San Pedro: memoria, barrio y el eco de un hombre llamado terror

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

Hay barrios que no solo se habitan: se respiran, se cargan en la sangre, se arrastran dulcemente en la memoria como una canción que nunca termina. San Pedro es uno de ellos.

El barrio tradicional de San Pedro no es apenas un punto en el mapa de Huánuco; es una herida luminosa en el alma de quienes lo han vivido. Está hecho de pasos antiguos, de voces que todavía susurran en las esquinas, de árboles que han visto pasar generaciones enteras sin moverse, como guardianes de la historia.

Yo lo conocí de la mano tibia y amorosa de mi abuelita, Cirila Dueñas Medina. Era niño, y el mundo cabía en ese trayecto sagrado por el jirón Independencia, rumbo a la casa de mi tía Teodora, en la tercera cuadra. Caminábamos como quien se adentra en un bosque encantado: el parque principal se levantaba majestuoso, cubierto de árboles que parecían tocar el cielo, y en medio, como una presencia protectora, la gruta con la Virgen velando silenciosamente por el barrio.

Y allí estaba también la piscina San Pedro, donde la infancia se volvía agua, risa, sol en la piel. No sabíamos entonces que esos días serían eternos.

Siempre me he declarado huallayquino de alma, de esos que llevan la serenidad en la mirada y la nostalgia en el pecho. Pero la vida, con su sabia terquedad, me regaló otra pertenencia: San Pedro. Llegué de la mano de mi padre, Abelino Chávez Dueñas, hoy ausente, pero nunca ido, quien, junto a su esposa, también hoy extinta, doña Olga, levantó su casa en la quinta cuadra del jirón San Martín. Allí viví diez años que no se miden en calendarios, sino en afectos: amistades sembradas como árboles, vecinos que eran familia, historias que hoy laten como si hubieran ocurrido ayer.

En esas paredes quedaron atrapados los ecos de mi vida junto a mis hermanas Olga, mi querida Olguita, hoy también fallecida, dolor que aún cuesta nombrar, Abelina y mi hermano Ludwing. Cada rincón guarda una escena; cada ventana, una despedida; cada puerta, un regreso.

Hoy, cuando vuelvo a San Pedro, no camino: regreso. Y al regresar, algo dentro de mí se desborda. Es la memoria, que no pide permiso; es la emoción, que no conoce límites. El alma se estremece como si reconociera, en cada piedra, en cada sombra, una parte de sí misma.

Y en medio de esa evocación, como si el tiempo abriera un viejo libro polvoriento, aparece una figura que parece salida de la leyenda, pero que fue tan real como el amanecer: don Román Ávila Quiñones, el llamado “Terror de San Pedro”.

Lo encontré en las páginas entrañables de Huánuco Dichoso, ese tesoro que me regaló, con dedicatoria y afecto, mi querido amigo y maestro Abel Gómez Leiva, en noviembre de 2015. ¡Qué bendición guardar en la biblioteca no solo libros, sino fragmentos vivos de la historia!

Don Román no era un hombre cualquiera. Era una sombra que caminaba al alba, cuando las calles aún no despertaban y las aves dormían su último sueño de la noche. A esa hora incierta, entre las cuatro y media y las cinco y media, su figura aparecía recortada contra el silencio, con su sombrero ladeado, su paso firme, su mirada encendida.

San Pedro, en aquellos años, era barrio de bravura. De puños antes que palabras. De hombres que defendían su nombre con la piel y la sangre. “Huallayco vida, San Pedro pendencia, San Juan matanza”, decían los viejos, como si recitaran un mapa emocional de la ciudad.

Y en ese territorio de coraje, don Román era leyenda.

Sastre de oficio y bohemio por destino, nunca quiso más que lo inmediato: un pantalón cosido a prisa, unos panes, y luego el aguardiente, fiel compañero de su existencia. Vivía solo. Radicalmente solo. Sin esposa, sin familia, sin más compañía que sus tijeras, su dedal y sus agujas. Herramientas que, como él, resistían el paso del tiempo sin promesas de futuro.

Decía no temerle a nada. Y lo gritaba. ¡Lo gritaba!
—¡Revolución! ¡Chushta! ¡Esta noche hay derramamiento de sangre!

Pero no era un hombre violento. Era, más bien, un actor trágico de su propia vida. Un bozalón, sí, un gritador de calles, pero nunca un agresor. Su “terror” era más eco que acción, más máscara que realidad. Era el personaje que él mismo había creado para no desaparecer del todo en la indiferencia del mundo.

Caminaba con dignidad de rey sin reino, con la pobreza como única corona. Bebía hasta anestesiar el alma, y luego dormía, solo, sin que nadie preguntara por él. Nadie lo esperaba. Nadie lo lloraba en vida.

Y, sin embargo, vivía.

Porque a su modo, don Román entendía lo esencial: que somos aves de paso. Que la vida no se guarda, se gasta. Que el mañana es un lujo que algunos no pueden permitirse.

A veces cantaba. Coplas sueltas, versos tristes que nacían de un rincón herido del corazón. Y en medio de la ebriedad, surgía el hombre verdadero, el que había amado, el que había sufrido:

“Mujer maldita, mala mujer…”

Entonces ya no era el “Terror de San Pedro”. Era apenas un hombre roto.

Murió como vivió: solo. En silencio. Sin mármol, como él mismo había pedido. Sin epitafios rimbombantes. Solo un suspiro final, perdiéndose en el aire de ese barrio que lo vio caminar mil veces sin rumbo.

Y quizá, en alguna madrugada huanuqueña, cuando el cielo aún duda entre la noche y el día, alguien pueda jurar que lo ve pasar otra vez, con su sombrero inclinado y su voz rasgando el silencio.

San Pedro no olvida.

Porque los barrios, como los hombres, también tienen memoria. Y en esa memoria vivimos todos: los que fuimos niños, los que amamos, los que partieron… y los que, como don Román, decidieron quedarse para siempre en el eco de una historia.

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