Sonaly Tuesta, Arturo Caldas y el padre Gacho dieron brillo al aniversario de “El Doctorcito”

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

Por momentos, la noche del último fin de semana pareció convertirse en un gran escenario donde la fe, la música y la memoria colectiva se dieron la mano. Las campanas de la Parroquia El Sagrario La Merced parecían anunciar algo más que una celebración institucional. Convocaban a un encuentro con la identidad de un pueblo que se resiste a olvidar sus raíces.

La conmemoración del XVIII aniversario de la Cofradía de Negritos Niño Jesús “El Doctorcito” estuvo marcada por una actividad que trascendió los actos protocolares. La directiva apostó por el diálogo, la reflexión y la cultura. Así nació el III Conversatorio Cultural “Una mirada al Perú desde la religiosidad, la música y las danzas de negrería en el Perú”, un espacio donde la palabra tuvo el mismo protagonismo que la danza.

Desde tempranas horas comenzaron a llegar autoridades, representantes de instituciones culturales, integrantes de diversas organizaciones y ciudadanos interesados en conocer más sobre una de las manifestaciones culturales más emblemáticas de Huánuco. El ambiente era de expectativa. No se trataba únicamente de escuchar exposiciones; se trataba de comprender el alma de una tradición.

La ceremonia se abrió con la participación del Coro Ruicino, integrado por jóvenes que han asumido con orgullo la misión de difundir el canto huanuqueño. Sus voces llenaron el recinto con melodías que evocaron paisajes, recuerdos y afectos. Cada canción parecía recordarle al público que la identidad también se construye desde la música, desde aquello que se canta y se hereda de generación en generación.

Las palabras de bienvenida estuvieron a cargo de la maestra Enriqueta Roque Pérez, presidenta de la cofradía, quien destacó la importancia de generar espacios de reflexión que permitan valorar y preservar la Danza de los Negritos como una expresión de fe y patrimonio cultural. Su mensaje encontró eco entre los asistentes, conscientes de que las tradiciones sobreviven cuando se conocen, se comprenden y se transmiten.

La primera ponencia estuvo a cargo del presbítero Edgardo Espinoza Alvino, nuestro querido padre Gacho, quien abordó el significado religioso y devocional de la Danza de los Negritos. Destacó que cada mudanza, cada reverencia y cada paso expresan la fe, la gratitud y el amor al Niño Jesús, recordando que esta manifestación cultural tiene en la devoción su esencia más profunda.

Posteriormente, el investigador y músico Arturo Caldas y Caballero condujo a los asistentes por los senderos de la identidad musical de los Negritos de Huánuco. Entre explicaciones y ejemplos, fue revelando la riqueza sonora que acompaña esta tradición, una música que posee personalidad propia y que constituye uno de los elementos más valiosos de nuestro patrimonio cultural.

La noche alcanzó uno de sus momentos más esperados con la participación de la reconocida periodista, documentalista y escritora Sonaly Tuesta. Su ponencia magistral permitió mirar a los Negritos de Huánuco desde una perspectiva nacional. Con la experiencia de quien ha recorrido los caminos del Perú profundo, estableció puentes entre las diversas expresiones de negrería existentes en el país y destacó la singularidad de la manifestación huanuqueña, convertida hoy en uno de los símbolos culturales más representativos de la región.

Más que una conferencia, fue una invitación a reconocernos en el espejo de nuestras propias tradiciones. A entender que la diversidad cultural peruana encuentra su fortaleza precisamente en esas expresiones que nacen de la fe popular y de la memoria colectiva.

A medida que avanzaba la noche, las ponencias fueron tejiendo una sola historia. La fe explicada desde la religiosidad, la música entendida como memoria colectiva y la identidad cultural asumida como herencia compartida convergieron en un mismo mensaje: preservar la Danza de los Negritos es también preservar una parte esencial del alma huanuqueña.

Llegó luego el momento de los reconocimientos. Los aplausos acompañaron la entrega de distinciones a los ponentes invitados, en agradecimiento por sus aportes al conocimiento y difusión de nuestras tradiciones. Fue un gesto sencillo, pero cargado de gratitud y significado.

Cuando la actividad parecía acercarse a su final, el Coro Ruicino volvió a ocupar el escenario. Sus voces interpretaron “Cuando salí de mi tierra”, canción que envolvió el ambiente en una atmósfera de nostalgia y pertenencia. Más de uno acompañó la melodía en silencio, mientras otros dejaban que los recuerdos viajaran junto a cada verso.

Afuera, en el atrio de la parroquia, continuaban las actividades culturales. Los niños del elenco “Huánuco Canta y Baila” demostraban que la tradición tiene futuro. Sus presentaciones confirmaban que el patrimonio cultural no es una reliquia inmóvil, sino una herencia viva que se renueva en cada generación.

La noche concluyó entre fotografías, abrazos, conversaciones y el inconfundible aroma del ponche huanuqueño acompañado de empanadas recién servidas. Pero más allá de los detalles festivos, quedó la sensación de haber participado en algo importante: un encuentro donde la fe dialogó con la cultura, donde la música se convirtió en memoria y donde la identidad huanuqueña volvió a recordar por qué sigue latiendo con tanta fuerza.

Porque cuando un pueblo se reúne para reflexionar sobre sus tradiciones, no solamente celebra su pasado. También construye su futuro.

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