Carpish se llevó a mis padres y me dejó huérfana

Por: Fortunato Rodríguez y Masgo*

 

El valle del Huallaga se envolvía en una tenue neblina. La madrugada traía consigo un amanecer friolento; era temporada de heladas. El cielo, completamente estrellado, y el ambiente, lleno de tranquilidad. Solo se escuchaba el sonido angelical del trinar de las avecillas, traviesas todas ellas, que deambulaban de árbol en árbol en las aromáticas huertas de las románticas y añejas casas de enormes paredes de tapial, puertas macizas de viejo cedro, ventanas con rejas de fierro fundido y techos a dos aguas, al estilo andino, cubiertos de tejas de arcilla roja quemadas en hornos de leña. Estas viviendas se encontraban en Punchao–Huancapallac, en las estrechas callecitas de la tradicional ciudad de Huánuco.

Era agosto, mes festivo para nuestra santa tierra huanuqueña. Faltaban pocos días para celebrar un aniversario más, y el pueblo se preparaba para participar activamente en las celebraciones, especialmente para acudir a Puelles durante la víspera nocturna y continuar al día siguiente bajo los improvisados toldos.

Mientras tanto, la familia Cáceres vivía momentos de absoluta felicidad. Disfrutaban días inolvidables junto a su única hijita, Rosi, nacida en abril de 1952. Era la engreída del hogar. Su padre, Luchito, era capitán del Ejército, y su madre, Meche, se dedicaba con esmero a los quehaceres del hogar.

Días antes se había oficializado el bautismo de Rosita para el 7 de agosto de 1952, a las 7 de la noche. Los padrinos designados eran el doctor Mares y su hermosa esposa. Todo estaba listo: el párroco de la iglesia La Merced ya había separado el salón para la ceremonia y hasta había cambiado el agua bendita de la pileta. La orquesta ensayaba los últimos ritmos de moda; el padre alistó su impecable uniforme militar de oficial de Infantería; doña Mechita mandó a confeccionar un elegante vestido sastre, y para la engreída Rosi llegó desde Lima una exclusiva ropita. En fin, todo estaba preparado.

Pero algo sucedió, quizá por un capricho del destino. El capitán Lucho, su esposa Meche y la tía Victoria —hermana del padre— decidieron viajar a Tingo María y regresar por la tarde para llegar a tiempo al bautismo, programado para las siete de la noche. Como era un día soleado, casi veraniego, emprendieron el viaje en la madrugada del 7 de agosto.

Conducía el vehículo don Luchito, quien conocía bien la ruta. El trayecto transcurría con normalidad; conversaban y admiraban el paisaje del valle del Huallaga. Al llegar a la zona de Acomayo sintieron frío, se abrigaron, tomaron un poco de café caliente y continuaron el viaje. Al alcanzar lo alto de la montaña, se encontraron con el temible túnel de Carpish, totalmente cubierto por una espesa neblina que dificultaba la visibilidad.

Eran aproximadamente las ocho o nueve de la mañana cuando el capitán Lucho salió del túnel de Carpish e inició el descenso hacia la bella ciudad de Tingo María, acompañado de su amada esposa Mercedes y su estimada hermana Victoria. En una de las caprichosas curvas cerradas, el vehículo se precipitó al abismo. En cuestión de segundos desapareció, como si la montaña se lo hubiera tragado. No se escucharon gritos ni pedidos de auxilio. Todo fue rápido lleno de misterio.

Quienes presenciaron el accidente intentaron auxiliar, pero el terreno agreste lo hacía imposible: un barranco cubierto de maleza. De inmediato se dio aviso al puesto policial de Acomayo. Se organizaron brigadas de rescate, y antiguos colonos de la zona, conocedores de la montaña, se adelantaron con machetes para abrir camino. El descenso era sumamente peligroso; la naturaleza enmarañada se convertía en una trampa mortal. El terreno, un “oconal”, estaba lleno de agua y lodo.

Tras varias horas de arduo trabajo, hallaron el vehículo completamente destrozado. Al avanzar unos metros más, ubicaron los cuerpos sin vida del capitán, su esposa Meche y su hermana Viki. Los tres habían fallecido instantáneamente debido a la profundidad del abismo y al impacto brutal.

Por la tarde, los cuerpos fueron trasladados a la morgue del cementerio de Huánuco, a la espera de la necropsia de ley. La noticia se propagó como reguero de pólvora por toda la ciudad, y al anochecer ya era conocida por toda la colectividad.

La casa que estaba preparada para celebrar el bautismo se convirtió en velatorio. El dolor y el llanto invadieron a la familia. Mientras tanto, Rosi, con apenas cuatro meses de edad, ya huérfana de padre y madre, esperaba sin comprender las caricias que nunca llegarían.

Luego del sepelio, se generó una discusión familiar sobre el futuro de Rosita. Finalmente, se decidió entregarla al cuidado de un tío por la línea materna, quien la crio con cariño y calor familiar. Con los años, Rosi se convirtió en una mujer delicada y hermosa; contrajo matrimonio y llegó a ser madre de hijos maravillosos, hoy exitosos profesionales.

Así transcurrió la vida de Rosi, quien expresa con profunda emoción:
“La montaña de Carpish se llevó a mis padres, dejándome huérfana con apenas cuatro meses de nacida”.

En memoria de ellos, se colocaron tres cruces en la curva donde se precipitó el vehículo que conducía su padre, Lucho. Años atrás aún podían verse; hoy ya no están, pero ella los recuerda con el corazón: “Aunque no los conocí, los siento espiritualmente. Siempre están conmigo, me cuidan y me protegen; son mis ángeles guardianes”.

Rosi recuerda también que, al cumplir diez años, fue bautizada tal como lo habían decidido sus padres en vida. Sus padrinos fueron el doctor Mares y su esposa, y la ceremonia se realizó en la iglesia La Merced, tal como estaba previsto el 7 de agosto de 1952.

Así, la vida cambió abruptamente: de la alegría a la tristeza, del bautismo al velorio, de ser hija única para quedar huérfana, estar completamente sola en el mundo.

Cabe preguntarse si el destino de Rosita ya estaba trazado, si la muerte accidental de sus padres era inevitable. Solo Dios lo sabe. Hoy, una vez más, Carpish —el “auquish” (viejo) sediento de sangre— parece salir en busca de personas indefensas para tragarlas en sus entrañas y devolverlas sin vida, para luego llorar toda una existencia.

 

*Escritor, economista y abogado
Cel.: 964 759 237, E-mail:
rodriguezmasgo@gmail.com

Foto: D.R. referencial.

Leer Anterior

José Jerí presenta avances en seguridad ciudadana tras tres meses de gestión

Leer Siguiente

Ya no será la Noche Blanquiazul, el partido ante Inter de Miami será a las 5:00 p.m.