Don Gerardo Taboada: cuando Huánuco tenía alma de acequia y vecinos de corazón

Por: Jorge Chávez Hurtado

 

Era el tiempo de la vieja escuela 32006, la célebre Cruz Blanca, donde aprendí las primeras letras y los primeros desvelos del alma. Allí estudié hasta cuarto grado de primaria. Tenía como maestra a la profesora Alicia, mujer de paciencia infinita y voz dulce como canto de misa. Y como primer director, al profesor Salvador Salas, aquel hombre severo que aplicaba el látigo sin vacilar a los muchachos más intrépidos, los que pecaban de desobediencia o se demoraban en volver del recreo.

Pero la escuela, más que disciplina, era vida. Al salir, corríamos por el Jr. Pedro Barroso, hacia una casa antigua de la familia Estrada Flores, de esas con alma de adobe y techo a dos aguas, donde la dueña, doña Antonia, generosa como pocos, nos convidaba chirimoyas frescas. Aquel sabor —mezcla de fruta, amistad y libertad— todavía vive en mi memoria. Era la recompensa de cada jornada. Con la chirimoya en mano, emprendíamos el camino de retorno a casa por el Jr. San Martín, donde discurría una acequia, y que —según contaban los huanuqueños del ayer— sus aguas nacían del río Higueras, bajaban por la parte alta del Jr. Independencia, cruzaban lo que hoy es el parque Tabaco, seguían por el Jr. San Martín y desembocaban en la quebrada de Las Moras, hasta entregar finalmente su cauce al río Huallaga.

Esa acequia era el alma de la ciudad. Sus aguas servían para regar las plantas frutícolas, los cafetales y los huertos del Huánuco antiguo. En el lugar donde hoy se levanta el grifo Raulito, existía entonces la Hacienda Rumichaca, propiedad de don Juan Berrospi, donde se destilaba caña de azúcar. Parte del cauce de la acequia movía su trapiche, alimentaba el destilador y regaba las tierras que hoy ocupa el colegio Las Mercedes.

En esa geografía de infancia conocí las figuras señeras del barrio. En el Huallayco inolvidable, especialmente en la cuadra 16, vivían don Julio Jump y don Gerardo Taboada Rodríguez, dos vecinos visibles, respetados, que formaban parte del pulso humano del barrio de mi escuelita.

Recuerdo a don Gerardo con especial afecto. Caminaba con paso sabio, mirada fija y profunda, espíritu emprendedor y corazón noble. Su tienda era un lugar de encuentro: allí se conversaba, se reía, se aprendía. Era una tienda de abarrotes y licores, de las clásicas, que aún hoy mantiene su fisonomía de antaño, como si resistiera el paso del tiempo por respeto a su dueño.

Por su mostrador pasaban viajeros, transportistas, comerciantes y agricultores que llegaban desde los valles del Huánuco profundo: San Sebastián de Quera, Conchumayo, Pachabamba, Pomacucho, Ingenio, Huachoj, Colpa Baja, Churubamba y muchos más. Don Gerardo los recibía con amabilidad, compartiendo los primeros productos que llegaban a Huánuco en los ómnibus mixtos de la época. En ese pequeño espacio cabía la vida entera de los pueblos.

Pero don Gerardo no fue solo un empresario. Fue, ante todo, un huanuqueño comprometido con el desarrollo y la fe de su ciudad. Nació en Huánuco el 3 de octubre de 1930, y pasó sus primeros años en el Fundo Cruz Pata, propiedad de sus padres don Pablo Taboada Pascal y doña Irene Rodríguez de Taboada, en Puente Durand, distrito de Chinchao.
Vivió 87 años de servicio y gratitud. Partió a la eternidad el 8 de mayo de 2018.

Cursó sus estudios primarios en el Colegio Seminario San Luis Gonzaga y en el Colegio Nacional Leoncio Prado. Los secundarios los realizó en el histórico Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe, en Lima (Promoción 1950), donde participó activamente en la pastoral juvenil de la Iglesia Nuestra Señora del Patrocinio, en el distrito del Rímac.

Al regresar a Huánuco, se unió a la Peña Literaria Enrique L. Vega, junto a personalidades como Nicolás Vizcaya, Andrés Fernández Garrido, Gumersindo Atencia, Chicho Gayoso y Alberto Look. Juntos encendieron la antorcha cultural de una ciudad que aún respiraba bohemia y esperanza. Participó en actividades culturales, literarias y musicales, donde la juventud de su tiempo compartía sueños de progreso y amor por la tierra natal.

Su vida encontró su más hondo cauce en el amor de Elisa Bolarte Morales, su compañera de siempre, mujer de temple sereno y ternura discreta, con quien edificó un hogar sostenido en la fe, la decencia y el trabajo. De esa unión nacieron sus mayores orgullos: Gerardo, Rubén, Pilar y Melvin, hijos que heredaron la nobleza, la sencillez y la memoria de su padre.

Desde 1964, fue miembro activo de la comunidad parroquial del Sagrario La Merced, integrando el Consejo Parroquial. En enero de 1980, junto a su esposa recibió el encargo de la tesorería de la Santísima Virgen de las Mercedes, custodiando con devoción sus bienes y reliquias durante 34 años, hasta noviembre de 2014. Fue él quien, en 2008, dio la venia para que el párroco Pbro. Víctor Fabián Fretel fundara la Cofradía de Negritos del Niño Jesús El Doctorcito, grupo eminentemente de Iglesia que perdura hasta hoy.

En 1972, integró la Junta Directiva que llevó al fútbol profesional a nuestro querido León de Huánuco. En 1979, formó parte del grupo de fieles que fundó la Hermandad del Señor de Puelles, junto a don Urbano Barrueta Valdez, doña Mélida Santillán, doña Ana Hurtado de Asado, don Miguel Veramendi, doña Elisa Bolarte, Celia Miranda, entre otros.

En esa hermandad cumplió una labor destacada: impulsó las obras de ampliación de la Capilla de Puelles y batalló durante 27 años para lograr la titulación de los terrenos del Santuario y sus alrededores, protegiéndolos de invasiones. Gracias a su amistad con Monseñor Jaime Rodríguez Salazar, logró que una ONG italiana financiara el proyecto y la construcción del Centro de Salud Nuestra Señora de la Salud, contiguo al santuario. Participó personalmente en la colocación de la primera piedra de la obra, como un símbolo de su fe hecha acción.

En 1982, presidió el Comité Pro-Pavimentación de las cuadras 16 y 17 del Jr. Huallayco, obra que hasta hoy perdura. También gestionó ante Electrocentro la instalación de nuevas redes de alumbrado público para esas calles.

Cada vez que evoco a mi escuela, a la acequia del San Martín, a las chirimoyas generosas y a don Gerardo conversando en su tienda, siento que la vida me devuelve una parte de lo que creí perdido.

Quizá eso sea Huánuco: una acequia del tiempo, que aún corre invisible bajo nuestras calles, llevando en su cauce las risas de los niños, las voces de los vecinos, la fe de los devotos, el sudor de los trabajadores y el espíritu noble de hombres como don Gerardo Taboada Rodríguez, quien —aunque partió el 8 de mayo de 2018— sigue siendo símbolo de entrega, fe y amor por Huánuco.

Mientras esa agua siga corriendo en nuestra memoria, Huánuco no morirá jamás.

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