Cuidar el alma de la danza: Osmider Herrera y los Negritos de Huánuco

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

Hay tradiciones que no se defienden gritando.
Se defienden pensándolas.

Mientras la Danza de los Negritos de Huánuco avanza, como cada año, desde el 24 de diciembre hasta el 19 de enero, con su carga de fe, música y memoria, una pregunta vuelve a latir con fuerza en medio de la fiesta: ¿estamos cuidando su esencia o la estamos empujando, sin darnos cuenta, hacia la deformación?

La pregunta no nace del escándalo ni del oportunismo. Nace de la reflexión. Y esta vez llegó desde la voz serena y autorizada de Osmider Herrera Doria, sociólogo, docente universitario, director y fundador del Elenco de Danzas de la Universidad de Huánuco, director coreográfico durante quince años de la Cofradía de Negritos Chacón el Beaterio, danzante en su momento, actual presidente de la Asociación Cultural Virgen de la Asunción y uno de los estudiosos más rigurosos de las danzas de Huánuco y del Perú.

En su primera entrevista del año, concedida a la página Cultura Viva de Tu Diario Huánuco y al programa El Mundo a las Seis de Radio UNHEVAL, Osmider no habló desde la nostalgia vacía ni desde el púlpito del “todo tiempo pasado fue mejor”. Habló desde el conocimiento y desde la identidad. Y eso se nota.

Su preocupación, expresada primero en un extenso y documentado texto publicado en su Facebook, gira en torno a la tergiversación de algunos elementos indumentarios y escénicos de la Danza de los Negritos de Huánuco, declarada Patrimonio Cultural de la Nación. Pero su postura no es cerrada ni dogmática. Al contrario: reconoce que, como todo arte vivo, la danza ha ido incorporando elementos con el paso del tiempo, tanto en la vestimenta como en las entradas, mudanzas y salidas.

“La danza es un arte plástico”, sostiene. Y como tal, no puede congelarse. Pretenderlo, advierte, sería caer en cucufaterías y conservadurismos innecesarios que terminan ahogando aquello que dicen proteger.

Sin embargo, aceptar la evolución no significa permitir el desorden.

Osmider nos recuerda que la víspera de los Negritos no es un simple preámbulo festivo, sino un ritual cuidadosamente estructurado: la reunión de cuadrillas en casas y barrios, las arengas, la salida alrededor de las cinco de la tarde, el recorrido danzado por la ciudad, la misa en honor al Niño Jesús, la adoración dentro del templo, las mudanzas en el atrio y, luego, el festejo comunitario con chicha de jora, guarapo, empanadas, chochos y ese locro de gallina que hoy ya casi no aparece.

Cada gesto tiene un sentido.
Cada personaje, una razón de ser.

Por eso duele y preocupa cuando se introducen elementos que no dialogan con la naturaleza urbana de la danza o que provienen de otros contextos culturales sin el debido sustento. El caso de los ponchos rurales, por ejemplo, no es un detalle menor. No se trata de despreciar su valor ancestral, sino de entender que no todo cabe en todo. La Danza de los Negritos tiene un lenguaje propio, una lógica histórica que no admite cualquier injerto.

Lo mismo ocurre con los gatilines, esos personajes silenciosos y fundamentales, los que no brillan, pero sostienen. Los que cuidan, acompañan, resuelven. Los que, como explica Osmider con apoyo etimológico y lingüístico, no tienen nada que ver con gatos, sino con la idea ancestral de seguir, asistir, permanecer. Ellos también son danza. Ellos también son memoria.

Escuchar a Osmider Herrera es, en realidad, escucharnos a nosotros mismos cuando todavía somos capaces de pensar la fiesta sin destruirla. Su reflexión llega en un momento clave, cuando la danza está viva en las calles, cuando el ruido puede tapar la conciencia, cuando el exceso amenaza con imponerse sobre el sentido.

Esta no es una voz contra la fiesta.
Es una voz por la fiesta.

 Una invitación a cuidar, respetar y salvaguardar la esencia de lo nuestro sin miedo al debate, sin miedo a corregirnos, sin miedo a decir que no todo vale, aunque esté de moda o arranque aplausos.

Porque las tradiciones no mueren de un día para otro.
Mueren cuando dejamos de pensarlas.

Y quizás, solo quizás, todavía estamos a tiempo de escuchar a quienes, como Osmider, no bailan para figurar, sino para que la danza siga teniendo alma.

Quizás por eso esta reflexión importa tanto hoy. Porque la Danza de los Negritos no se juega solo en las calles ni en la algarabía del momento, sino en lo que dejamos como herencia. Algún día, entre diciembre y enero, un niño verá pasar la cuadrilla mientras va tomado de la mano de su padre. Escuchará la música, mirará los cotones, sentirá la emoción sin saber todavía por qué. Y preguntará. Siempre hay un niño que pregunta.

Si ese día no sabemos responderle con claridad, con sentido y con verdad; si ya no podemos explicarle por qué se danza, a quién se honra y qué se respeta, entonces la danza habrá empezado a vaciarse, aunque siga sonando la música y aunque la fiesta continúe.

Por eso escuchar hoy a quienes piensan la tradición, a quienes ya no danzan, pero siguen cuidando el alma de la danza, no es un gesto académico ni un capricho intelectual. Es un acto de responsabilidad. Porque las tradiciones no se pierden cuando dejan de bailarse, sino cuando dejan de entenderse.

 Y todavía estamos a tiempo.

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