Hablar bien se está convirtiendo en una habilidad rara

 

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Vivimos en una época donde todos hablan, opinan, publican, reaccionan y comentan. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, cada vez cuesta más hacerlo de manera clara, profunda y real. Basta entrar a un aula universitaria para darse cuenta de ello.

Muchos estudiantes tienen buenas ideas, pero les cuesta expresarlas. Algunos evitan participar en clase por miedo a equivocarse. Otros sienten ansiedad al momento de exponer y varios prefieren enviar un audio de treinta segundos antes que sostener una conversación larga. No se trata de falta de inteligencia ni de capacidad. Estamos frente a una transformación en la forma de comunicarnos y, quizás, también en la forma de pensar.

La velocidad con la que vivimos ha cambiado el lenguaje. Hoy todo debe ser rápido: los videos duran segundos, las respuestas son inmediatas y las ideas se reducen a frases cortas que puedan sobrevivir al ritmo del scroll. Nos hemos acostumbrado a consumir información fragmentada. Leemos titulares, vemos clips, respondemos con emojis y resumimos emociones complejas en memes o stickers. Poco a poco, la profundidad empezó a perder espacio frente a la inmediatez.

Y no, el problema no es que el lenguaje evolucione. El lenguaje siempre cambia. Las jergas cambian, las palabras cambian y las generaciones encuentran nuevas formas de expresarse. Eso ha ocurrido siempre. Lo preocupante no es que aparezcan nuevas maneras de hablar, sino que cada vez se haga más difícil sostener ideas complejas, argumentar con claridad o simplemente conversar con atención.

En las universidades esto se nota muchísimo. Hay estudiantes que escriben constantemente en redes sociales, pero tienen dificultades para desarrollar una idea durante una exposición. Otros saben mucho sobre un tema, pero sienten miedo de participar en debates o defender una postura. También existen alumnos que dependen tanto de herramientas digitales para redactar que han dejado de confiar en su propia capacidad para escribir y pensar.

Y aquí hay algo importante: no se trata de culpar únicamente a los jóvenes. Ellos crecieron en un contexto completamente distinto. Son parte de una generación hiperconectada, sobreestimulada y acostumbrada a recibir información de manera acelerada. Además, muchos sistemas educativos tampoco ayudaron demasiado. Durante años se priorizó memorizar antes que dialogar, repetir antes que analizar y responder rápido antes que reflexionar.

A eso se suma otro fenómeno silencioso: el miedo a equivocarse públicamente. Hoy cualquier error puede terminar grabado, compartido o ridiculizado en redes sociales. Por eso muchos prefieren callar antes que exponerse. La comunicación dejó de sentirse como un espacio seguro para convertirse, en ocasiones, en una prueba constante de validación social.

También hay un cambio evidente en nuestras conversaciones cotidianas. Cada vez hablamos menos cara a cara y más a través de pantallas. Incluso cuando estamos acompañados, muchas veces seguimos pendientes del celular. Nos acostumbramos a interrumpir conversaciones para revisar notificaciones y a responder mensajes mientras alguien nos está hablando al frente. Parece algo pequeño, pero poco a poco eso modifica nuestra manera de escuchar.

Porque comunicar no es solamente hablar. Comunicar también implica escuchar, comprender, interpretar emociones y construir ideas con otros. Y esas habilidades necesitan tiempo, atención y práctica. Algo que hoy parece escasear.

Por supuesto, la tecnología no es el enemigo. Sería absurdo pensar eso. Las plataformas digitales han democratizado la comunicación y han permitido que muchas personas encuentren espacios para expresarse. El problema aparece cuando la rapidez empieza a reemplazar completamente a la reflexión. Cuando comunicar se convierte únicamente en reaccionar.

La inteligencia artificial también ha entrado en este debate. Actualmente muchos estudiantes utilizan herramientas que redactan textos, resumen lecturas o generan respuestas inmediatas. Y aunque estas tecnologías pueden ser útiles, también existe el riesgo de abandonar procesos fundamentales como pensar, organizar ideas o desarrollar una voz propia. Porque escribir no es solo producir palabras. Es aprender a ordenar el pensamiento.

Tal vez por eso hoy hablar bien se está convirtiendo en una habilidad rara. No porque las personas hayan perdido inteligencia, sino porque vivimos en un entorno que premia la rapidez más que la profundidad. Un entorno donde importa más responder rápido que comprender realmente lo que se está diciendo.

Sin embargo, todavía estamos a tiempo de recuperar espacios de conversación más humanos. Desde las universidades, por ejemplo, debería promoverse mucho más el debate, la lectura crítica, las exposiciones y el intercambio de ideas. No solo para formar profesionales técnicamente preparados, sino personas capaces de comunicar, argumentar y conectar con otros.

Porque al final, saber comunicarse sigue siendo una de las habilidades más importantes dentro y fuera de cualquier carrera. Una entrevista laboral, una exposición, una reunión, un proyecto o incluso una relación personal dependen, en gran parte, de nuestra capacidad para expresarnos y entendernos.

Quizás el verdadero reto de esta generación no sea aprender a usar más herramientas de comunicación. De eso ya sabemos bastante. El desafío real será volver a encontrar profundidad en medio del ruido. Aprender a escuchar otra vez. Volver a conversar sin ansiedad. Recuperar la capacidad de desarrollar ideas propias y no solo reaccionar a las de los demás.

En tiempos donde todos publican, hablar bien, escuchar con atención y comunicar con claridad empieza a convertirse en algo cada vez más valioso. Y también, cada vez más raro.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital. @joycemeyzan

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