Por: Jorge Chávez Hurtado
Conocí a Ever Vilca Medina en las aulas y pasadizos del Instituto Superior Pedagógico Marcos Durán Martel, allá en el segundo lustro de los años ochenta, cuando el país era un hervidero de preguntas y la juventud todavía creía que la inteligencia podía cambiar el destino de los pueblos. Ever no era un estudiante más. Había en su mirada una especie de claridad antigua, como si detrás de sus palabras respirara el rumor de muchas lecturas y muchas montañas. Era un joven que hablaba con soltura de economía, de historia, de filosofía; un muchacho que parecía caminar con una biblioteca invisible dentro del pecho. Mientras otros repetíamos ideas, él las pensaba.
Luego la vida —esa vieja maestra que a veces enseña con ternura y otras con golpes— nos llevó por caminos distintos y dejamos de vernos. El tiempo pasó como pasa el río Huallaga: llevándose nombres, voces, sueños. Años después volví a saber de Ever en una escena inesperada. Me dijeron que había emprendido un negocio, innovador para aquellos tiempos: un elegante módulo donde se vendían bebidas naturales tradicionales con una presentación que parecía dignificar aquello que siempre fue nuestro. Emoliente, maca, quinua, kiwicha, soya… preparados con una pulcritud que atraía a la gente como si allí se hubiera instalado un pequeño refugio contra el frío de la madrugada.
Una mañana lo vi en la puerta del Real Hotel. Una multitud rodeaba su módulo y los vasos humeaban mientras los clientes aguardaban su turno. Allí estaba Ever: cordial, locuaz, atento con cada persona que se acercaba, como si cada cliente mereciera algo más que una bebida caliente. Era el mismo joven reflexivo de las aulas, solo que ahora la vida había escrito en su rostro las lecciones del tiempo.
Tiempo después me contó su historia. Había viajado a los Estados Unidos con los sueños que miles de latinoamericanos llevan en la maleta invisible de la esperanza. Llegó con ilusión, pero la esperanza a veces tiene fronteras y policías. A los pocos días fue deportado por su condición de inmigrante ilegal. Muchos habrían regresado derrotados, con la mirada quebrada por la humillación. Pero Ever regresó con otra cosa: una idea. Me dijo que en esos pocos días en el país del norte entendió algo fundamental: que el emprendimiento no es solo dinero, sino dignidad organizada. Y entonces comprendió que aquello que en Huánuco se vendía de manera modesta —las bebidas tradicionales— podía convertirse en un acto de orgullo.
Hoy lo encuentro cada mañana en la esquina de los jirones Huallayco y 14 de Agosto, en mi querido barrio de Huallayco. A primera vista es solo un pequeño puesto de bebidas. Pero basta quedarse unos minutos para descubrir que allí ocurre algo más profundo. Porque Ever no solo sirve emoliente: sirve conversación, memoria y pensamiento. Mientras el vapor del emoliente se eleva en la madrugada fría, él habla de filosofía, de economía, de matemática, de literatura peruana y de la realidad nacional. Habla del Huánuco profundo con una precisión admirable. Nombra las cuencas del Marañón, del Huallaga y del Pachitea como quien nombra viejos parientes. Y uno escucha con la sensación de estar frente a un hombre que, sin toga ni tribuna, sigue siendo un maestro.
Ever nació el 26 de diciembre de 1957 en la estancia de Ninancocha, en la comunidad campesina de San José de Tashga, distrito de Choras, provincia de Yarowilca, hijo de Diógenes Vilca Santiago y de Isaca Medina Solórzano, campesinos de lengua materna quechua. Su infancia estuvo hecha de montañas, de trabajo y de silencios largos. Estudió sus primeros años en la escuela primaria de Choras y luego culminó la primaria en el Centro Educativo N.° 007, hoy Augusto Salazar Bondy. Más tarde ingresó a la Gran Unidad Escolar Leoncio Prado de Huánuco. El muchacho de la estancia soñaba con entender el mundo. Estudió Economía en la Universidad Nacional Hermilio Valdizán y luego Matemática en el Instituto Superior Pedagógico Marcos Durán Martel, pero por esas vueltas inesperadas del destino no llegó a obtener el título.
Sin embargo, la vida le ofreció otra universidad: la universidad de la madrugada, del esfuerzo y de la dignidad. Con la venta de bebidas tradicionales levantó a su familia con honor. Su hija Zolangel Lucía está en los últimos años de Medicina Humana; Marianela es ingeniera de sistemas; Maykol estudia en SENATI; y José es economista. Cada vaso de emoliente vendido en esa esquina lleva detrás una historia invisible de madrugadas frías, sacrificios silenciosos y esperanza obstinada.
Ever no se avergüenza de su oficio. Al contrario, lo ejerce con la serenidad de quien ha comprendido algo que el mundo moderno parece olvidar: que el trabajo honesto también es una forma de filosofía. Lee a César Vallejo, a Ciro Alegría, a Abraham Valdelomar, a José Carlos Mariátegui, a Eduardo Galeano, a José María Arguedas. Recuerda con gratitud a sus maestros Eduardo Flores, Patrón Contreras Vara, Delgado Bejar, Víctor Cuadros Ojeda, Alex Cabello Calixto, Javier Balarezo, Pedro Pajuelo Tarazona y Melanio Mallqui Masgo. Y habla con profunda emoción de su compañera de vida, Lucía Luna Cuellar, nacida en el distrito de Baños, a quien llama su amor inseparable.
Confieso algo que me duele decir. En mi brega periodística cada vez es más difícil encontrar ciudadanos con quienes conversar con profundidad sobre el país, la historia o el destino de nuestra sociedad. Antes era posible abrir un diálogo con profesionales o con hombres sencillos que pensaban el Perú con mirada crítica. Hoy esos ciudadanos parecen extinguirse lentamente. Pero Ever Vilca Medina sigue allí, en una esquina de Huallayco, vendiendo emoliente y conversando sobre Esteban Pavletich, Sócrates, Platón, Aristóteles, Descartes, Kant o Nietzsche como si fueran viejos amigos de la madrugada.
Cuando me despido de él, después de largas conversaciones que alimentan el espíritu tanto como sus bebidas alimentan el cuerpo, me alejo con un vaso caliente entre las manos. Pero siento que no solo he bebido emoliente. He bebido algo más profundo: la sabiduría silenciosa de un hombre que entendió que la grandeza no siempre está en los auditorios, ni en los diplomas, ni en los títulos colgados en la pared. A veces la grandeza está en una esquina humilde de Huallayco, en un pequeño módulo donde un hombre sirve bebidas tradicionales y donde, sin que muchos lo noten, todavía se enseña cada madrugada la más alta lección de la vida: que la dignidad también puede beberse.







