Por: Jorge Chávez Hurtado
Una lectura urgente en tiempos de campaña electoral
“Yo amo a esta cuatro veces centenaria ciudad mía… Por amarla tanto, me punzan en la carne y en el espíritu sus miserias y sus angustias.”
— Esteban Pavletich Trujillo, Autopsia de Huánuco (enero de 1937)
En enero de 1937, un huanuqueño decidió hacer lo que pocos se atreven: abrió el pecho de su tierra y la examinó sin complacencias. No fue un acto de odio. Fue un acto de amor feroz. Porque sólo quien ama con hondura soporta la tarea de nombrar las sombras.
Han pasado casi nueve décadas desde que Autopsia de Huánuco nos colocó frente al espejo. Hoy, mientras los altavoces de la campaña electoral repiten promesas y las sonrisas se multiplican en cada esquina, la pregunta vuelve a doler: ¿hemos cambiado de verdad o sólo hemos aprendido a maquillarnos mejor?
Huánuco elegirá tres diputados y un senador. Cuatro voces llamadas a representar la dignidad de un pueblo estratégico, fértil, puente natural entre la sierra y la montaña. Cuatro voluntades que deberían defender con firmeza el derecho de esta tierra a un desarrollo serio y sostenido.
Pero la experiencia reciente nos obliga a hablar sin eufemismos: nuestro peso político ha sido frágil. Nuestros representantes, en su mayoría, han pasado sin dejar huella profunda, sin convertirse en defensores decididos de los intereses regionales, sin construir una agenda que trascienda el cálculo inmediato.
En campaña, todos aman a Huánuco. Descubren a los pobres que siempre estuvieron allí. Se declaran distintos. Prometen valentía. Aseguran que no repetirán los vicios de la vieja política. Y, sin embargo, muchos postulan sin coherencia ideológica, bajo banderas de partidos o agrupaciones que han sido protagonistas de pactos oscuros, de vacancias traumáticas, de leyes que favorecieron intereses de grupo antes que el bien común.
No importa con quién se postule. Importa estar en la lista.
Y entonces la voz de 1937 vuelve a resonar.
Pavletich habló de apatía, de individualismo, de un ambiente hostil a la iniciativa creadora. Señaló la facilidad con la que el aventurero podía imponerse en una tierra que subestima a los suyos y sobrevalora al foráneo. Denunció el servilismo ante el poder y el gesto burlón frente al propio hermano.
¿No es inquietante la vigencia de esas palabras?
Seguimos celebrando al que habla fuerte, aunque su trayectoria sea débil. Seguimos desconfiando del talento local hasta que triunfa lejos y regresa consagrado. Seguimos esperando soluciones providenciales, como si la transformación dependiera de un nombre y no de una conciencia colectiva.
Pero sería injusto leer aquella autopsia como una condena eterna. En medio de la crítica, había propuesta. Industrializar, educar, crear bibliotecas, dignificar al maestro, formar técnicos, despertar el espíritu de trabajo. Forjar —decía— un hombre nuevo, hecho de iniciativa y perseverancia.
La primera victoria debía ser sobre nosotros mismos.
Tal vez allí radica la tarea pendiente.
Podemos cambiar de candidatos, de colores y de consignas. Podemos renovar el rostro del discurso. Pero si no cambiamos la manera en que elegimos, si no elevamos el estándar de lo que exigimos, el resultado será el mismo con distinta fotografía.
Huánuco no es una tierra pobre. Es una tierra mal defendida. Posee ubicación estratégica, riqueza natural y una identidad cultural poderosa. Lo que ha faltado no es potencial. Ha faltado carácter político sostenido, visión de largo plazo y unidad en torno a objetivos comunes.
No se trata de pedir perfección. Se trata de exigir coherencia. No se trata de sospechar de todo, sino de no creerlo todo. El amor verdadero no se proclama cada cinco años. Se demuestra en la trayectoria, en las decisiones difíciles, en la capacidad de decir no cuando el pacto compromete la dignidad.
Quizá el momento electoral no sea sólo una competencia de nombres, sino una prueba de madurez ciudadana. ¿Seguiremos votando por simpatía y resignándonos después? ¿O asumiremos la responsabilidad de evaluar con memoria, de contrastar discursos con hechos, de premiar la integridad antes que la conveniencia?
Pavletich confesó que amaba a su ciudad “dulce como el más dulce y añejo de los vinos”, y que por eso le dolían sus defectos. Ese es el tipo de amor que regenera: el que no se conforma, el que incomoda, el que exige superación.
Hoy, cuando los muros se cubren de afiches y el aire se llena de promesas, convendría recordar que ninguna elección resolverá mágicamente lo que no hemos decidido transformar como sociedad. Ningún diputado ni senador podrá suplir la ausencia de vigilancia ciudadana. Ningún discurso sustituirá el carácter colectivo.
Las campañas pasan.
Los carteles se desprenden con la primera lluvia.
Las sonrisas ensayadas se borran.
Pero la conciencia de un pueblo, cuando despierta, ya no vuelve a dormirse con facilidad.
Tal vez ha llegado el momento de concluir, por fin, aquella autopsia iniciada en 1937. No para seguir enumerando heridas, sino para comenzar el tratamiento. Porque Huánuco no necesita enamorados de temporada.
Necesita ciudadanos con memoria.
Necesita líderes con espina dorsal.
Necesita, sobre todo, que el amor deje de ser consigna y se convierta en responsabilidad.
Porque ningún pueblo cambia cuando cambian los nombres, sino cuando cambia su conciencia.






