Panao, la casa encantada

Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*

 

Una torrencial lluvia azota Panao (Pachitea); rayos, truenos y relámpagos desgarran la noche fría. Para mitigar el helado ambiente, la sagrada coca proveniente de Chinchao reposa extendida sobre la mesa, cubierta por un mantel blanco de algodón silvestre, finamente bordado con flores campestres en sus bordes. La acompañan su fiel shacta de “purito” aguardiente y el cigarro Inca, ofrendas destinadas a apaciguar los espíritus nocturnos.

Don Mario, afectuosamente llamado “Mañu”, patriarca de la familia, me recibe en el comedor junto a dos de sus hijos. La noche promete una tertulia prolongada en el interior de su imponente casona de gruesas paredes de tapial. La terraza, adornada con delicados arcos, ofrece vista privilegiada a un jardín exuberante donde las rosas, en su delicadeza, subyugan la mirada de quien lo contempla.

La casa se ubica a pocos kilómetros de Panao, en medio de un vasto terreno agrícola cuya producción —la bendita papa— ha sido el sustento familiar por generaciones. Son conocidos como “los paperos” de la loma.

Don Mañu, orgulloso de ser pañaco, bordea los sesenta años y goza de salud y prosperidad bajo la bendición de Taita Dios y el recuerdo permanente de su santa madrecita, doña Tomasa, quien partió a la eternidad hace muchos años.

Es julio, vísperas de fiestas patrias, en la década de los noventa. Me encuentro de visita familiar. Don Mañu, como siempre, luce elegante: terno oscuro, camisa blanca y sombrero de pana negro; su corte de cabello, hecho solo con tijera y navaja, completa su inconfundible estampa.

Como manda la costumbre, se sirve la primera rueda de copitas de shacta en señal de bienvenida. Antes del primer sorbo, se “invita” a la Pachamama y al cerro, en agradecimiento y petición de permiso. Luego, la rueda de aguardiente gira una y otra vez, animando y abrigando la noche.

La temible oscuridad es vencida apenas por la luz de una lámpara Petromax de gasolina, encendida al centro de la sala de piso machimbrado. El tiempo parece detenido. Afuera, la lluvia insiste; los truenos retumban haciendo vibrar el suelo y las macizas paredes.

De pronto, Don Mañu exclama:

—¿Qué haces afuera? ¡Debes estar adentro!

Apura un copón de shacta y comienza a narrar:

—Esta casa era de mi madrina Jeshuca. Era profesora, hija única. Su padre poseía grandes sembríos de papa. Cuando él murió, mi madrina quedó sola. Luego se casó y tuvo dos hijos, un varón y una mujer. Años después enviudó, quedando con sus pequeños. Fue entonces cuando contrató a una joven empleada, soltera y acomedida, llamada María. Buena moza, como toda pañaca; hermosa y trabajadora.

Hace una pausa y añade:

—María es mi madre. Trabajó desde jovencita con mi madrina Jeshuca; fue como su hija. Ella me hizo estudiar, me cuidó. No tuve padre; me desconoció y no quiso firmar mi partida de nacimiento. Llevo el apellido de mi abuelo con orgullo. Todo lo que soy se lo debo a mi madre. Estudié la primaria aquí en Panao, la secundaria en el colegio Leoncio Prado de Huánuco y luego la universidad en Lima. Soy profesional y padre de tres hijos.

La noche avanza al sabor del aguardiente. Cerca de la medianoche, la tertulia concluye y cada uno se dirige a su dormitorio. A mí me destinan una habitación en el segundo nivel, con ventana al inmenso valle. El piso de madera dura está lustrado. Casi de inmediato me duermo.

De pronto, siento un frío intenso. Me despierto, busco una frazada y me cubro. Escucho pasos en el corredor que se detienen frente a mi puerta. El silencio vuelve a reinar. En un duermevela, oigo pasos nuevamente, esta vez dentro de mi habitación. Enciendo una vela: no hay nadie.

—¿Será un sueño? —murmuro, mientras me persigno.

Apago la vela e intento dormir. Entonces escucho claramente una tos, el roce de una silla. El cuarto se vuelve una congeladora. Siento un leve jalón de la frazada; mi corazón late desbocado. Intento gritar, pero la voz no me responde. A los segundos logro reaccionar, enciendo dos velas y permanezco sentado en la cama hasta el amanecer.

Cuando escucho el canto del gallo y los primeros rayos de luz, una calma profunda me invade.

Horas después, todos estamos nuevamente reunidos en el comedor.

Por la tarde ocurre otro hecho extraño. Mientras tomamos un lonchecito, veo cómo una silla se mueve sin que nadie la toque. Un viento frígido susurra brevemente. La mesa está servida: café de huerta, panes de piso recién horneados que desprenden aroma a leña, un molde de queso listo para ser saboreado.

De pronto percibo la fragancia inconfundible de un perfume femenino.

—¡Llegó la abuela! —dice alguien.

Yo no veo a nadie. Sin embargo, acomodan una silla más y le sirven café.

—¿Dónde está la abuela? —pregunto.

Don Mañu responde con naturalidad:

—Solo llega su alma. Falleció hace muchos años. Cada luna nueva se siente su perfume y mueve la silla para avisar que está entre nosotros. Le gustaba su lonchecito… por eso le servimos.

Aprovecho para contar lo sucedido en la madrugada. La respuesta es simple:

—A la abuela le gusta molestar —dice uno de los hijos—. Era su alma.

Finalmente, el patriarca concluye:

—La abuelita es mi madrina Jeshuca. Vivía rodeada de tres gatos y dos perros. Antes de morir me hizo prometer que cuidaría a cada uno de sus animalitos hasta el final. En retribución me dejó esta casa. Cumplí mi palabra. Hoy seguimos rodeados de gatos y perros, como ella quiso. Mi hijo mayor continuará con la promesa. Esta casa será su herencia, como lo fue para mí.

Para mí, esta es una casa encantada, donde el alma de la abuela Jeshuca aún habita, rodeada de su ahijado Mañu, de sus nietos y bisnietos…

 

*Escritor, economista y abogado Cel.: 964 759 237 Correo: rodriguezmasgo@gmail.com Foto: D.R. referencial

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