Por: Joyce Meyzán Caldas*
Mientras las deudas educativas persisten en la sierra huanuqueña, el distrito de Amarilis ha tomado la posta. En una gestión estratégica con CARE Perú, la municipalidad ha logrado llevar la alfabetización hasta los rincones más altos del distrito.
Hay graduaciones que celebran el inicio de una carrera profesional. Otras marcan el cierre de una etapa académica. Pero hay algunas que tienen un significado mucho más profundo: aquellas en las que los estudiantes no solo obtienen un certificado, sino que recuperan un derecho humano fundamental que les fue negado durante gran parte de su vida: el derecho a la educación.
El pasado viernes, en Amarilis, decenas de hombres y mujeres, muchos de ellos adultos mayores, celebraron la culminación de su educación primaria. Fue un logro posible gracias al trabajo conjunto de la ONG Care Perú y la Municipalidad Distrital de Amarilis. Estos graduados llegaron desde rincones olvidados del distrito: Malconga, Yaca, Chicchuy, Llanquipampa y otros centros poblados donde, por décadas, la educación fue un privilegio distante y, para muchos, una oportunidad imposible.
Verlos sonreír mientras recibían sus certificados y emocionarse al recordar el camino recorrido fue una lección de resiliencia para todos los presentes. No estaban simplemente venciendo un examen académico; estaban venciendo una historia estructural de exclusión.
Sin embargo, detrás de esta celebración, existe una realidad que debemos mirar de frente. Si bien el Perú ha avanzado en términos de alfabetización a nivel nacional, estas cifras promedio esconden una realidad fracturada, especialmente en nuestra región Huánuco. Las zonas rurales y altoandinas del departamento siguen siendo el refugio de un analfabetismo silencioso. Aunque las estadísticas oficiales del INEI sugieren una reducción del analfabetismo en las últimas dos décadas, en la sierra huanuqueña la realidad es distinta. Aquí, el analfabetismo no es un número frío; es un estigma concentrado en las mujeres rurales y en las personas de la tercera edad, quienes fueron sistemáticamente ignoradas por el sistema educativo nacional.
Durante años, la sociedad les hizo creer que estudiar tenía una edad límite. Que, tras haber superado la infancia, el tren del conocimiento había partido sin ellos. Las historias de Rosa y Gumercindo, dos de los graduados, nos obligan a cuestionar qué está haciendo el Estado para cerrar esta brecha.
Rosa relató con la voz entrecortada que nunca pudo asistir a la escuela debido al machismo imperante en su hogar. Su padre, anclado en una cultura de subordinación, le repetía: «Tu obligación es aprender a atender a tu futuro esposo y a tus hijos». Mientras otros niños asistían a clases, ella aprendía las labores del campo y las tareas domésticas. Creció creyendo que los cuadernos y los libros pertenecían a otro mundo, uno al que jamás tendría acceso.
La historia de Gumercindo, por su parte, es el retrato de la pobreza rural en la sierra peruana. No existían posibilidades económicas para trasladarlo hasta el centro poblado más cercano con escuela. La geografía, la distancia y la falta de inversión pública se convirtieron en muros infranqueables. Aunque trabajó arduamente toda su vida y se esforzó para que sus hijos accedieran a la educación superior, él jamás tuvo la oportunidad de aprender a leer. Imagino lo que debió sentir al ver a sus hijos graduarse mientras él guardaba en silencio aquella deuda pendiente consigo mismo.
Lo que Rosa y Gumercindo han logrado va mucho más allá de descifrar grafías. Han recuperado su ciudadanía. Y aquí es donde la comunicación y la educación se entrelazan como herramientas de poder. Aprender a leer y escribir en la edad adulta es, en esencia, la adquisición de una «herramienta comunicativa» que transforma radicalmente la interacción del individuo con su entorno.
Cuando una persona aprende a leer, deja de ser un sujeto pasivo que depende de la buena voluntad de terceros para conocer el contenido de un documento legal, un contrato de tierras, o incluso las instrucciones de un medicamento. Cuando aprende matemáticas básicas, adquiere la capacidad de administrar su dinero, supervisar sus cosechas, controlar las ventas de su negocio e impulsar emprendimientos con autonomía. Cuando aprende a escribir, no solo plasma letras en un papel; expresa sus ideas, hace valer sus derechos y participa, por primera vez, en la vida política y social de su comunidad. La educación es la llave que abre la celda de la marginalidad.
La labor conjunta entre la ONG Care Perú y la Municipalidad Distrital de Amarilis no debe verse como un simple acto de caridad, sino como un llamado de atención urgente al Estado. Es inaceptable que la alfabetización dependa de esfuerzos locales mientras el gobierno central posterga su obligación constitucional de garantizar una educación permanente en las zonas más remotas. Este vacío institucional exige que el Estado abandone las políticas genéricas y despliegue acciones agresivas, descentralizadas y culturalmente pertinentes; porque educar a un adulto en Huánuco requiere entender realidades que el Ministerio de Educación, lamentablemente, aún no ha logrado descifrar.
Necesitamos una educación que no solo llegue a las aulas, sino que entienda el contexto de la sierra, que valide los saberes previos y que devuelva la dignidad a quienes fueron olvidados. La verdadera inclusión no consiste solo en abrir las puertas de una escuela; consiste en comprender que el conocimiento es un derecho que no prescribe con los años.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan




