medianoche en la cómoda sala de la casa, ahogaba el frío con el sabor intenso del aguardiente de caña. Al circular los copones de huaracañazo, la conversación aviva las costumbres, leyendas y mitos de nuestro Huánuco querido. Con las manos solemnes, se boleó la coca con cal, una ofrenda sagrada masticada con la única intención de calmar la furia de los tres Jirkas que rodean y vigilan a nuestra ciudad huanuqueña.

En la comarca se transmite a voz baja, un maleficio de la ambición, solo se narra en reuniones nocturnas de familia, previo rito de la sagrada coca. En la esquina donde se cruzan los jirones Abtao y Ayacucho, se encuentra apostado un guardián silencioso. Es una roca de granito, tosca pero extrañamente entallada por el tiempo, que descansa en la vereda como un ancla al pasado. Para el ojo distraído, es solo un estorbo de piedra; para quien sabe escuchar, es el hogar de un alma que lleva siglos sufriendo. Dentro de esa masa compacta y fría, habita el sacerdote encantado de los Chupachos.

 

El templo del oro y la traición

Hagamos un viaje en el tiempo, mucho antes de que los españoles trazaran estas calles con nombres de batallas. En aquellos años, este territorio era el verde y fértil Valle del Pillco, hogar de los Chupachos. En el centro de su fe se erigía el templo al dios Pillco Rumi, con veneración máxima que proveía de agua, cosechas y vida a los hombres. El guardián de este culto era un anciano y respetado sacerdote, un taita cuya voz guiaba los pasos de su pueblo.

Pero la paz del valle se rompió con los tambores de guerra. Desde el sur, el poderoso Imperio Inca avanzaba con su ejército, cubriendo los cerros con promesas de oro, plata y un nuevo dios: el Sol.

El sacerdote chupacho, cuya fe debía ser tan firme como las raíces de los árboles de pacae, sintió el frío roce de la ambición. Fascinado por el destello de los metales preciosos y el poder que le ofrecían los conquistadores cusqueños, el anciano cedió. En un acto de deslealtad que congeló la sangre de su pueblo, dio la espalda al dios Pillco Rumi y se arrodilló ante los nuevos amos.

La traición en el mundo andino no se perdona con rezos. Los Jirkas, los imponentes espíritus de las montañas que custodian el valle —Paucarbamba, Marabamba y Rondós—, presenciaron la caída del sabio. La tierra tembló, el cielo se tiñó de tormenta y, en un parpadeo místico, los dioses de piedra castigaron al traidor con su propia naturaleza: su carne se volvió roca, sus ropajes se fundieron con el granito y su aliento quedó atrapado para siempre en un bloque inanimado.

Durante generaciones, los Chupachos convirtieron aquella roca en un monumento a la lealtad. Las madres caminaban con paso firme por el valle, llevando de la mano a sus menores hijos. Al llegar frente al monolito, se detenían en seco. Con el dedo índice apuntando al granito, susurraban una advertencia que erizaba la piel de los niños:

Si no adoran al dios Pillco Rumi, si traicionan a su sangre y a su tierra, así van a quedar. Como la piedra encantada del sacerdote. Escuchen bien, hijos míos, que dentro de ella él todavía vive, pagando su culpa.

Los niños, con los ojos abiertos por el asombro y el temor, se acercaban con timidez. En sus mentes infantiles, la piedra dejaba de ser un objeto inerte y se convertía en una criatura viva que respiraba un aire pesado y antiguo. Aprendían, antes de saber leer, que la codicia despoja al hombre de su humanidad.

 

El misterio de la luna llena

Dicen los vecinos más antiguos de la ciudad actual, que el encanto nunca se ha roto. En las noches en que la luna llena se posa exactamente sobre el valle, tiñendo las calles de una luz plateada, el pavimento parece desaparecer y el viento recupera el idioma quechua de los ancestros.

Es a la medianoche cuando ocurre el milagro y la maldición. El alma del sacerdote despierta en su prisión de piedra. Incapaz de mover los brazos, desprovisto de voz para pedir clemencia, lo único que le queda es el llanto. Desde el corazón de la roca brotan lágrimas místicas, cargadas con el peso de siglos de arrepentimiento. Es un llanto tan amargo y constante que, mes a mes, año tras año, va perforando el granito. Si uno se acerca con respeto en las mañanas siguientes, puede tocar las hendiduras y pequeñas marcas en la superficie: son las huellas reales de sus lágrimas milenarias.

Cuenta la leyenda que los peones lograban mover la pesada roca unos metros, pero al amanecer, tras una noche de espesa neblina, la piedra aparecía mágicamente de regreso en su esquina exacta de los jirones Abtao y Ayacucho. El sacerdote se negaba a abandonar el lugar de su castigo.

 

El corazón de Huánuco

Hoy setiembre del 2026, el sacerdote encantado sigue en su esquina. El humo de los autos ensucia su superficie y los jóvenes conversan a su lado sin notar su presencia, pero él resiste. Sigue siendo sagrada, el corazón geométrico y espiritual de una ciudad que crece, pero que no olvida.

Cuando el reloj marca las doce y la luna brilla en lo alto del cielo huanuqueño, la esquina de Abtao y Ayacucho recupera su silencio sagrado. Si pasas por ahí a esa hora, camina despacio. Quizás puedas oír el susurro de la piedra que llora, recordándonos a todos que la lealtad a nuestras raíces es lo único que nos salva de convertirnos en roca.

 

Una muliza que hace llorar al granito

El silencio místico se rompe con el sonido más puro de Huánuco: las notas melancólicas de una muliza huanuqueña. Una guitarra empieza a llorar con un sentimiento tan profundo que rasga el pecho. Los herederos, con los ojos entornados y la boca amarga por la coca, empiezan a cantar en un quechua dulce y señorial, el idioma de sus abuelos.

La canción habla de desamor, de la tierra primaveral, de la belleza del río Huallaga y del dolor de perder las raíces. Es un canto que brota desde lo más profundo del alma.

Es en ese instante de máxima conexión, bajo el influjo de la shacta, el cigarrillo Inca y la muliza, cuando ocurre el milagro milenario. La piedra empieza a sudar. El alma del sacerdote, conmovida por la música en su lengua materna y arrepentida por haber traicionado al dios Pillco Rumi, rompe a llorar. Las lágrimas místicas brotan de los poros del granito, mezclándose con el polvo y la cal, deslizándose por las hendiduras que el llanto ha gastado a lo largo de los siglos.

El canto se apaga lentamente cuando los primeros rayos del sol huanuqueño amenazan con asomarse por el horizonte. El humo del cigarrillo Inca se ha disuelto, la shacta ha cumplido su labor de conectar los mundos y la cal brilla como una barrera protectora en el suelo. Los malos espíritus han sido ahuyentados; el valle está limpio una vez más.

 

*Cronista, economista y abogado. “Escribiendo con sentimiento huanuqueño” Foto: D.R. referencial

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