Por: Jorge Chávez Hurtado
La noche en que por fin logré entrevistar a Dante Jacobo Ramírez Mays, más conocido en los círculos literarios y en las sobremesas huanuqueñas como “El Apóstata”, comprendí dos cosas: que la perseverancia es una virtud cristiana… y que él hace rato que dejó de practicarla en ese sentido.
No fue fácil. Llamarlo era como intentar convencer a un gato de que se bañe por voluntad propia. Siempre había una excusa respetable: la docencia universitaria y los libros que no se escriben solos. Pero la insistencia, esa terquedad que en otros contextos llaman vocación, dio frutos. Y una noche, sin previo aviso del cielo ni del infierno, lo tuve frente a mí, en nuestra página virtual de De Cantos, Calles y Campos.
La conversación empezó a las nueve y media de la noche y se extendió hasta casi la medianoche. Una “bestialidad” de tiempo, como diría nuestro buen amigo Mito Ramos, que mide la duración de las cosas con la precisión de quien sabe cuándo una charla deja de ser entrevista y se convierte en confesionario… aunque sin absolución garantizada.
Jacobo apareció sin solemnidad, sin corbata y, lo más importante, sin filtros. Hablaba como escribe: con esa mezcla peligrosa de ironía, lucidez y una pizca de malicia que hace que uno no sepa si reír o persignarse. Y fue ahí, entre comentario y comentario, cuando soltó la primera bomba: había pasado siete años en el Seminario San Teodoro de Huánuco, con la firme intención de convertirse en sacerdote.
¡Siete años!
Uno escucha eso y piensa en disciplina, recogimiento, vocación. Pero Jacobo, fiel a su estilo, lo contó como quien recuerda un viejo amor que terminó en fuga. Porque en medio de rezos, salmos y teología, ocurrió lo inevitable: se enamoró. Y no de cualquier persona, sino de una joven religiosa que también se preparaba para consagrarse.
Ahí la historia ya no era de fe, sino de carne… y de decisiones prácticas.
Ambos renunciaron a sus votos antes de emitirlos, se casaron en la iglesia de Santa María del Valle y, como si el destino tuviera sentido del humor, quien los unió en matrimonio fue nada menos que el Padre Gacho, antiguo compañero de estudios teológicos. Es decir, pasaron de compartir reflexiones sobre el alma a firmar el acta del matrimonio. Una transición eficiente, si se me permite decirlo.
Hoy, Jacobo y su esposa viven en lo que él describe, y uno no duda, como un pequeño paraíso, en Las Pampas, distrito de Tomayquichua, provincia de Ambo: rodeados de plantas frutales, hierbas medicinales, café de su propio huerto, animales menores y un horno donde hornean pan los fines de semana. Al escucharlo, no pude evitar pensar que el hombre, que se hace llamar “El Apóstata”, terminó encontrando el cielo sin necesidad de morir… y, además, con pan caliente.
Pero Jacobo no se quedó en la anécdota. En algún punto de la conversación, como quien cambia de tema sin avisar, empezó a hablar de Dios. No del Dios de catecismo, ni del de las homilías dominicales, sino del “Dios de Spinoza”, ese en el que creía Albert Einstein: una entidad que no castiga ni premia, que no se mete en la vida de nadie, pero que se manifiesta en la armonía del universo.
—Yo tengo una religión cósmica —dijo, con una tranquilidad que habría puesto nervioso a más de un párroco.
Y uno, desde su casa en Huallayco, lo escuchaba y pensaba que ese giro no era de 360 grados, como él mismo sugería, sino de 180 bien calculados: del altar al huerto, del dogma a la contemplación, de la sotana imaginada al delantal del panadero de fin de semana.
La entrevista, para entonces, ya no era entrevista. Era una tertulia, una especie de catarsis compartida donde el periodista hacía preguntas por costumbre y el escritor respondía por placer. Y así, entre risas, silencios y alguna que otra provocación elegante, la conversación llegó a su fin.
Pero Jacobo no se despidió con palabras. Se despidió con un libro.
“Confesiones de Elena y otros relatos”, me dijo, y días después dejó un ejemplar en la cabina de Radio UNHEVAL, como quien deja una bomba de tiempo en manos de un curioso.
Y claro, lo leí.
Ahí encontré a Justina Huaynacuy, la famosa “beata del diablo”, ese personaje que parece haber sido creado para recordarnos que la vida no siempre respeta los reglamentos. Viuda joven, devota en apariencia, Justina es el tipo de mujer que reza más que las monjas, pero vive mejor que muchos santos.
Jacobo la construye con una maestría que da gusto: una mujer que empieza vestida de negro y termina vestida de experiencia; que pasa del recogimiento al descubrimiento de su propio cuerpo; que convierte la culpa en anécdota y el deseo en una forma de oración alternativa.
Lo fascinante no es lo que hace Justina, sino cómo lo hace. No hay culpa excesiva, ni tragedia, ni castigo divino. Hay humor, ironía, y una sinceridad que desarma. Cuando enfrenta al cura que la señala desde el púlpito, responde con una frase que debería estar enmarcada en más de una sacristía: el cuerpo también es obra de Dios.
Y ahí está la esencia de Jacobo: provocar sin gritar, cuestionar sin imponer, hacer reír mientras uno se da cuenta de que, en el fondo, le están moviendo el piso.
Al terminar el libro, entendí mejor al hombre que había entrevistado esa noche. El mismo que dejó el seminario, que encontró el amor donde no debía —o donde sí, dependiendo del punto de vista—, que ahora cultiva café y hornea pan, y que escribe historias donde la fe y el deseo no se pelean, sino que se miran con complicidad.
Porque, al final, Jacobo no es un apóstata. O tal vez sí, pero en el mejor sentido posible: alguien que se atrevió a salirse del libreto para escribir el suyo propio.
Y eso, en estos tiempos, ya es casi un milagro.







