Por: Joyce Meyzán Caldas*
Iniciar un nuevo año siempre trae consigo una atmósfera de renovación; una mezcla de expectativas, promesas silenciosas y decisiones que parecen urgentes. Para miles de jóvenes que acaban de cerrar su etapa escolar, una de esas decisiones se impone con una fuerza abrumadora: elegir qué carrera estudiar. Como docente universitaria, cada inicio de ciclo académico me confirma que este proceso sigue estando cargado de dudas, presiones y miedos que pocas veces se dicen en voz alta. Por eso, este primer artículo del año quiero dedicarlo a quienes hoy están en la encrucijada de postular, pero también a las familias y al sistema educativo que los rodea, pues la elección profesional no es un evento aislado, sino el resultado de un ecosistema que debe aprender a acompañar mejor.
En un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa, la elección de una carrera no debería ser un acto automático ni una respuesta apresurada al calendario de exámenes de admisión. Sin embargo, en la práctica, observamos que muchos jóvenes deciden más por el temor a “perder el año” que por una verdadera convicción personal. Vivimos en una sociedad que premia la velocidad sobre la dirección, convirtiendo la educación superior en una carrera de obstáculos donde llegar primero parece más importante que saber hacia dónde se está yendo. Muchos egresados eligen empujados por frases que se repiten: “esa carrera tiene futuro”, “eso deja dinero” o “eso estudió tu primo y le va bien”. El problema fundamental no es escuchar consejos, sino elegir sin cuestionarlos, asumiendo verdades ajenas como propias sin pasar por el filtro del autoconocimiento.
A lo largo de los años, he visto estudiantes con grandes capacidades académicas sentirse profundamente desmotivados porque descubrieron —ya sentados en las aulas universitarias— que la carrera que eligieron no conectaba con su propósito ni con sus habilidades naturales. No fallaron por falta de talento, sino por no haberse permitido un espacio de reflexión profunda antes de matricularse. Debemos entender que elegir una carrera no es solo escoger un conjunto de materias para estudiar durante un lustro; es, en esencia, imaginar cómo quieres vivir, cómo quieres servir a los demás y cómo deseas crecer como ser humano durante las próximas décadas. Este inicio de año coincide con los procesos de admisión en nuestra región y ciudades como Huánuco. Universidades como la UNHEVAL y la UDH ya han anunciado sus exámenes para este 2026 y, naturalmente, la atención colectiva está puesta en el ingreso. Si bien la preparación académica es fundamental para superar los estándares de evaluación, no debería ser el único enfoque de los jóvenes.
Ingresar a la universidad es un logro significativo, pero no garantiza la satisfacción ni el éxito a largo plazo si la elección se hizo desde la desinformación o la presión social. Es necesario que los postulantes miren más allá del examen. Aquí aparece una tensión que vale la pena nombrar: la vocación frente a la realidad laboral. Históricamente, se nos ha dicho que debemos “seguir nuestros sueños”, pero pocas veces se nos explica cómo esos sueños dialogan con un mercado de trabajo que, en este 2026, está profundamente marcado por la inteligencia artificial, la automatización y la globalización de servicios. Hoy, elegir una carrera no significa elegir un destino fijo e inamovible, sino aceptar que el camino profesional será dinámico y cambiante. Muchas profesiones actuales exigen una especialización constante, dominio de herramientas digitales, idiomas y, sobre todo, una enorme capacidad de adaptación. La vocación no es una línea recta, es una brújula que nos permite navegar en un mar que siempre está en movimiento.
No podemos ignorar el rol determinante de la familia en este proceso. En regiones como la nuestra, las decisiones profesionales no suelen ser individuales, sino profundamente familiares. Padres y madres proyectan sus propias expectativas, miedos y, en muchos casos, sus sacrificios económicos en la elección de sus hijos. Entender esto no significa justificar la imposición, pero sí reconocer que el diálogo intergeneracional es indispensable. Acompañar no es decidir por el otro, y apoyar no debería significar presionar bajo la premisa del agradecimiento. El apoyo real consiste en brindar un espacio seguro donde el joven pueda expresar sus dudas sin ser juzgado. Cuando un hijo elige una carrera solo para complacer a su entorno, se siembra la semilla de una frustración que afectará no solo su rendimiento, sino su salud mental.
Existe aún una brecha preocupante entre el colegio y la educación superior. Muchos estudiantes egresan sin una orientación vocacional real, desconociendo las diferencias entre las facultades o las alternativas formativas más cortas. Es imperativo decir con claridad que la universidad no es el único camino hacia el éxito y la profesionalización. Los institutos técnicos y tecnológicos siguen siendo una opción subestimada, cuando en realidad ofrecen formación especializada, menor tiempo de estudio y una rápida inserción laboral que el mercado actual demanda con urgencia. Para muchos jóvenes, esta alternativa es más coherente con su contexto económico y sus objetivos de vida inmediatos. A todo esto, se suma la carga emocional de la postulación, a menudo marcada por la ansiedad y el miedo al fracaso. Muchos jóvenes viven el examen de admisión como una prueba de su valor como personas, cuando en realidad es solo una evaluación académica en un momento específico de sus vidas.
No ingresar a la primera oportunidad no define la inteligencia ni el futuro de nadie, pero como sociedad insistimos en tratarlo como una derrota definitiva. Elegir carrera también implica aceptar que equivocarse es parte del aprendizaje humano. Cambiar de opinión, redirigir el camino o complementar la formación con otras disciplinas no debería ser visto como un fracaso, sino como una muestra de valentía y honestidad consigo mismo. Lo verdaderamente preocupante no es postular varias veces, sino permanecer años en un lugar que no te representa o en una profesión que apaga tu curiosidad.
*Comunicadora, docente universitaria y periodista digital.
@joycemeyzan






