En busca de Pedro Sánchez Gavidia: una historia en medio del olvido

Por: Joyce Meyzán Caldas*

 

Hay memorias que no se activan con facilidad; habitan en un exilio voluntario, escondidas bajo capas de tiempo, indiferencia o ese miedo que se queda pegado a la piel después de la tragedia. Conocer a Pedro Sánchez Gavidia ha sido para mí un proceso lento, un caminar entre fragmentos y silencios prolongados. No se trata solo de reconstruir lo que ocurrió en aquel gélido enero de 1983 en Uchuraccay —Ayacucho— sino de rescatar todo lo que vino después: los años de olvido, las preguntas sin respuesta y ese vacío que, durante décadas, pareció no importarle a nadie más que a los suyos.

Como periodista, este camino fue cuesta arriba. Contactar a la familia de Pedro me tomó un esfuerzo casi testarudo, una persistencia que nació de la indignación al ver que no existían registros claros ni rastros visibles de su paso por nuestra tierra. Esa ausencia no es casualidad; es el síntoma de un país y de una región, como nuestro Huánuco, que a veces olvida demasiado pronto a quienes dieron la vida por el simple y sagrado acto de informar. Me resultó doloroso descubrir que, a pesar de tener un colegio que lleva su nombre, el desinterés y la desinformación siguen siendo una herida abierta. Pero en medio de esa bruma, logré dar con la verdad de un hombre que era mucho más que un mártir.

Pedro Sánchez Gavidia era sangre de Yanag, un huanuqueño que conoció la orfandad a temprana edad y que encontró en su hermano Rafael el refugio necesario para crecer. Lo imagino de niño caminando cerca de la iglesia de San Sebastián, estudiando en aquel centro escolar hoy extinto, antes de partir a Lima para terminar su secundaria en el Dos de Mayo. Fue allí, entre el bullicio de la capital, donde la fotografía se cruzó en su vida no como un oficio, sino como una extensión de su mirada social y ganas de expresarse mediante una imagen. Desde sus primeras fotografías en La Voz del Callao en 1966, Pedro entendió que su cámara era un arma de consciencia. No buscaba el encuadre perfecto para la estética, sino para la justicia; retrataba la faena campesina, la protesta y la dignidad de un Perú que la historia oficial siempre prefirió mantener fuera de foco.

Pero la historia se detuvo abruptamente el 26 de enero de 1983. Junto a otros siete compañeros y su guía, Pedro fue asesinado en Ayacucho. Se intentaron construir versiones oficiales, se cerraron expedientes y la impunidad se acomodó como una manta pesada sobre su nombre. Sin embargo, el reciente homenaje del Colegio de Periodistas de Huánuco me permitió algo que la frialdad de los archivos nunca logra: acercarme a la historia desde el calor de quienes la heredaron.

Conocer a Carmen Esther, María Elena y Juana Cristina Sánchez Becerra transformó mi investigación en algo personal. Frente a ellas, Pedro Sánchez Gavidia dejó de ser un dato histórico para convertirse en una ausencia que duele. Ya no era el mártir del Diario de Marka, sino el padre que la violencia les arrebató cuando la mayor ni siquiera cumplía los diez años.

Detrás de ellas está la sombra de una madre que, en medio del desconcierto y la soledad, logró levantar a mujeres fuertes. Sin embargo, ellas se sienten «historia incompleta». Sus recuerdos son apenas destellos, fragmentos borrados por el trauma y por ese miedo paralizante de preguntar qué pasó realmente en las alturas de Ayacucho. Hoy son mujeres que buscan en la mirada de otros las piezas del rompecabezas que el tiempo y el silencio les robaron.

Escuchar a Carmen fue como recibir una descarga de realidad que me oprimió el pecho. Ella me decía, con una melancolía que aún vibra, que mientras muchos empatizan con las familias, ella prefiere empatizar con su padre en sus segundos finales. Me hizo pensar en ese miedo inevitable frente a la muerte, en la certeza de saber que no volvería a ver a sus hijas, y en cómo su último pensamiento debió ser, irremediablemente, para ellas. Esa idea estremece cualquier lógica periodística; nos devuelve a lo humano, a lo íntimo, a lo que verdaderamente duele.

En este encuentro, también descubrí que la sangre tiene una fuerza que no conoce de ausencias. Se presentó un documental profundamente emotivo realizado por Luis Ángel Camacho Sánchez, el nieto de Pedro. Al verlo, comprendí que los genes no se hurtan. Luis Ángel, una joven promesa del audiovisual, está tomando el relevo de un abuelo que no pudo conocer pero que lo habita. Es fascinante y conmovedor ver cómo la inspiración ha hecho que la familia repita estos patrones, buscando la verdad a través del lente, como si Pedro estuviera dictando los encuadres desde el otro lado del tiempo.

Hoy, al cerrar este capítulo de mi investigación, reflexiono sobre el periodismo, ese oficio tantas veces ingrato y mal pagado. Me vienen a la mente las palabras del gran Chema Salcedo: quien quiera ser millonario o una estrella de televisión, que no busque aquí. El periodismo es pasión, es una garra que te quema por dentro, es la dedicación absoluta que tuvo Pedro y que hoy sirve de inspiración transformadora.

La memoria de Pedro Sánchez Gavidia no puede reducirse a discursos de ocasión. Debe ser un ejercicio vivo de conciencia histórica. Como dice aquel poema dedicado a Uchuraccay: ellos no murieron de muerte, murieron de vida. La palabra quedó herida, sí, pero persiste. Y mientras sus hijas sigan contando su historia y sus nietos sigan capturando el mundo con una cámara, Pedro seguirá rugiendo como el león huanuqueño que es. Porque el silencio, al final del día, es también una forma de violencia, y el compromiso es no callar jamás su nombre.

 

*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.

@joycemeyzn

 

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