Catorce años después: «Chachico» Rétiz sigue caminando por el Huánuco de sus versos

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

Hay casas que conservan muebles antiguos. Otras guardan fotografías amarillentas o viejos libros cubiertos por el polvo del tiempo. Pero existen hogares donde la memoria permanece viva, donde el silencio parece tener voz y donde los ausentes continúan habitando cada rincón. Así sentí la casa del maestro Véder Rétiz Bedoya, el entrañable «Chachico».

Crucé el umbral de aquella vivienda con la sensación de que iba a encontrarme con alguien que nunca terminó de irse. Allí me recibieron su hija, la doctora Silvia Rétiz Hidalgo, y su esposa, la maestra Petty Hidalgo Vela, guardianas amorosas de un legado que el tiempo no ha conseguido borrar.

Mientras recorría la sala, mi mirada se detuvo en los libros, manuscritos y fotografías que el maestro dejó como testimonio de una vida dedicada a la cultura. Cada objeto parecía contar una historia. Cada imagen era una estación de un largo viaje intelectual.

Entre todas, dos fotografías capturaron mi atención. En una aparecía junto al recientemente fallecido Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. En otra compartía un instante con el inolvidable poeta Javier Heraud. Bastaban aquellas imágenes para comprender que Véder Rétiz no solo fue un creador excepcional, sino también un hombre que caminó junto a algunas de las figuras más representativas de la literatura peruana, alimentando una sensibilidad artística que luego sembraría generosamente en Huánuco.

La admiración que siempre sentí por él encontró nuevos motivos para crecer.

Silvia interrumpió mis pensamientos con una invitación sencilla, de esas que solo pueden nacer del afecto: compartir un café acompañado de unos chicharrones huanuqueños en un acogedor local vecino. Acepté sin imaginar que aquella mesa se convertiría en un pequeño santuario de la memoria.

El restaurante respiraba identidad. La decoración novoandina dialogaba con la tradición huanuqueña, como si cada pared quisiera recordar que un pueblo también se construye desde sus símbolos. Allí, entre el aroma del café y el sabor entrañable de nuestra gastronomía, la conversación giró inevitablemente alrededor de Chachico.

No hablábamos de un hombre ausente. Hablábamos de alguien que seguía sentado con nosotros.

Su voz parecía deslizarse entre las palabras de su esposa. Su sonrisa asomaba en los recuerdos de su hija. Sus poemas volvían a florecer en cada anécdota y sus canciones parecían acompañar discretamente aquella noche.

Entonces comprendí que algunos artistas no mueren. Simplemente cambian de escenario.

El 9 de agosto de 2012, el maestro Véder Rétiz Bedoya entregó su último aliento en el Hospital Almenara, en Lima. Tenía 79 años. Aquella noticia enlutó a su familia, a sus amigos y a todos los que encontraron en su obra una forma de amar más profundamente a Huánuco.

Este domingo 9 de agosto se cumplirán catorce años de su partida física. Sin embargo, resulta difícil hablar de ausencia cuando su legado continúa latiendo con tanta fuerza.

Sus canciones fueron auténticos poemas vestidos de melodía. En ellas retrató la belleza de la campiña huanuqueña, la nostalgia de la infancia, el amor filial, la experiencia escolar y la permanente evocación de una tierra que nunca dejó de habitar en su corazón. Su célebre composición Evocación continúa siendo un himno íntimo para quienes descubren que la distancia solo engrandece el amor por la tierra donde nacieron.

Como educador, formó generaciones de estudiantes con la misma pasión con la que escribía versos. Como poeta y compositor, convirtió los sentimientos cotidianos en patrimonio cultural. Como hombre, dejó el recuerdo de una personalidad sencilla, generosa y profundamente comprometida con su pueblo.

También desde la radio supo acompañar a miles de oyentes. Con la palabra pausada y la sensibilidad que lo caracterizaban, construyó un vínculo especial con quienes encontraban en sus programas un espacio para reencontrarse con la música, la poesía y la identidad huanuqueña.

Hoy sus composiciones siguen emocionando a quienes las escuchan. En cada emisión de De Cantos, Calles y Campos, por Radio UNHEVAL, sus melodías vuelven a despertar la nostalgia y el orgullo por nuestra tierra. Porque las grandes creaciones tienen ese privilegio: desafían al tiempo y continúan conmoviendo a nuevas generaciones.

Mientras abandonaba aquella casa, cálida y hospitalaria, comprendí que no había realizado una simple visita periodística.

Había recorrido una parte de la memoria cultural de Huánuco.

Y entendí, finalmente, que hay personas cuya verdadera morada no son las calles que recorrieron ni las casas que habitaron. Su hogar definitivo es el corazón de su pueblo. Allí vive, intacto, el maestro Véder Rétiz Bedoya. Allí continúa escribiendo, cantando y enseñando.

Porque mientras un huanuqueño tararee una de sus canciones o recite alguno de sus versos, «Chachico» seguirá regresando, silencioso y luminoso, para recordarnos que el amor por la tierra nunca conoce la muerte.

Entonces, caminé de retorno a mi casa por el jirón Abtao, aquella calle que tantas veces recorrió en vida el maestro. Mientras avanzaba por sus veredas, tuve la certeza de que no acababa de visitar la vivienda de un hombre que partió hace catorce años. Había recorrido un territorio donde la memoria sigue escribiendo versos. Porque Véder Rétiz Bedoya no habita únicamente en las páginas de sus libros ni en las melodías de sus canciones: permanece vivo en el corazón de Huánuco.

Cada vez que una voz vuelva a entonar Evocación, que un huanuqueño encuentre consuelo en sus poemas o que un niño descubra la belleza de su obra, «Chachico» seguirá regresando, con la humildad que siempre lo distinguió, para recordarnos que los grandes artistas nunca mueren; simplemente encuentran un lugar eterno en la memoria de su pueblo.

 

Leer Anterior

Hospital de Tingo María, donde es nombrado, niega vacaciones a excongresista Luis Picón

Leer Siguiente

Perú confirma amistosos ante Estados Unidos, México, Canadá y Colombia