Un título o grado extranjero no asegura el éxito

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Estudiar una carrera universitaria o un posgrado en el extranjero se ha convertido, para muchos peruanos, en el símbolo máximo del éxito académico. Las fotografías en aeropuertos, las bibliotecas europeas, los campus estadounidenses y los títulos en inglés parecen prometer prestigio inmediato y un futuro asegurado. Sin embargo, hoy quiero detenerme a mirar la otra cara de la moneda. Porque sí, estudiar fuera puede ser una experiencia transformadora, pero también puede convertirse en una decisión mal calculada si no se analiza con serenidad y estrategia.

Desde mi experiencia como docente universitaria, he visto sueños cumplirse en otros países, pero también he acompañado regresos cargados de frustración. Lo primero que debemos entender es que no toda universidad extranjera es sinónimo de excelencia. Así como en Huánuco, en Lima o en cualquier región del Perú existen universidades sólidas y otras que no alcanzan estándares adecuados, lo mismo ocurre fuera del país. La calidad no depende de la procedencia de la institución.

Existen rankings internacionales que ayudan a medir reputación académica, investigación, empleabilidad y salarios de egresados. Por ejemplo, el ranking MBA 2026 del Financial Times coloca en el primer lugar a la MIT Sloan School of Management, seguida por INSEAD y la escuela Wharton de la University of Pennsylvania. En el top 10 también figuran Harvard Business School, London Business School y HEC Paris. Los salarios promedio ponderados que se reportan en ese ranking superan los 200 mil dólares anuales e incluso se acercan a los 250 mil en algunos casos. Las cifras impresionan, sin duda.

Pero aquí surge la duda, ¿a cuál universidad exactamente está postulando el estudiante peruano promedio? Porque la mayoría no postula al MIT ni a Harvard. Muchas veces se trata de instituciones poco conocidas que, aunque están en el extranjero, no necesariamente ofrecen una calidad superior a una buena universidad peruana licenciada. El prestigio no se adquiere automáticamente por estar fuera del país. Se construye con investigación, acreditaciones, exigencia académica y trayectoria institucional.

A esto se suma el costo o inversión que es estudiar en el extranjero. No se trata solo de pagar una matrícula. Implica pasajes internacionales, visa, seguro médico obligatorio, vivienda —que en ciudades como Londres o Boston puede ser elevadísima—, alimentación, transporte y materiales académicos. En muchos países, además, las horas de trabajo para estudiantes internacionales son limitadas, lo que dificulta sostenerse económicamente. Si hablamos de un MBA de alta gama, el costo total puede llegar fácilmente los 100 mil dólares. Y aunque los rankings muestren salarios elevados al egresar, no todos alcanzan automáticamente esas cifras. El retorno de inversión dependerá del país donde trabajes, del sector, de tu experiencia previa y de tu red de contactos.

Y aquí aparece otro punto sensible: el regreso al Perú. Muchos estudiantes vuelven con un título o grado extranjero y descubren que el mercado laboral peruano funciona con dinámicas distintas. En varios sectores, las oportunidades no se consiguen únicamente por el nombre de la universidad, sino por experiencia local, posicionamiento previo y redes profesionales. Si pasaste dos años fuera, es posible que tu red se haya debilitado. Además, el reconocimiento oficial del grado obtenido en el extranjero implica un proceso administrativo adicional para que tenga validez legal en el país. No es automático. Un título internacional sin una estrategia clara puede terminar siendo un logro personal valioso, pero no necesariamente una ventaja competitiva inmediata.

También está la competencia global. Estudiar en instituciones como la MIT Sloan School of Management o la Harvard Business School implica compartir aula con algunos de los perfiles más preparados del mundo. El nivel de exigencia es alto, la presión académica es constante y el entorno es altamente competitivo. No todos están preparados emocional, académica o financieramente para ese ritmo. Y de eso casi no se habla.

A ello se suman los riesgos de instituciones no acreditadas o programas que prometen títulos rápidos con supuesta “validez internacional”. Cada año existen casos de estudiantes que invierten grandes sumas en programas que luego no pueden convalidar. La ilusión de estudiar fuera puede nublar el análisis riguroso que debería preceder cualquier decisión de esta magnitud.

Y, por supuesto, está el costo emocional. Alejarse de la familia no es solo una experiencia romántica de independencia. Implica soledad, adaptación cultural, barreras idiomáticas y la presión constante de no fallar porque la inversión fue demasiado alta. He visto estudiantes brillar en el extranjero, pero también he acompañado procesos de ansiedad y retornos anticipados.

Entonces, ¿vale la pena estudiar en el extranjero? Mi respuesta no es un sí automático ni un no categórico. Mi consejo como docente universitaria es que la decisión sea estratégica. Investigar rankings serios, verificar acreditaciones, analizar el retorno de inversión, proyectar el mercado laboral al que se quiere ingresar y tener claridad profesional. Estudiar fuera puede abrir puertas globales, ampliar horizontes y ofrecer oportunidades mejor remuneradas. Pero no es una fórmula mágica de éxito.

Más importante que el país donde estudias es la claridad con la que construyes tu camino. Porque el verdadero valor de un título no está en el idioma en que está impreso, sino en cómo lo conviertes en experiencia, liderazgo y aporte real a la sociedad.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzan

 

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