Consolidar una auténtica identidad huanuqueña

Por: Roger Rondón Bardón

 

Un sinnúmero de rasgos, características y usos sociales compartidos como pueblo, colectividad o comunidad nos definen y diferencian frente a otras colectividades, al margen de prejuicios sociales, raciales o étnicos que, lamentablemente, aún perviven de manera soterrada. Estos rasgos comunes, con sus naturales variantes, nos convocan a consolidar y fortalecer una identidad auténtica, más allá de banderías, símbolos o himnos que en lugar de unir pueden separar, ponderando aquellos aspectos que, mal encauzados, podrían conducirnos a procesos de fragmentación social, como ocurrió en su momento en la ex Yugoslavia.

A lo largo y ancho de nuestro país, la identidad regional se ha ido forjando año tras año. Tal es el caso de la Festividad de la Virgen de la Candelaria en Puno, capital del folclore peruano, caracterizada por la majestuosidad de sus danzas multicolores como la Diablada, la Cullahuada y la Morenada, expresiones que hace más de cincuenta años se presentaron en el Teatro Bolshói de Moscú. De igual modo, el Huaylarsh o Huaylas del Valle del Mantaro, baile emblemático declarado Patrimonio Cultural de la Nación, así como la Tunantada y otras danzas, representan de manera inequívoca la identidad de los pueblos que las gestaron.

La identidad, entendida como un proceso dinámico de construcción y evolución social, se ha edificado también sobre la base de movimientos arquitectónicos, pictóricos, musicales y escultóricos. Un ejemplo emblemático es el surgido en Medellín, Colombia, a partir de la obra del escultor Fernando Botero Angulo, cuyo estilo dio origen al denominado Boterismo, caracterizado por la exaltación volumétrica de figuras humanas, animales y objetos. Este movimiento artístico se ha convertido en un sello identitario de la ciudad y, a nivel internacional, en un referente cultural de Colombia, impulsando una notable expectativa turística mundial, complementada por diversas manifestaciones artísticas, musicales y folclóricas.

De manera similar, el modernismo catalán impulsado en Barcelona, España, por el arquitecto Antoni Gaudí, maestro de la geometría, el volumen y la forma, promovió una poderosa corriente cultural identitaria. Obras como la Basílica de la Sagrada Familia, monumento colosal que atrae a millones de visitantes, consolidaron un movimiento arquitectónico, pictórico y literario que hoy constituye la esencia misma de la identidad barcelonesa.

En Huánuco, la hermosa danza de los Negritos, sentimiento que se baila y se vive, se encuentra profundamente impregnada en nuestro ADN cultural. Esta expresión coreográfica, dancística y musical, declarada Patrimonio Cultural de la Nación, constituye uno de los pilares más sólidos de nuestra identidad regional. La cofradía negrera, conformada por personajes magistralmente logrados desde la época colonial —como el Corochano o Curuchano, el Turco, la Dama, los abanderados, los caporales y los pampas—, acompañados por sus ayudantes llamados Gatillines o Gatiyines, danza al compás de una afinada banda de músicos. Cada cuadrilla participa durante tres días y, en la jornada final de despedida o Ayhuallá, despojados de su indumentaria, se despiden hasta el año siguiente.

Esta manifestación artística ha expandido su influencia en ciudades y pueblos de las tres hoyas hidrográficas del Huallaga, Marañón y Pachitea, evidenciando el profundo impacto cultural de esta expresión que se inicia antes de la Navidad y se prolonga hasta el 20 de enero, fecha que marca el inicio de los carnavales, bajo el auspicio del santo patrono San Sebastián.

Desde hace algún tiempo, la festividad de los Negritos de Huánuco se ha venido constituyendo en una atracción cultural incontrovertible. Hoy, las cuadrillas bordean las doscientas, y junto a sus respectivos mayordomos dan cuenta del arte culinario huanuqueño, representado por platos emblemáticos como la Pachamanca huanuqueña —de preparación distinta a la de otras regiones—, el locro de dos colores y el picante de cuy, acompañados de la tradicional chicha de jora o chicha morada, sin olvidar las infaltables “chelas” y el incomparable aguardiente conocido como “shacta”.

Nuestras mayores fortalezas para el afianzamiento de la identidad regional hunden sus raíces en el fenómeno artístico del Baile de los Negritos, verdadera piedra angular de la identidad huanuqueña. Sin embargo, resulta necesario advertir que esta expresión cultural viene sufriendo procesos de deformación y distorsión, visibles en la indumentaria, la música y las mudanzas. Se impone, por ello, la urgente necesidad de crear un ente rector que, con conocimiento y sabiduría, oriente, corrija y preserve la autenticidad de este baile, incorporando además el valioso folclore provinciano, en especial el de Huamalíes, que alberga innumerables y notables expresiones artísticas.

A estos elementos culturales deben sumarse otras valiosas contribuciones humanas que honran a Huánuco en diversos campos del saber y la creación. Figuras como el músico Daniel Alomía Robles, el físico y matemático Dámaso Beraún, el médico psiquiatra Hermilio Valdizán, la poetisa Amarilis, el político Esteban Pavletich, así como el héroe Leoncio Prado Gutiérrez, símbolo de la valentía y la “macheza” huanuqueña en los campos de batalla, engrandecen nuestro legado histórico. Del mismo modo, resultan imprescindibles los aportes de José Varallanos, historiador insigne, y de Augusto Cárdich, arqueólogo y descubridor del Hombre de Lauricocha.

Existen, pues, fundamentos sólidos y suficientes para plantear, con convicción y responsabilidad, la construcción y el fortalecimiento de una auténtica identidad huanuqueña, sustentada en su historia, su arte, sus tradiciones y, sobre todo, en el orgullo consciente de su pueblo.

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