Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
La tarde se llena con el aroma de café recién “pasado” en coladera de tela; el pan «caliente» del piso se retira del horno de leña hecho de eucalipto. La fragancia de los árboles frutales como pacay, chirimoya, guayaba, palta y ciruela se siente en las angostas callejuelas. La familia se junta para saborear el lonche que incluye un café, pan «mestizo» y queso de Baños o chicharrón con mote pelado, un fuerte viento de tierra sopla desde la quebrada de Puelles, incomodando a quienes caminan y a los vendedores que atienden a sus clientes con las puertas abiertas.
Mientras el sol se desplaza tras la cima del jirca para descansar en ese sábado, víspera del Día de la Madre, era mayo de antaño y de repente anocheció. La luna llena apareció y a su alrededor las estrellas inquietas brillan en el cielo; en este momento, las angostas y románticas calles de Huánuco se sumen en el silencio, con un susurro frío que recorre el lugar, haciendo que se busque la chaqueta gruesa tejida por las hábiles manos de nuestra querida madrecita.
Se anuncia una larga noche de frío, lo que lleva a tomar una taza de café caliente para contrarrestar el frío intenso que obliga a abrigarse con las mantas de lana de carnero de colores vibrantes, tejidas con gran destreza por los artesanos del distrito de Sillapata, en la provincia de Dos de Mayo
Alberto, afectuosamente llamado Abico, hijo de doña Alejandrina, estaba en su acogedor cuarto, preparado para acostarse. De repente, se sentó en una silla y encendió una sencilla vela en honor a su querida madre. Recordó un sinfín de momentos desde su infancia hasta el instante en que se despidió de ella ya adulto; era un recuerdo imborrable que llevaba en su corazón y que estaba grabado en su mente. Empezó a llorar en silencio por la falta de su adorada madre, quien había partido para reunirse con Dios en una madrugada de octubre a finales de los 90, cuando dormía y no volvió a despertar para sus hijos; se fue a vivir junto a Dios Padre en el cielo, donde también habitan los ángeles.
Para poder sobrellevar el duelo por la pérdida de su amada madre, Abico se sirvió un trago de shacta de puro aguardiente y encendió un cigarro “Inca” para “suavizar” el ambiente; así, intentó ahuyentar a los malos «espíritus» o demonios que pudieran estar en su hogar. De repente, oyó un suave sonido en la cama, se percibió un aroma femenino y sintió un ligero frío que invadió su habitación en ese instante. Todo esto lo desconcertó y, de pronto, vio a una mujer sentada en su cama. Vestía una túnica blanca, levantó los brazos y lo invitó a acercarse, su cara era familiar para Abico; jamás podría olvidar esos ojos que lo miraban con ternura y calma, esos labios que esbozaban una cálida sonrisa, esos abrazos que eran suaves y reconfortantes. No había duda alguna, ¡era su querida madre! Estaba ahí, dispuesta a hacerle dormir, tal como lo hacía cuando era niño, poco antes le enseñaba a “rezar” sus oraciones en agradecimiento a Dios por el día que había pasado.
Abico, al contemplar esa imagen, comenzó a llorar. Reconoció a su madre en ella, se apresuró a su encuentro para reunirse, sintió sus manos y sus abrazos, vio sus ojos llenos de luz y esa sonrisa tan característica de ella. De nuevo sintió ser su consentido, al ser hijo único, y por un momento volvió a ser el pequeño de su dulce madre; su corazón latía con la fuerza del caudaloso río Huallaga, su rostro se encontraba bañado en lágrimas en esa noche memorable. Fue entonces cuando escuchó una voz que le decía: «¡Hijo, estoy aquí! ¡Estoy a tu lado, mi pequeño! «. No podía creer lo que oía, resonaba profundamente en su cuerpo desgastado después de 70 años de camino; solo pudo soltar un “¡Mamita, ¿por qué me dejaste? ¿A dónde te has ido?” Eran interrogantes que necesitaba responder. Casi al instante, recibió una respuesta: “Querido hijo, partí esa madrugada, tal vez sin despedirme, porque Dios decidió llevarme. Ahora estoy en un lugar donde también habita la Virgen María. La vi. Te aconsejo que ores y pidas por ella para que interceda ante Dios y te bendiga cada día. Donde estoy, reina la paz. Te espero aquí, hijo mío”.
