¿Los derechos pueden debatirse?

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Las recientes declaraciones que proponen sustituir el voto individual de las mujeres por un voto familiar invitan a reflexionar sobre el poder de la comunicación para reabrir debates que la democracia creía superados.

 

Hace apenas unos días, durante el Women’s Leadership Summit de Turning Point USA (TPUSA), algunas expositoras defendieron públicamente la idea de que el voto debería recaer únicamente en el hombre como cabeza de familia. La propuesta fue recibida con aplausos por algunos y con indignación por otros. Sin embargo, el mayor peligro no está en la posibilidad de que esa idea llegue a convertirse en ley, sino en que un derecho conquistado hace más de un siglo vuelva a presentarse como un tema debatible. En la era de los algoritmos, las ideas ya no conocen fronteras, y cuando la historia deja de enseñarse, la comunicación puede terminar normalizando aquello que alguna vez costó generaciones superar.

En democracia, los derechos no aparecen por generación espontánea. Son el resultado de luchas sociales, transformaciones culturales y largos procesos históricos. El voto femenino, que hoy muchos consideran un hecho incuestionable, fue durante décadas una demanda ridiculizada, combatida y postergada en distintas partes del mundo. Por eso sorprende que, en pleno siglo XXI, una de las organizaciones juveniles conservadoras más influyentes de Estados Unidos haya servido de escenario para que algunas voces sostengan que las mujeres no deberían votar de manera individual, sino ser representadas políticamente por el hombre como cabeza del hogar.

No es un hecho menor. Tampoco es una simple provocación mediática.

Es un síntoma de un fenómeno más amplio: la reaparición de discursos que cuestionan derechos que parecían consolidados y que encuentran en las redes sociales el vehículo perfecto para expandirse a una velocidad sin precedentes.

La historia debería impedirnos mirar este episodio con indiferencia.

En Estados Unidos, las mujeres obtuvieron el derecho al voto en 1920, tras la aprobación de la Decimonovena Enmienda. Fueron más de setenta años de movilizaciones, resistencia y organización para alcanzar un derecho que hoy algunos presentan como si hubiera sido un error histórico. En el Perú, el camino tampoco fue sencillo. El sufragio femenino fue reconocido recién en 1955 y las mujeres votaron por primera vez en las elecciones generales de 1956. Sin embargo, ni siquiera entonces podía hablarse de una democracia plenamente inclusiva. Miles de mujeres rurales permanecieron excluidas porque el voto seguía restringido para la población analfabeta. Solo con la Constitución de 1979, aplicada desde las elecciones de 1980, el sufragio alcanzó un carácter verdaderamente universal.

Recordar estos hechos no responde a un ejercicio de nostalgia. Responde a una necesidad urgente de contexto.

Cuando la historia desaparece del debate público, los derechos empiezan a parecer concesiones y no conquistas.

Y allí la comunicación adquiere un papel decisivo.

Uno de los aspectos más interesantes del discurso difundido en TPUSA no es su contenido, sino la forma en que fue construido. Las expositoras no hablaron de retirar derechos ni utilizaron un lenguaje de exclusión. Hablaron de fortalecer la familia, recuperar valores tradicionales y devolver el liderazgo político al hogar. Cambiaron el marco de interpretación. Lo que, dicho de manera directa, habría provocado un rechazo inmediato, fue presentado como una propuesta para restaurar el orden social.

Ese mecanismo es ampliamente conocido en la comunicación política. Las palabras no solo describen la realidad; también la reorganizan. Un mismo mensaje puede generar aceptación o rechazo dependiendo de cómo sea narrado. Por eso los discursos contemporáneos rara vez apelan a la imposición. Prefieren seducir, resignificar y emocionar.

Las redes sociales potencian esa estrategia. Hace apenas dos décadas, una idea extrema necesitaba partidos políticos, medios de comunicación o movimientos organizados para alcanzar influencia. Hoy basta un video de treinta segundos, un fragmento de podcast o un reel cuidadosamente editado para llegar a millones de personas en distintos continentes. El algoritmo no distingue entre información rigurosa y contenido provocador; distingue entre aquello que genera interacción y aquello que pasa desapercibido. La indignación, el miedo y la confrontación son extraordinariamente rentables para la economía de la atención.

Por eso el riesgo trasciende las fronteras estadounidenses. Los jóvenes peruanos consumen diariamente contenido producido en Estados Unidos. Siguen a los mismos creadores, escuchan los mismos pódcast y participan en las mismas plataformas digitales. Con frecuencia reproducen debates que nacieron en contextos completamente diferentes, sin detenerse a analizar su origen, sus intereses o sus implicancias. La globalización ya no solo mueve mercancías o capitales; también mueve ideologías.

Nuestro país enfrenta una profunda crisis de confianza en las instituciones, una creciente polarización política y enormes brechas educativas. A ello se suma una realidad poco discutida: la alfabetización mediática sigue siendo una deuda pendiente. Enseñamos matemáticas, ciencias e historia, pero pocas veces enseñamos a interpretar críticamente los mensajes que consumimos durante horas en las redes sociales. Formamos profesionales, pero no siempre ciudadanos capaces de identificar una manipulación narrativa, una falacia argumentativa o una estrategia de persuasión.

Ese vacío convierte a cualquier sociedad en terreno fértil para los discursos extremos.

No sabemos qué discurso será el próximo en cruzar nuestras pantallas. Hoy es el voto femenino; mañana podría ser cualquier otra libertad conquistada por generaciones anteriores. Por eso el verdadero debate no consiste en responder a una organización estadounidense, sino en preguntarnos si estamos formando ciudadanos capaces de reconocer cuándo una narrativa pretende informar y cuándo busca normalizar un retroceso.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

 

Leer Anterior

Dictan comparecencia con restricciones para investigados por robo de cacao

Leer Siguiente

DT de Miguel Grau, tras la eliminación de la Copa Perú: «Jugamos mal, cometimos errores”