Por: Joyce Meyzán Caldas*
Estefany tiene 32 años y un currículum académico que parece un rompecabezas armado a medias: un ciclo de Medicina Veterinaria en la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, otro en Educación Inicial en la misma casa de estudios, y luego el salto a Odontología en la Universidad de Huánuco. Ingresó en primer puesto a la universidad pública, figuró en el cuadro de honor de su colegio y fue, durante años, “la promesa” de su familia. Sin embargo, la competitividad, las limitaciones económicas, la pérdida del rumbo, no encontrar su vocación y la llegada inesperada de la maternidad interrumpieron cada intento. Hoy, cuando habla de su historia, sonríe con ironía: “sé un poco de todo”.
Su historia no es un caso aislado ni excepcional. Es, en realidad, el reflejo de un fenómeno cada vez más visible en nuestras universidades: estudiantes que cambian de carrera una, dos y hasta tres veces antes de los 25 años. Algunos logran reencontrarse y culminar; otros se quedan en una especie de pausa indefinida. Como docente universitaria, he visto ese tránsito de cerca: alumnos que llegan convencidos en marzo y que, al terminar el segundo ciclo, ya están preguntando por traslados internos.
Pero, ¿por qué ocurre esto con tanta frecuencia?, la respuesta más fácil es decir que “los jóvenes no saben lo que quieren”. Pero esa explicación simplifica un problema mucho más complejo. Cambiar de carrera no siempre es indecisión; muchas veces es la consecuencia de haber elegido mal desde el inicio.
En el Perú, la elección profesional ocurre demasiado temprano y con información limitada. A los 16 o 17 años, cuando aún estamos descubriendo quiénes somos, se nos pide decidir qué haremos el resto de nuestra vida. En teoría, existen orientaciones vocacionales. En la práctica, muchas se reducen a un test rápido o a una charla general. Pocos estudiantes conocen realmente la malla curricular completa, la carga académica real o las condiciones del mercado laboral.
He escuchado a estudiantes de primeros ciclos de Derecho decir que no sabían que tendrían que leer tanto. A ingresantes de carreras de salud sorprendidos por la intensidad de los cursos de ciencias básicas. A futuros comunicadores frustrados porque imaginaban más cámaras y menos teoría. La imagen idealizada de la profesión suele chocar con la rutina académica cotidiana.
En ciudades como Huánuco, además, interviene un factor cultural potente: el prestigio. Todavía pesa la idea de que ciertas carreras “valen más” que otras. Medicina, Derecho, Ingeniería o carreras de salud son vistas como sinónimo de éxito. Así, muchos jóvenes eligen pensando en el reconocimiento social o en la expectativa familiar. El problema aparece cuando el temperamento, las habilidades o los intereses no coinciden con la exigencia de la carrera.
Otro elemento que influye es la expansión de la oferta académica. Las universidades han diversificado sus programas y facilitan traslados internos. Esto, en principio, es positivo: permite reorientar el camino sin perder completamente el avance. Sin embargo, también normaliza el cambio constante sin una reflexión profunda. El mercado laboral también juega su papel. Las noticias sobre saturación en determinadas profesiones generan miedo. Un estudiante puede empezar una carrera con entusiasmo y, al escuchar que “no hay trabajo”, comenzar a dudar. La decisión deja de basarse en la vocación y pasa a sustentarse exclusivamente en la rentabilidad percibida. Cuando esa percepción cambia, la carrera también.
A esto se suma la experiencia universitaria misma. Los primeros ciclos suelen estar cargados de cursos generales que no siempre conectan al estudiante con la esencia de su futura profesión. Si en los primeros semestres no logra verse ejerciendo, la motivación disminuye. Y cuando la motivación cae, la pregunta aparece inevitable: “¿y si no es esto lo mío?”.
Cambiar de carrera no es, en sí mismo, un fracaso. De hecho, puede ser un acto de valentía. El problema surge cuando el cambio se convierte en patrón repetitivo, en una búsqueda permanente sin dirección clara. Cada traslado implica tiempo, dinero y energía emocional. No todas las familias pueden sostener múltiples intentos.
Aquí es donde la deserción aparece como consecuencia complementaria. Muchos estudiantes que cambian varias veces terminan abandonando. No porque no tengan capacidad, sino porque el desgaste acumulado —académico, económico y emocional— resulta insostenible. Lo que empezó como un ajuste vocacional termina en una salida silenciosa.
Desde mi experiencia en aula, creo que el foco debe ponerse en la prevención. Necesitamos una orientación vocacional más seria, sostenida y contextualizada. No basta con decirle al estudiante “sigue tu pasión”. Hay que mostrarle el día a día real de cada profesión, sus exigencias, sus límites y sus posibilidades. Las universidades podrían fortalecer programas de mentoría con estudiantes de ciclos superiores y egresados que cuenten su experiencia sin maquillaje.
También es urgente que las familias entiendan que el prestigio no garantiza realización personal. Un título admirado socialmente no compensa años de insatisfacción.
Cuando pienso en Stefanie, no la veo como alguien inconstante. Veo a una mujer que intentó varias veces encontrar su lugar sin contar con las herramientas adecuadas para decidir. Su historia debería invitarnos a cuestionar cómo acompañamos a nuestros jóvenes en una de las decisiones más importantes de su vida.
Cambiar de carrera puede ser parte del proceso de madurez. Pero cuando se vuelve constante y desorientado, revela fallas estructurales que debemos atender. Si queremos universidades más sólidas, no basta con abrir nuevas carreras. Necesitamos estudiantes que ingresen con mayor claridad y apoyo. Solo así dejaremos de ver trayectorias fragmentadas y comenzaremos a construir historias profesionales con sentido.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan







