Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
La noche de setiembre de la década de los 90 cayó de golpe en la romántica ciudad de Huánuco, me encontraba cobijado en la añeja casona ubicado dentro del histórico barrio de San Cristóbal, una joya vecinal ubicada a solo 300 metros de la Plaza de Armas y de la Catedral, justo en la margen izquierda del caudaloso río Huallaga. Tras la santa cena —que esa noche consistió en una deliciosa y crujiente papita dorada con cachuelo y bagre frito—, la familia se instaló cómodamente en la sala para iniciar la tertulia nocturna. Siguiendo las estrictas reglas del hogar huanuqueño de antaño, solo los mayores tenían la palabra; los chicos escuchaban en respetuoso silencio.
Fue entonces cuando comenzó el culto místico dentro de la casa. Pasó de mano en mano la copita de shacta, el purito aguardiente sagrado, girando para limpiar el alma del «mal ojo» y la envidia. El ambiente se cargó rápidamente con el humo denso del cigarro Inca, una barrera infranqueable contra los malos espíritus. Mientras se sahumaba la habitación con ramas de eucalipto, los mayores comenzaron a chacchar (masticar) la sagrada hoja de coca, interrogándola en silencio sobre el destino del día siguiente. Bajo ese trance místico, las voces bajaron el tono para hablar del secreto mejor guardado del barrio: el misterio de la catacumba de la Iglesia San Cristóbal.
El refugio sagrado de los Chupachos
Los viejos del barrio recordaban que el templo fue edificado a finales del siglo XVI (1500) en plena época virreinal, gracias al sudor y esfuerzo de los hombres chupachos bajo la dirección de los frailes franciscanos. En aquellos tiempos, San Cristóbal fue declarada un recinto exclusivo para los chupachos cristianos, las yanaconas y los negros esclavos. Allí, descalzos y con el alma llena de fe, se congregaban para orar y entonar cánticos sagrados en quechua.
Debajo de la iglesia se construyó la catacumba, un espacio místico destinado a dar santa sepultura a los primeros indios cristianos de alto estatus social y linaje. En ese subsuelo oscuro descansan los descendientes de Felipe Masgo (hijo del curaca Masgo, jefe supremo de la cultura Chupacho y primer convertido al cristianismo) y de Antonio Talancha (jefe de los Panatahua amazónicos y primer nativo de la selva en bautizarse). Las familias añejas se transmitían en secreto que sus ancestros buscaban ser enterrados allí para estar lo más cerca posible del altar, asegurando así su viaje directo al reino de Taita Dios.
Hoy en día, ese espacio de reverencia permanece clausurado por seguridad por la Diócesis de Huánuco. El alto grado de humedad amenaza con debilitar los cimientos del templo, obligando a cerrar las puertas del tiempo para proteger un patrimonio histórico invaluable que requiere ser puesto en valor.
El coro de fantasmas y la Misa de los Muertos
Sin embargo, las paredes tapiadas no pueden contener las leyendas. Los vecinos más antiguos de la plazuela contaban, persignándose a medias, que en las madrugadas de la Semana Santa de los años 1800 se manifestaban hechos paranormales. Desde las profundidades de la tierra se escuchaba nítidamente a las almas orar en quechua y entonar cantos sacros en un perfecto y lúgubre latín. Incluso, más de uno juró haber visto siluetas cabizbajas, vestidas con túnicas de monjes, caminar con rumbo al río Huallaga cuando las puertas del templo estaba la puerta cerrada. Al verlos, los testigos cerraban de golpe sus ventanas para evitar que la «mala muerte» entrara a sus hogares.
La historia más estremecedora que animaba la tertulia era la de la Misa de los Muertos. Cada 2 de noviembre, en la madrugada del Día de los Difuntos, las ventanas de San Cristóbal volvían a iluminarse con una luz amarillenta y tenue, idéntica a la de los cirios de sebo antiguos. Las almas de la catacumba despertaban. Un coro espectral interpretaba cánticos fúnebres que mezclaban el quechua y el latín, uniendo los dos mundos que chocaron en el Pillco, hasta que el alba apagaba las luces y devolvía el templo a su silencio sepulcral.
La Cruz de Cal viva
Hacia el final de la noche, antes de apagar las lámparas, se revelaba el origen de todo el misticismo del templo: la leyenda de la cruz de cal. Cuentan que el viejo Curaca Masgo estuvo presente desde la bendición del terreno de la iglesia. Años después de culminar la obra, una feroz epidemia traída por los europeos (misioneros franciscanos y soldados) comenzó a diezmar a miles de nativos chupachos y panatahuas.
Viendo morir a su sangre, el líder ordenó sepultarlos en la catacumba. El brujo de la comarca se opuso rotundamente, lanzando una terrible advertencia: «Los jircas Paucarbamba, Marabamba y Rondos se van a enojar y mandarán un feroz castigo».
Ante el desafío, el Curaca Masgo desafió a los dioses antiguos. Tomó un puñado de cal viva de los entierros y dibujó una enorme cruz sobre el piso de la catacumba. Al instante, un rayo descomunal partió el cielo sobre el cerro Rondos, un relámpago reventó en el Paucarbamba y el sol se opacó por completo. En medio de la oscuridad subterránea, el polvo de la cal comenzó a brillar con una luz sobrenatural, sellando la supremacía del nuevo Dios de los cielos sobre las almas caídas.
Con ese relato grabado en el pecho, el humo del cigarro Inca disipándose en las vigas y el rumor lejano del Huallaga arrullando la noche, terminaba la tertulia en el viejo barrio de San Cristóbal, donde el pasado huanuqueño nunca termina de morir.
Al cerrarse las viejas puertas de madera de la Iglesia San Cristóbal, el eco de los cantos en quechua y latín parece desvanecerse lentamente, regresando al silencio sagrado de su profunda catacumba. Nos alejamos dejando atrás el misterio de la cruz de cal viva, pero nos llevamos en el pecho el calor de una tarde de setiembre que se niega a morir en el olvido.
La noche huanuqueña, cómplice de tantas tertulias, nos despide con el murmullo eterno del río Huallaga, que sigue corriendo incansable bajo la mirada vigilante de los jircas guardianes.
Queda en nosotros, los hijos del Valle del Pillco, mantener encendido el fogón de la memoria. Que el aroma de la shacta, el humo limpio del cigarro Inca y la calidez del café de huerta no sean solo el recuerdo de los años 90, sino el lazo inquebrantable que nos une a los primeros chupachos y panatahuas que duermen el sueño eterno debajo del templo sagrado. ¡Hasta siempre, viejo barrio de San Cristóbal! Barrio de fe, leyendas y nostalgias compartidas bajo el cielo más puro de la creación.
*Cronista, economista y abogado. Foto: D.R. referencial.
FOTO: D.R. referencial.




