Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*
El viento frío se desplaza por las íntimas y acogedoras calles del indomable Panao, capital provincial del famoso Pachitea, hogar de grandes personalidades, orgullo de los pañacos. Es una noche de estrellas bajo un firmamento azul brillante con una luna llena; prácticamente no alumbra el foco del poste de la esquina, en plena modernidad de la década de los 80; mientras, en julio, días de celebraciones patrióticas, la plaza de armas se adorna con banderines, escarapela de rojo y blanco, y está meticulosamente engomado con papel de cometa.
Hoy la antigua plaza de armas acoge a distinguidos habitantes y a los audaces pañacos, «reyes de la papa», quienes sentados cómodamente están inmersos en una extensa conversación vespertina; algunos hablan en español y otros en quechua de Pachitea, siempre ataviados con pantalón de bayeta de color negro, una manta blanca de algodón silvestre que sujeta la cintura, camisa blanca, sombrero de lana negra y su característico chaleco negro, realza su vestir tradicional.
Por otro lado, las bellas damas ataviadas con faldas de color negro, sus faldas de colores variados, blusa con pecheras bordadas y cojines de color blanco que evidencian su condición civil, la vestimenta representa la manifestación cultural de los Panatahua quechua.
Era una noche de sábado repleta de felicidad, el entorno murmura canciones tradicionales, se interpreta a lo largo y ancho de Pachitea «AMOR PAÑACO» del maestro Elías Matienzo Gillen, una canción dedicada a Livia Soria Castañeda, cuyas letras reflejan el amor no correspondido expresado con gran emoción; en el trayecto, presenciamos al famoso «Chapa» camina con una guitarra en mano, con quien he forjado una amistad desde las aulas de la universidad valdizana, rocanrolero hasta los huesos, acompañado por el Loco Palacios, un joven policía que se dirige a una «encerrona»; después, llevan shacta y cigarro, para equilibrar el ambiente de sábado en brazos de hermosas y delicadas damitas. Seguramente estarán de regreso a medio día en busca de caldo de gallina de chacra, para levantar “al muerto”.
La atmósfera era de jarana y de una extensa tertulia vespertina; mientras tanto, Apac, García y Aguirre se enfrentan a un «cubilete» en la cantina de la China, una bella mujer de grandes cualidades, cuya atención era personalizada para los «visitantes», que llegaban hasta la altura del cementerio con la intención de disfrutar de una noche memorable en compañía de ella.
En el acto de andar y rememorar, encontramos a Vítocho Cabello, quien camina prácticamente siempre pensando en la promoción turística de su Panao histórico y de inmediato, a «boca de visitante», reveló un «guardado» de antaño, con un entusiasmo evidente ¡te cuento! «Hace años, viajar a Panao, especialmente en los años 70 u 80, consistía en dos días de viaje, uno de ascenso y otro de bajada, gracias a la tortuga del chino Faco Wong, un personaje icónico de la carretera», declaró.
Seguimos: «Cuando el chino Wong manejaba su audaz Ford 500, un camión mixto, percibía el silbido de algún pasajero que provenía de la cumbre del cerro o de la fuente elevada; de inmediato, frenaba abruptamente y detentaba la tortuga de su vehículo para aguardar a algún pasajero desesperado. Tras una prolongada espera de aproximadamente una hora, aparecía todo agitado, «demandando» disculpas por el «breve retraso», provocando el descontento de los pasajeros, que demandaban un viaje rápido.
En la mayoría de las ocasiones, viajaba un pasajero «acelerado», que demandaba proseguir con el viaje; Faco respondía de inmediato: «¿Tienes apuro?». ¡Sencillo, pequeño, «agarra un expreso» y te vas «volando», es tan sencillo! Y no me digas que estás «acelerado».
Para el chino Wong, los alimentos eran sagradas; de acuerdo con él, sigue las recomendaciones de su amada madre, quien le aconsejó: «¡Hijo, come a tu tiempo!» Esto te ayudará a prevenir la enfermedad. Por lo tanto, cuando viajaba, al llegar la hora del mediodía, precisamente a las 12 de la mañana, aparcaba su vehículo en plena carretera, apagaba el motor y levantaba el capote del antiguo Ford mixto, desde el cual emanaba un estruendo de humo, parecía que estuviera prendiendo fuego. Luego, extraía su «quipichado» de su fiambre y huevos de gallina, los freía encima del motor; después, colocaba un mantel claro de color blanco y se ponía a almorzar, delante de los curiosos transeúntes, quienes también sacaban sus alimentos para almorzar, ya todos estaban ingiriendo sus alimentos.
Minutos después, Faco “pedía” un “poquito” de comida a sus pasajeros expresando ¡todos debemos compartir, aunque sea un poquito!
Luego de almorzar placenteramente, el chino se deba una siesta de una hora dentro de su carro, previamente solicitaba a los presentes ¡por favor! Me despiertan dentro de una hora, hora puntual ¡por favor! Para llegar “temprano” y se ponía a roncar para la risa de los pasajeros.
Luego del “merecido” descanso de una hora Faco intentaba arrancar el motor, “reu, reu, reu” y no prendía; así, transcurría una hora más de espera, los pasajeros que ya le conocía estaba resignados a aguardar con “tranquilidad”; de tanto, “reu reu y reu” el motor del viejo Ford mixto “rugía” y arrancaba para la alegría de las personas, quienes viajaban “cómodamente” en el asiento “pullman” de madera cruzado y al finalizar el viaje, casi todos terminaban doblados, sin poder caminar.
Para recordar, los camiones mixtos, eran construidos para doble propósito, para trasladar cómodamente a los pasajeros; mientras; el otro para la carga y llevar carneros, chanchos, chivatos, papa entre otros.
Conseguir un asiento “pullman” de pasajeros con asiento de madera, era como sacar una lotería, porque tenía demanda, a pesar que las ventanas eran abiertas, el frio y la tierra eran fieles compañeros de viaje, algunas veces tenías que soportar el soroche de algún pasajero enfermo, quien requería de bolsitas. Como se fuera poco, el “perfume” que emanaba los chanchos. En fin, viajar así tenía su recompensa de visitar con alegría a la familia.
*Escritor, economista y abogado. Cel: 964759237 E-mail: rodriguezmasgo@gmail.com
Fotos: D.R. referencial.






