Por: Jorge Chávez Hurtado
Hay llamadas telefónicas que dividen la vida en dos instantes: el antes y el después.
Aquella mañana marqué el número de Betty Panduro Silva sin sospechar que, al otro lado del celular, iba a escuchar una frase capaz de estremecerme hasta lo más profundo del alma.
—Aló… hola, Betty, ¿cómo estás?
Hubo un pequeño silencio. Después escuché su voz. Era la voz de siempre, dulce, pausada, afectuosa, pero tenía un cansancio distinto, como si hubiera regresado de un lugar muy lejano.
—Hola, Jorge… aquí recuperándome en mi salud.
Algo me apretó el pecho.
—¿Qué pasó, Betita?
Y entonces lo dijo.
—Tuve un preinfarto…
Sentí un frío repentino en el cuerpo.
No sé cuánto duró el silencio. Tal vez fueron segundos. Tal vez una eternidad. Porque hay palabras que hacen temblar la vida. Y “preinfarto” es una de ellas. Es escuchar que el corazón estuvo al borde del abismo. Que la sangre casi deja de llegar. Que la muerte pasó rozando la puerta.
Miré alrededor y todo seguía igual: la ciudad, los sonidos de Huánuco, la rutina de aquella mañana. Pero dentro de mí algo se había quebrado.
Ella, como siempre, percibió mi angustia.
Betty tiene ese don extraño de sentir el dolor ajeno aun cuando es ella quien está sufriendo.
Entonces empezó a tranquilizarme. Me dijo que estaba controlada, que seguía estrictamente las indicaciones médicas, que poco a poco iba recuperándose. Y mientras hablaba pensé en algo profundamente triste y hermoso: incluso después de haber sentido tan cerca la posibilidad de morir, seguía preocupándose por no causar tristeza a los demás.
Así era ella.
Así ha sido siempre.
La conversación continuó lentamente, como continúan las conversaciones entre los amigos verdaderos, esos que han compartido años de lucha, de cansancio, de sueños y desvelos en el mundo silencioso de la educación. Y mientras la escuchaba, empezaron a desfilar en mi memoria tantos años vividos. La conocí en la institución educativa de La Libertad. Ella había llegado como regidora de Amarilis. Poco a poco fui descubriendo en Betty una mujer distinta. Tenía una alegría limpia, de esas que no nacen de la comodidad sino de haber aprendido a resistir la vida.
Venía desde muy lejos. Desde un puerto olvidado de Santa Cruz, en Alto Amazonas, en la región Loreto, entre ríos y cochas, donde nació siendo la tercera de once hermanos. Imagino a aquella niña amazónica mirando los grandes ríos de la selva sin sospechar que un día terminaría entregando cuarenta años de su vida a la educación peruana. La vida nunca le regaló caminos fáciles. Su padre, miembro de la Benemérita Guardia Civil, fue trasladado varias veces. Vivió en Tingo María, Aguaytía y luego llegó a Huánuco cargando sueños modestos, pero inmensos. Desde niña amó la lectura. Su padre le regalaba historietas y revistas del oeste. Ella quería entender el mundo. Quería aprender. Quería enseñar.
Y vaya si enseñó.
Después el destino nos reencontró en la Institución Educativa Julio Armando Ruiz Vásquez. Ahí compartimos jornadas inolvidables. Primero como docente. Luego como directora. Más tarde como amiga entrañable.
Todavía puedo verla caminando por los pasillos del colegio, siempre apresurada, siempre pendiente de todos, siempre pensando qué faltaba hacer. Porque Betty jamás aprendió a descansar. Mientras otros ya estaban en sus casas, ella seguía trabajando en la dirección hasta las once de la noche. Las luces de su oficina eran casi las últimas en apagarse. Revisaba documentos, organizaba proyectos, respondía problemas, defendía maestros, alentaba estudiantes.
Cuántas veces la vi sacrificar su tranquilidad por el bienestar de los demás. Y jamás se quejaba. Cuando le proponíamos proyectos culturales o ambientales, nunca dudaba en sumarse. Ahí estuvo alentando el trabajo del Coro Ruicino cuando viajamos con nuestros jóvenes a Lima para presentarnos en TV Perú. Ahí estaba al lado de los estudiantes, emocionándose con cada canción huanuqueña como si cada nota le hablara directamente al corazón.
Era una directora, sí. Pero sobre todo era una madre pedagógica. Una de esas maestras que abrazan a sus alumnos con la mirada. Una mujer que jamás dejó solo a un colega cuando enfrentaba una injusticia o una falsa acusación. Betty salía al frente. Defendía a los suyos. Ponía el pecho.
Por eso sus colegas la querían tanto. Porque tenía autoridad, pero también ternura. Porque sabía dirigir sin humillar. Porque nunca perdió la humanidad.
Y quizá toda esa sensibilidad venía de aquellos años duros en Shishmay, cuando inició su carrera como maestra rural. Ahí convivió con campesinos humildes, sembró papa y olluco junto a ellos, acompañó a las familias a vender sus productos para evitar que fueran engañadas.
“Llorando me adjudiqué en Shishmay y llorando salí de ese maravilloso lugar”, escribió alguna vez.
Esa frase lo dice todo. Betty nunca enseñó desde arriba. Enseñó desde el amor.
Después llegaron los reconocimientos, los estudios, los grados académicos, la dirección escolar y hoy el honor de ser Decana del Colegio de Profesores de Huánuco. Pero ni los títulos ni los cargos lograron cambiarla. Seguía llamando a sus colegas con diminutivos cariñosos. Seguía teniendo palabras de aliento para todos. Seguía preocupándose más por los demás que por ella misma.
Por eso aquella noticia del preinfarto me golpeó tan hondo. Porque hay personas cuya existencia parece necesaria. Porque cuesta aceptar que seres humanos así también son frágiles. Mientras hablábamos por teléfono imaginé, por un instante terrible, qué habría pasado si aquella voz ya no volvía a escucharse nunca más.
Pensé en sus hijos. En sus nietos adorados. En sus alumnos. En tantos maestros que encontraron en ella apoyo y defensa.
Y sentí miedo. Un miedo profundamente humano.
Porque Betty no pertenece solamente a su familia. Betty pertenece también a la memoria emocional de cientos de personas que encontraron en ella afecto, consejo y refugio.
Cuando terminó la llamada me quedé largo rato en silencio. Pensando en algo doloroso: a veces no valoramos suficientemente a las personas buenas hasta que la vida nos recuerda que pueden partir. Y comprendí entonces que el corazón de Betty no solamente había resistido un preinfarto. Había resistido décadas enteras entregándose a los demás. Décadas de desvelos. Décadas de preocupaciones. Décadas amando una profesión ingrata que muchas veces no devuelve ni la mitad del sacrificio que recibe.
Pero ahí sigue ella. De pie. Aferrada a la vida. Con el corazón herido, sí… pero todavía lleno de amor. Y quizá por eso, al colgar el teléfono, sentí que había escuchado algo más que la voz de una amiga. Había escuchado el latido sobreviviente de una maestra que se niega a dejar de sembrar esperanza.







