Promesas vacías, identidad perdida: la campaña ruge, la memoria calla

 

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

Subo al bajaj camino al trabajo, como tantas mañanas. Apenas arranca el motor, el conductor lanza la primera pregunta, con ese aire de sabueso y encuestador improvisado:

—Amigo, ¿por quién vamos a votar este domingo?

La pregunta queda suspendida en el aire, como si no fuera solo para mí, como si viniera repitiéndose de pasajero en pasajero, de ruta en ruta, desde hace días. Lo miro por un instante y me quedo en silencio. Pienso si ese chofer intrépido, que seguramente viene haciendo la misma pregunta a todos, habrá tenido tiempo de preguntarse algo más profundo: desde dónde se vota, qué se pone en juego cuando se marca una cédula, qué lugar ocupan en esa decisión la memoria, la identidad, el legado que nos sostiene.

O si, como ocurre tantas veces, el voto termina siendo apenas una reacción a la coyuntura, una respuesta apurada frente a lo inmediato, y no un acto consciente que nos compromete con la historia y con el futuro.

—¿Y usted ya sabe por quién va a votar? —le devuelvo la pregunta.

—No… yo solo le estaba preguntando a usted.

Sonrío, pero la sonrisa se apaga pronto. Algo se mueve por dentro, algo incómodo, como una certeza que no se quiere admitir del todo: que quizá estamos decidiendo sin mirar lo esencial, votando de espaldas a aquello que nos da forma, a aquello que nos nombra, a aquello que nos sostiene en el tiempo.

Y entonces la pregunta deja de ser del conductor.

La pregunta se vuelve nuestra.

A pocos días de las elecciones, cuando el ruido de la campaña se vuelve rutina y las promesas se repiten como ecos cansados, hay un silencio que inquieta más que cualquier discurso: el silencio de la memoria. Se habla de seguridad, de obras, de economía. Todo eso importa. Pero casi nadie habla de lo que somos. Como si la identidad no tuviera lugar en la decisión. Como si la historia no tuviera derecho a sentarse en la mesa donde se define el futuro.

Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a votar sin memoria.

Votar sin memoria no es solo olvidar fechas o nombres. Es olvidar el territorio que habitamos. Es no reconocer que bajo nuestros pies hay siglos de historia que aún respiran. Es no entender que en nuestras montañas, en nuestras lagunas, en nuestras calles, hay una herencia que no nos pertenece del todo, porque también le pertenece a quienes vendrán.

Allí están, sin decir una palabra, esperando ser mirados. En Shillacoto, en pleno corazón de la ciudad, un antiguo centro ceremonial sobrevive entre el ruido cotidiano, como si la historia respirara sin que nadie la escuche. Muy cerca, en Kotosh, las manos cruzadas siguen alzadas como una advertencia que atraviesa los siglos. En Huánuco Pampa, el viento recorre su inmensa plaza y rodea el ushnu como si aún custodiaran un orden que alguna vez sostuvo al mundo andino. En Tantamayo, los llamados “rascacielos” de piedra se aferran a la montaña desafiando el tiempo. En Lauricocha, la humanidad parece respirar todavía en la oscuridad de sus cuevas. En Garu, en Tinyash, en Atash, en Auquimarca, las piedras guardan formas de vida que no fueron vencidas por el olvido, sino por nuestra indiferencia. Y más allá, entre la neblina espesa de la ceja de selva, Huanacaure emerge como una joya escondida, resistiendo en silencio, como si esperara ser reconocida.

Todos ellos están allí.

Y, sin embargo, votamos como si nada de eso existiera.

Pero no es solo la piedra la que queda fuera de la decisión. También es la vida. En el Parque Nacional de Tingo María, la silueta de la Bella Durmiente se recuesta sobre un territorio que respira entre montañas y cuevas. En la Cueva de las Lechuzas, el vuelo de las aves se pierde en la oscuridad como un secreto antiguo. La catarata de Santa Carmen cae con la paciencia de los siglos, mientras la Laguna de los Milagros refleja un cielo que pocos se detienen a mirar. En la quebrada Las Pavas, el agua corre limpia, ajena al ruido humano.

Más allá, el Bosque de Carpish se envuelve en neblina, guardando una biodiversidad que el mundo reconoce y que aquí apenas se nombra. En Monte Potrero, en Jacintillo, en los manantiales que brotan sin pedir permiso, la vida sigue su curso sin discursos. Y en lo alto, en Pichgacocha, en Mancapozo, en esos paisajes donde el agua parece eterna, se sostiene un equilibrio que podría romperse sin que nadie lo note a tiempo.

Todos ellos están allí.

Y, aun así, votamos sin pensar en ellos.

Tal vez el problema no esté solo en los candidatos, que poco o nada dicen sobre este patrimonio que nos define. Tal vez también esté en nosotros, en la forma en que hemos aprendido a separar el voto de la memoria, el presente del pasado, el desarrollo de la identidad.

Pero un pueblo sin memoria no elige: repite.

Repite errores, repite olvidos, repite decisiones que nacen de la urgencia y no de la conciencia. Y en ese repetir constante, va perdiendo algo más profundo: el sentido de pertenencia.

Porque no se puede defender lo que no se conoce. No se puede cuidar lo que no se siente propio. No se puede elegir bien cuando no se sabe qué está en juego.

A días de las elecciones, la pregunta ya no es solo por quién votar. La pregunta es desde dónde hacerlo. Si será desde la prisa o desde la conciencia. Si será pensando únicamente en lo inmediato o también en lo que nos sostiene como pueblo.

Tal vez nadie nos lo diga en campaña. Tal vez no esté en los planes de gobierno. Pero eso no significa que no importe. Significa que nos toca a nosotros recordarlo.

Porque hay decisiones que no se anuncian, pero marcan.

Y cuando llegue el momento, cuando la cédula esté frente a nosotros, valdría la pena detenerse un instante. Recordar. Entender que no estamos eligiendo solo autoridades, sino también el lugar que le damos a lo que somos.

Porque si votamos sin memoria, el olvido también gana.

Y entonces, no serán las manos de Kotosh las que estén en silencio.

Seremos nosotros.

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