Lo que dijo y lo que no dijo el mensaje presidencial

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Cada 28 de julio hago el mismo ejercicio que, creo, todos deberíamos hacer: escuchar el mensaje a la Nación más allá de los aplausos y de los anuncios. No porque espere que un discurso cambie el país de un día para otro, sino porque ahí se revela algo mucho más importante: las prioridades de un gobierno.

En comunicación política no solo importa lo que se dice. También importa cuánto se dice, cómo se dice y, sobre todo, aquello que queda fuera del discurso. Al final, un mensaje presidencial es una hoja de ruta. Ningún tema ocupa más espacio por casualidad.

Desde esa perspectiva, la educación dejó sensaciones encontradas.

Hay que reconocer que la educación básica tuvo un lugar importante dentro del mensaje. Y eso es una buena noticia. Durante años el debate educativo se concentró en cuántos estudiantes ingresaban a la escuela o cuántos colegios se construían. Esta vez hubo un reconocimiento explícito de un problema que muchas veces evitamos discutir: nuestros estudiantes sí están en las aulas, pero no necesariamente están aprendiendo.

Que el propio Gobierno reconozca que cuatro de cada diez adolescentes no alcanzan los niveles mínimos en Matemática y que la mitad tiene dificultades de comprensión lectora es importante. Más aún cuando se plantea reducir esas brechas. Es un cambio de enfoque: la discusión deja de centrarse solo en el acceso y comienza a hablar de calidad educativa.

También resulta acertado entender que aprender no depende únicamente del profesor o del estudiante. El anuncio del relanzamiento del PRONAA parte de una realidad evidente: ningún niño aprende bien si tiene hambre. La educación deja de verse como un problema exclusivo del sector Educación y empieza a relacionarse con la nutrición, la salud y las condiciones sociales de las familias.

Esa mirada integral también aparece cuando se habla del embarazo adolescente, la infraestructura escolar, las herramientas digitales o la formación docente. Son propuestas que, al menos en el discurso, muestran que el Gobierno entiende que reducir las brechas educativas exige intervenir en varios frentes al mismo tiempo.

Sin embargo, mientras escuchaba esos anuncios, esperaba que el mismo nivel de detalle apareciera cuando llegara el turno de la educación superior.

No ocurrió. La universidad apareció casi exclusivamente vinculada a dos temas: ampliar Beca 18 y mejorar la empleabilidad de los jóvenes mediante programas de capacitación y emprendimiento. Son iniciativas valiosas porque permiten que más estudiantes accedan a estudios superiores y encuentren mejores oportunidades laborales. Nadie podría cuestionarlo.

Pero una política de educación superior no puede terminar allí.

Si hablamos de construir un país competitivo, ¿dónde quedaron las universidades públicas? ¿Dónde estuvo la investigación científica? ¿La innovación tecnológica? ¿El fortalecimiento de los laboratorios? ¿La formación de investigadores? ¿La articulación entre universidad, empresa y Estado? ¿La internacionalización? ¿La transformación digital de nuestras instituciones de educación superior?

Y sí, sería imposible exigir que un mensaje presidencial responda a todos los desafíos de la educación superior. Un discurso de esta naturaleza siempre obliga a priorizar. Sin embargo, cuando temas tan estratégicos apenas se mencionan, es inevitable preguntarse qué lugar ocuparán realmente en la agenda gubernamental. Ojalá estas omisiones respondan únicamente a una cuestión de tiempo y que, como ha prometido la presidenta, sean desarrolladas con mayor profundidad a lo largo de su gestión.

Precisamente ahí aparece una de las principales contradicciones del discurso. Se habló ampliamente de crecimiento económico, productividad, inversión y competitividad, pero muy poco del espacio donde se forman los profesionales, científicos, investigadores y emprendedores que harán posible ese crecimiento. Porque el desarrollo no solo se financia; también se educa.

Es difícil hablar de desarrollo sin hablar del conocimiento que lo sostiene.

Hoy el mundo ya no compite únicamente por recursos naturales o infraestructura. Compite por innovación, ciencia y talento. Las universidades dejaron hace mucho de ser espacios dedicados únicamente a otorgar títulos profesionales. Son centros donde nacen investigaciones, tecnologías, patentes y soluciones para los problemas de un país.

Otro aspecto que merece atención es que muchas de las propuestas educativas quedaron en el nivel de los objetivos. Se habló de mejorar aprendizajes, fortalecer docentes, incorporar tecnología y reducir brechas, pero no se explicaron los mecanismos para lograrlo, los plazos, el financiamiento ni los indicadores que permitirán evaluar si esas metas realmente se cumplen. En política pública, las buenas intenciones necesitan convertirse en estrategias verificables.

Quizá esa sea la principal conclusión que deja este capítulo del mensaje presidencial. Existe una apuesta clara por fortalecer la educación básica como herramienta para reducir desigualdades, y ese enfoque merece ser reconocido. Pero la visión queda incompleta cuando la educación superior aparece reducida casi exclusivamente al acceso mediante becas y a la inserción laboral.

Si aspiramos a un Perú que innove, investigue y compita en una economía basada en el conocimiento, las universidades no pueden ocupar un papel secundario en el principal discurso político del año.

Porque un país no solo se construye con carreteras, hospitales o inversiones. También se construye en las aulas, en los laboratorios y en los centros de investigación.

Y cuando un gobierno habla del futuro, la educación no debería ser un capítulo más del discurso. Debería ser el hilo conductor de todo el proyecto de país.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

 

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