No podía creer lo que sucedía; estaba en medio del silencio y, claramente, escuchó las palabras de su amada madre, que le decía: “Nunca me he alejado de ti, siempre estoy contigo, aunque tú no lo notes, yo sé lo que te sucede; cuando lloras, yo me entristezco, cuando sufres, sufro contigo”. Al escuchar esto, su alma se llenó de emoción, lloró desconsoladamente; fue entonces cuando sintió unas manos suaves que acariciaban su rostro y lo reconfortaban. Se arrodilló suplicando compasión; solo logró decir: “¡Madrecita, te pido perdón! Porque no estuve a tu lado cuando más me necesitabas; ahora siempre te busco y no te encuentro, pero hoy te veo y te siento cercana a mí. No quiero que me abandones, llévame contigo, por favor; esto que viví no es vida, deseo estar a tu lado, vivir eternamente contigo, mi madre eterna”.
Sintió que el tiempo estaba paralizado, el silencio reinaba por completo; su querida madre permanecía sentada al borde de la cama, tal como lo hacía antes, minutos antes de que él se durmiera, cuando era niño y le contaba historias o leyendas recopiladas de sus padres, en otras palabras, de sus abuelos.
Escuchó de nuevo una voz que decía: «¡Hijo, nunca te he olvidado! Siempre he estado cuidándote, siempre estoy contigo, aunque no lo veas, pero yo te siento, querido hijo. Hoy soy un espíritu, pero puedo estar a tu lado cuando me necesites». Logré pronunciar: «¡Madrecita! Estoy agotado de tanto llanto y sufrimiento, llévame contigo para que podamos vivir juntos en el lugar donde tú estás». De rodillas le rogaba, con lágrimas en el rostro. Sintió nuevamente sus manos sagradas que acariciaron su rostro y lo consolar, siempre con su sonrisa y su mirada que llegaba hasta su corazón; de repente, experimentó paz y calma, la serenidad reinaba en su ser y observó su carita angelical. Su cabello era completamente blanco, llevaba una «vincha» de rosas que se asemejaba más a una corona sobre su cabello, con tres rosas, tal vez como símbolo de que éramos tres hijos, dos mujeres y un varón. La túnica que cubría su cuerpo era totalmente blanca, como lo era el vestido de su primera comunión, ¡era mi santa madre! Manifiesta Abico.
Sintió una paz interior, se encontraba ya tranquilo, y escuchó nuevamente: «¡Hijo! Viviremos juntos aquí donde estoy; pero debes orar a Dios, pedirle a la Mamita Virgen María que te ayude. Cuida de ti, compórtate bien, hijo, tal como yo te enseñé. Estaré orando por ti en todo momento, hijo mío, confía en ti mismo, porque estaré a tu lado. ¡Hijo! Nunca lo olvides, la vida es un largo camino lleno de obstáculos; puedes limpiar y continuar, en cualquier momento puede surgir una tormenta; sin embargo, eso pasará y el sol brillante o la luna iluminarán tu camino, la fe y la esperanza siempre te acompañarán.
Abico cerró los ojos por un momento, y al abrirlos para seguir mirando a su madre, ya no la encontró, se había esfumado, como había llegado, se marchó. Sin embargo, sintió una ligereza en su cuerpo, liberándose del dolor y la tristeza que tanto lo atormentaban. Hoy comprendió que su querida madre siempre había estado a su lado, nunca se había ido. Si desea unirse a ella en el lugar donde habita con Dios, seguirá cada una de las indicaciones al pie de la letra. Esto no es un sueño, es un acontecimiento paranormal que ocurrió en la vida de Abico, quien hoy vive con la fortaleza de la memoria de su madre y la bendición de Dios.
* Cronista, economista y abogado. Celular: 964759237. E-mail: rodriguezmasgo@gmail.com Facebook: Fortunato Rodríguez Masgo
Foto: D.R. referencial.







